En noviembre de 1177 parecía haber sonado la hora
El archidiácono Guillermo de Tyro contemplaba con aire condescendiente cómo sus alumnos, con la inconsciencia propia de la infancia, se dedicaban a probar su
Con extrañeza, Guillermo notó que el joven príncipe era el único que soportaba la prueba sin siquiera pestañar. Una terrible sospecha se apoderó
OUTREMER
La conquista de Tierra Santa durante la Primera Cruzada tuvo por consecuencia la creación de cuatro Estados cristianos, conocidos genéricamente
El primer regente de Jerusalén fue Godofredo de Bouillon, quien adoptó el título de Defensor del Santo Sepulcro tras declinar el de rey, alegando que él no podía portar una corona de oro allí donde Nuestro Señor había llevado una de espinas. Godofredo murió al año siguiente y fue sucedido por su hermano Balduino, quien pronto demostró no compartir los escrúpulos
A su fallecimiento en 1118 la corona fue heredada por su primo Balduino de Bourg, uno de los últimos veteranos de la Primera Cruzada. Balduino II sería tomado prisionero por los turcos selyúcidas y durante su cautiverio debió enfrentar intrigas tendientes a reemplazarlo: ello lo indujo a asegurar su sucesión desposando a su hija Melisenda con Fulque V de Anjou. Éste último se desempeñaría bien durante sus doce años de reinado (Balduino II murió en 1131), aunque algunos lo acusaron de favorecer a sus propios partidarios.
La inesperada muerte de Fulque a raíz de un accidente ecuestre tuvo funestas consecuencias para Outremer. Su primogénito,
La noticia despertó entusiasmo en el mundo musulmán y alarma en el cristiano: consecuencia de ello fue la organización de una nueva cruzada, siendo su principal impulsor San Bernardo de Clairvaux. Zenki sería asesinado dos años después por uno de sus eunucos, pero el alivio que la noticia provocó entre sus adversarios fue de corta duración: su sucesor sería su hijo menor Nur al Din, destinado a convertirse en uno de las figuras principales del Islam. Respetado por amigos y enemigos (Guillermo de Tyro se referiría a él
A fines de 1147 la Segunda Cruzada, integrada principalmente por franceses y alemanes, arribó a Tierra Santa. En lugar de marchar contra Alepo, Luis VII y Conrado III decidieron insensatamente atacar Damasco, uno de los escasos aliados musulmanes de los Estados cristianos. El 24 de julio de 1148 los cruzados alcanzaron los muros de la ciudad, pero a pesar del éxito inicial su avance se estancó y la escasez de agua y la inminente llegada de refuerzos enemigos motivaron el levantamiento del sitio. La Segunda Cruzada concluyó así en un fiasco, teniendo
En 1152 Balduino III debió recurrir a la fuerza para acceder al trono, que su madre se negaba a abandonar. Si bien durante su reinado tuvo lugar la entrada triunfal de Nur al Din en Damasco (1154), también se produjeron hechos que revitalizaron al reino de Jerusalén: tal fue el caso el asedio y toma de Ascalón en 1153, la última conquista importante del reino, y el casamiento de Balduino III con Teodora de Bizancio (sobrina del emperador Manuel) en 1158.
Balduino III murió en febrero de 1162 a la edad de treinta y tres años (la sospecha de que había sido envenenado por un médico sirio nunca se disiparía
Durante su reinado Amalrico intervino repetidamente en Egipto, aunque con escaso éxito. En 1173 consumó una alianza con los asesinos, que peligró con el homicidio
El 11 de julio de 1174 Amalrico moría en Jerusalén. Cuatro días después su hijo Balduino era
Según su tutor Guillermo de Tyro, Balduino era un joven de inteligencia despierta y en condiciones normales hubiera sido un monarca ideal: pero cuando en 1177 asumió finalmente el poder, la lepra había avanzado en forma tal que era evidente que le quedaban pocos años de vida, no existiendo sucesor alguno. Su hermana había contraído matrimonio en octubre de 1176 con Guillermo de Montferrat, pero cuando Sibila dio a luz a un hijo, su marido había muerto meses antes de malaria. Así, nuevamente el reino de Jerusalén carecía de un gobernante que pudiera dominar con mano férrea a los señores locales y a las órdenes militares, y ello en un momento en que de las filas del Islam surgía un enemigo temible.
SALADINO
En El Cairo era un secreto a voces que no era el califa sino su visir o primer ministro quien ostentaba el poder en el decadente califato fatimita: previsiblemente, dicha posición era enormemente codiciada y quien la desempeñaba estaba expuesto a todo tipo de intrigas.
En 1163 el depuesto visir Shavar se dirigió a Damasco a fin de solicitar la ayuda de Nur al Din para recuperar el poder. Éste no desperdició la oportunidad de ganar influencia en Egipto y envió al Nilo al comandante kurdo Shirku, con el resultado que en mayo de 1164 Shavar recuperaba su posición. Sin embargo, alarmado por la creciente influencia de Nur al Din, el visir forjó una alianza con el reino de Jerusalén: la intervención
En 1168 el rey Amalrico decidió conquistar definitivamente Egipto, violando así el tratado firmado con Shavar. Tras tres días de lucha la ciudad de Bilbeis cayó en manos
Nacido en 1137, Saladino poseía un extraordinario talento político y militar y, según lo exigieran las circunstancias, era capaz de desplegar tanto la cortesía más cautivante
La buena suerte, que había jugado un papel primordial en el ascenso de Saladino, se mostró especialmente generosa en 1174: el 15 de mayo moría Nur al Din y menos de dos meses más tarde le seguía el rey Amalrico. Tras hacer crucificar a los responsables de una conspiración chiíta contra su persona y rechazar exitosamente el ataque de la flota siciliana contra Alejandría, Saladino marchó a Siria a fin de asegurarse la sucesión de Nur al Din. Damasco le abrió las puertas con entusiasmo, pero Alepo, regida por Gumushtekin, se negó a aceptar su autoridad y Saladino se vio obligado a emprender un asedio en toda regla. Gumushtekin no vaciló en acudir a la secta de los asesinos y a los francos: un grupo de los primeros fue eliminado a último momento, habiendo ya irrumpido en la tienda de Saladino, mientras que los cristianos atacaron
A mediados de 1176 Saladino había logrado consolidar su poder en la mayor parte de Siria, con excepción de la irreductible Alepo y del territorio de los asesinos, con cuyo líder (el temido “Viejo de la Montaña”) firmó un tratado de paz después de despertar una noche durante el sitio de la fortaleza de Masyaf y encontrar junto a su lecho algunas tortas calientes, una daga envenenada y un trozo de pergamino conteniendo un amenazante verso.
El año 1177 contempló una alianza entre Bizancio y el reino de Jerusalén con el objetivo de atacar Egipto, después de que el emperador de Bizancio y su ejército fueran derrotados a manos de los turcos selyúcidas en Miriokephalon (17 de septiembre de 1176). Pero a pesar de que la flota bizantina tomó posiciones frente al delta del Nilo, el recién llegado conde Felipe de Flandes se negó a encabezar el planeado ataque terrestre, con lo cual la operación combinada nunca se llevó a cabo.
Informado por sus espías
LOS CONTENDIENTES
Es probable que muchos actuales aficionados a la Edad Media se mostrarían ligeramente decepcionados ante la visión de la armadura de un cruzado de la segunda mitad
El armamento individual consistía en una espada, una lanza de unos cuatro metros de largo y una daga, utilizándose también mazas (algunas de ellas basadas en armas sarracenas): el conjunto era completado por un escudo de
El equipamiento de los templarios no difería mayormente
Un sello personal de los templarios era su temida carga de caballería, con los jinetes galopando en orden tan cerrado que “una manzana lanzada al aire no podía golpear el suelo sin tocar antes un caballero o un caballo”. Dicha carga era encabezada por el mariscal portando el beaucéant o estandarte de la Orden, con el color blanco simbolizando la pureza y el negro la fuerza: le seguía un grupo de cinco jinetes, mandado por el general de los caballeros con un segundo estandarte desplegado en su lanza
Tal utilización de la caballería
La infantería de los cruzados, mucho más numerosa que la caballería, estaba integrada por mercenarios procedentes de todos los rincones de Europa, cristianos armenios y musulmanes convertidos (llamados turcoples). A excepción de unidades de élite tales
Al tratarse de contingentes reducidos y prácticamente irreemplazables, los comandantes cristianos se veían obligados a proteger a sus ejércitos con un sistema de fortalezas que servía de base para esporádicas ofensivas que tenían lugar sólo en la ocasión adecuada: al reclutarse mayormente entre las guarniciones de los castillos, la destrucción de dichas tropas conllevaba automáticamente la pérdida de esas fortificaciones.
La enorme diversidad de pueblos musulmanes denominados genéricamente “sarracenos” imposibilita una descripción minuciosa de cada uno de sus ejércitos. Sin embargo, una característica común era el énfasis puesto en la caballería ligera
Era usual la existencia de unidades regulares de caballería integradas por ghulams o esclavos manumitidos: éste era el caso de los mamelucos turcos al servicio de los fatimitas en Egipto. El Islam contaba también con jinetes pesados, protegidos por una cota de malla o una armadura laminar de cuero o metal y cuyo armamento incluía lanza, espada y maza o martillo de batalla.
El rol jugado por la infantería era dispar: mientras que entre los selyúcidas representaba el grueso de las tropas, en el ejército fatimita su importancia era menor y la integraban mayormente milicianos armados con jabalinas, carentes de protección corporal e incluso de espada.
La táctica sarracena consistía en forzar a los cruzados, mediante el saqueo de los campos de cultivo o el asedio de fortificaciones, a una batalla campal donde la aplastante superioridad numérica de los musulmanes infligiera un golpe mortal a la menguada casta militar cristiana. Incapaces de resistir la carga de la caballería pesada enemiga, los sarracenos evitaban en lo posible ofrecer un punto favorable para tal tipo de ataque a la vez que intentaban aislar a los jinetes enemigos y abatir sus cabalgaduras con una lluvia de flechas: los caballeros así desmontados eran fácil presa de la infantería propia.
MONTGISARD
Al enterarse de la invasión de Saladino, la Orden Templaria reunió a sus caballeros en
Avanzando a marchas forzadas, Balduino IV logró a último momento alcanzar Ascalón antes que el enemigo. Pero tal triunfo parcial no podía ocultar el hecho que el destino
Fue en ese momento que Saladino cometió un error que a lo largo de la Historia ha resultado fatídico para innumerables conductores militares: subestimar al enemigo. Dando la victoria por segura, el caudillo musulmán se limitó a dejar una pequeña guarnición frente a Ascalón y prosiguió su marcha rumbo a Jerusalén, capturando en el camino Ramala y asediando Arsuf. Más grave aún, autorizó a sus tropas a dispersarse para saquear la comarca a discreción, con la consecuente merma de la disciplina: jamás se cruzó por la mente de Saladino la posibilidad de que el rey leproso arriesgara una salida desde Ascalón.
Sin embargo, éso era justamente lo que Balduino IV, con el coraje de la desesperación, había decidido. Un espíritu indomable anidaba en aquel cuerpo lastimoso, y al constatar la dispersión
Era el 25 de noviembre de 1177. El grueso
La sorpresa fue total. La visión de seiscientos caballeros lanzados al ataque fue demasiado para los soldados musulmanes, muchos de los cuales pusieron pies en polvorosa sin intentar
Balduino IV combatió en primera línea, acompañado por Hugo y Guillermo de Galilea y los hermanos Balduino y Balián de Ibelin. El coraje de sus líderes insufló nuevas fuerzas al ejército, y la tradición cuenta que pudo verse a San Jorge luchando hombro con hombro con los caballeros cristianos.
Las tropas sarracenas que habían sido despachadas para forrajear no pudieron concurrir oportunamente a la batalla, a pesar de las desesperadas llamadas de Saladino. En pocas horas el combate se había decidido y los destrozados restos del ejército egipcio se hallaban en plena desbandada rumbo a El Cairo, abandonando botín y prisioneros y arrojando incluso sus armas para aligerar la marcha. La fiel guardia mameluca, que se sacrificó por su líder, posibilitó a Saladino huir tan rápido
Las desventuras
EPÍLOGO
Algunos autores han subestimado la importancia de Montgisard (justificando indirectamente el manto de olvido que cubre dicha batalla) alegando que, al no ser seguido de una invasión de Egipto, dicho triunfo fue estéril y sólo consiguió salvar transitoriamente a Outremer. Cabe acotar que la existencia
La olvidada batalla de Montgisard prolongó la existencia del reino de Jerusalén por diez años más y subestimar dicho logro en base a lo adverso del resultado final (como si éste fuera la única legitimación de la trascendencia) sería algo tan absurdo como remitir al olvido las victorias de Napoleón por “improductivas”. Superando los parámetros meramente utilitarios, un hecho persiste más de ocho siglos después sin haber perdido nada de su fascinación: el heroísmo desplegado por aquel rey leproso y su diminuto ejército en el otoño de 1177 y su espléndida victoria sobre tan poderoso enemigo, lo que innegablemente convierte a Montgisard en una de las gestas militares más entrañables de la Historia.
