viernes, 15 de febrero de 2013

LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA


Resulta imposible determinar con total exactitud el número de víctimas de la Guerra de la Triple Alianza. El único beligerante cuyas pérdidas humanas pueden calcularse con razonable precisión es Uruguay, debido a lo reducido de su contingente y al hecho de tratarse exclusivamente de personal militar: aparentemente, de 5.583 hombres que participaron de la contienda murieron 3.120, es decir, más de la mitad.
Los partes oficiales del Ejército Argentino dan la cifra de 2.967 muertos en combate hasta el 16 de julio de 1868, y teniendo en cuenta que a partir de entonces las únicas batallas importantes con participación argentina fueron Acayuazá, Lomas Valentinas y Peribebuy, podemos cifrar dichas pérdidas en poco más de 3.100. Aplicando la regla según la cual los caídos en combate representaban en esa época sólo un 25% del total, es lícito estimar los muertos argentinos en alrededor de 12.000, aunque por supuesto dicha cifra es una mera aproximación y no debe ser tomada como absoluta.
Igualmente difícil de calcular es la cantidad de bajas fatales sufridas por Brasil. El gobierno imperial declaró en 1870 que entre el inicio del conflicto y el 18 de agosto de 1869 4.332 soldados habían perdido la vida, una cifra ridículamente baja que ha sido unánimemente descartada por los historiadores. Algunas fuentes estiman el número de muertos en 100.000, lo que parece evidentemente excesivo en comparación con el número de efectivos alistados. Muy probablemente, dichas pérdidas rondaron la cifra de 50.000, víctimas de las epidemias incluídas.
La polémica se torna inevitable cuando se repasan las pérdidas sufridas por Paraguay. Efraím Cardozo declaró que, de una población de 1.300.000 habitantes al iniciarse el conflicto, sólo sobrevivieron 200.000, mayormente mujeres y ancianos: dicha afirmación se basa en un trabajo de Gabriel Carrasco del año 1905. Tal escalofriante cifra de más de un millón de muertos resulta sin embargo insostenible al confrontarla con modernos estudios demográficos. El censo de 1846 ordenado por Carlos Antonio López había dado un total de 238.862 habitantes, y si bien un cierto margen de error resulta inevitable (por ejemplo, al no incluir las tribus indígenas “salvajes”) se trata del dato más confiable del que disponemos. Dado que Paraguay en modo alguno era un país de inmigración (como comenzaban a serlo en forma incipiente Argentina y Brasil) resulta sencillamente imposible creer que la población pudiera quintuplicarse en el lapso de dos décadas. Una proyección realista elevaría la población paraguaya en 1865 a una cifra que oscilaría entre los 450.000 y 500.000: considerando los 221.079 habitantes (106.254 mujeres, 86.079 niños y 28.746 hombres) registrados por el censo llevado a cabo por los aliados en 1872, los nacimientos que tuvieron lugar durante el conflicto y los habitantes que emigraron a Argentina y Brasil al finalizar la contienda, puede estimarse que los muertos paraguayos rondaron los 300.000: cifra de por sí suficientemente terrible, al representar un 60% de la población…
Si bien los soldados paraguayos sufrieron en combate pérdidas muy superiores a las de sus adversarios (por un lado debido a su inferioridad numérica y técnica y por otro a su fanático coraje, sólo comparable al de los combatientes japoneses durante la guerra del Pacífico), la cifra total de bajas militares es muy inferior a la arriba citada, correspondiendo la mayor parte de los muertos a la población civil. Este hecho llevó en los años sesenta y setenta del pasado siglo a muchos autores a culpar a los aliados de haber perpetrado un genocidio contra el pueblo paraguayo. Tal afirmación peca de injusta e inexacta, y si bien el ejército brasileño cometió en los últimos quince meses de campaña varios crímenes de guerra, éstos no bastarían para explicar las terroríficas pérdidas sufridas por la población guaraní. Al margen de que no deben olvidarse las innumerables víctimas del régimen de Francisco Solano López (cuyos esbirros perpetraron, especialmente en las fases finales del conflicto, verdaderas masacres entre sus compatriotas), la mayoría de los muertos paraguayos fueron víctimas, no de la acción enemiga, sino de las epidemias y las hambrunas. Lo insalubre de la región y las deficientes condiciones sanitarias favorecieron la propagación de enfermedades tales como el cólera, la fiebre amarilla y la viruela, mientras que el inflexible esfuerzo de guerra ordenado por López y la injustificable destrucción de la agricultura y la ganadería del país por parte de los aliados en las postrimerías del conflicto (en este punto pisan terreno más firme quienes alegan la existencia de un genocidio) hicieron que los víveres disponibles para la población civil menguaran en forma angustiante: la cantidad de pérdidas humanas convertiría a la Guerra del Paraguay en el conflicto más sangriento de la segunda mitad del siglo XIX después de la Guerra Civil norteamericana, superando ampliamente a la Guerra de Crimea y a la Guerra Franco-prusiana.

Mario Díaz Gavier

(Reproducido de En tres meses en Asunción. De la victoria de Tuyutí al desastre de Curupaytí por gentileza de Ediciones del Boulevard, Córdoba). 


viernes, 1 de febrero de 2013

LA CONTRAARMADA


Ya a fines de agosto de 1588, a pocas semanas de haber sido batida y dispersada la llamada “Armada Invencible”, Isabel I de Inglaterra comenzó a considerar, a modo de represalia, el proyecto de interceptar la flota del tesoro proveniente de las Indias -que solía arribar a la metrópoli a fines del verano o principios del otoño- con el doble objetivo de privar a Felipe II de tal colosal fuente de ingresos y nutrir las arcas propias, exhaustas a raíz de los gastos originados por la guerra durante los dos años anteriores. Sin embargo, lo avanzado de la estación y el estado de los buques británicos -que habían permanecido en el mar como mínimo cinco meses- hicieron forzoso posponer la operación al año siguiente, lo cual tuvo también por consecuencia la ampliación de la meta inicial: ahora sería también menester incendiar las naves españolas que habían sobrevivido el azaroso regreso (40 de las cuales se hallaban en Santander y otras 12 en San Sebastián) a fin de impedir que pudieran escoltar a la Flota de Indias o participar de un nuevo intento de invasión. Asimismo, se añadieron como objetivos la conquista de Lisboa y las Azores, lo cual automáticamente dejó la puerta abierta a la tentación de reestablecer -eventualmente con ayuda del jerife de Marruecos- al Prior de Crato en el trono de Portugal, quien aseguraba que su mera presencia bastaría para desatar una rebelión masiva contra la autoridad española. Resultaba evidente que a raíz de la euforia desatada por la reciente victoria el plan inicial había pasado a sufrir de gigantismo, lo cual tendría fatídicas consecuencias…
La expedición devino en una empresa mixta de la corona inglesa (cuya participación inicial había sido acordada en £ 20.000 pero que al final se vio obligada a desembolsar £ 49.287), inversores particulares y las Provincias Unidas de los Países Bajos, estando a cargo de Sir Francis Drake como jefe de las fuerzas navales y Sir John Norris como comandante del contingente terrestre. La flota estaba integrada por 6 galeones reales, 60 mercantes armados, 60 filibotes holandeses -confiscados por Drake cuando navegaban a Francia para adquirir sal- y 20 pinazas. El total de efectivos sumaba 23.375 hombres, de los cuales eran 5.600 marinos y el resto tropas embarcadas. Entre los aventureros enrolados en la expedición se destacaría el joven conde de Essex, favorito de la ya madura Reina Virgen: desobedeciendo la prohibición de Isabel I, Essex escapó del palacio de St. James -y de sus acreedores, a quienes adeudaba la astronómica cifra de £ 23.000- para embarcarse como polizón en el Swiftsure en la esperanza de enriquecerse.
El 28 de abril de 1589, tras una fallida zarpada diez días antes, la expedición se hizo a la vela y no pasó mucho tiempo antes de que surgieran los primeros contratiempos. Para empezar, Drake no mostró la menor intención de dirigirse a Santander o San Sebastián (tal como Isabel I se lo había ordenado explícitamente), alegando a tal fin vientos desfavorables. La causa de dicha actitud no es difícil de desentrañar y residía en la composición misma de la empresa: el móvil de los inversores particulares era el afán de lucro, por lo que su interés residía obviamente en la captura de la Flota de Indias o en la toma de Lisboa y no en un combate con los maltrechos galeones surtos en los puertos vascos, misión no exenta de riesgos y sí de perspectivas de botín.
En consecuencia, Drake y Norris acordaron atacar La Coruña, que quedaba de camino a Lisboa y en la cual se hallaban presuntamente 2oo naves mercantes “cargadas de munición, mástiles, cables y otras provisiones para el enemigo”. El 3 de mayo la flota inglesa (sensiblemente reducida por la deserción de una treintena de filibotes que, alegando pretextos varios, pusieron rumbo a Inglaterra y La Rochelle) apareció ante el puerto gallego, tomando completamente por sorpresa a sus habitantes. Para disgusto de los comandantes británicos, en la bahía había solamente cinco naves: los baqueteados galeones San Juan y San Bernardo (este último carenando y sin artillería), la nao San Bartolomé y las galeras Princesa y Diana. Recién a las tres de la tarde del día siguiente los ingleses pudieron desembarcar 7.000 hombres unos dos kilómetros al este de la ciudad. A las dos de la madrugada del 6 de mayo un ataque conjunto de dichas fuerzas junto a otros 2.000 efectivos transportados en botes logró apoderarse del barrio bajo de la Pescadería, situado extramuros. Las galeras se habían retirado el día anterior al puerto de Betanzos, mientras que el San Juan fue incendiado por su tripulación y las otras dos naves abandonadas. Un contraataque protagonizado por milicianos pobremente armados fue fácilmente rechazado por los invasores, que se dedicaron a saquear la parte baja de la ciudad y masacrar a muchos de sus desdichados habitantes: en el botín figuraron pertrechos navales, alimentos y gran cantidad de vino, lo que causaría la borrachera de buena parte de la soldadesca inglesa, habituada sólo a la cerveza.
Envalentonado con el éxito obtenido, Norris decidió entonces atacar la parte alta de La Coruña, fortificada con una antigua muralla medieval. Los intentos iniciales de abrir brecha con una batería resultaron infructuosos debido a la encarnizada resistencia de los defensores (que eran eficazmente abastecidos por la Princesa y la Diana), e igualmente estéril se mostró la realización de una mina. El 14 de mayo los ingleses lograron abrir una brecha y demoler con otra mina la mitad de una torre, pero los consecuentes asaltos resultaron infructuosos: la primera oleada se retiró presa del pánico al derrumbarse sobre ella el resto de la torre y la segunda se hundió en los escombros producidos por la brecha sólo para descubrir tardíamente que la misma se hallaba en la parte superior de la muralla y era por lo tanto impracticable. Fue en el curso de estos combates en que se destacó María Mayor Fernández de la Cámara y Pita, más conocida como María Pita: habiendo muerto su marido, esta intrépida mujer mató a un alférez enemigo que encabezaba un asalto.
Si bien las partidas inglesas habían podido saquear a discreción la comarca en varios kilómetros a la redonda y Norris había sorprendido y batido a una expedición de socorro española, dichos triunfos parciales se revelaron estériles en su intento de apoderarse de La Coruña: finalmente, el 18 de mayo las tropas inglesas se reembarcaron, no sin antes incendiar el barrio de la Pescadería.
El revés sufrido en La Coruña tuvo decisivas consecuencias en el posterior transcurso de la expedición. A la pérdida de dos barcos, cuatro capitanes y centenares de soldados se sumó la desmoralización de las tropas, ejemplificada en la deserción de otra media docena de filibotes con 2.000 hombres a bordo; asimismo, una epidemia -atribuída a las orgías cometidas en las bodegas gallegas y al contacto con ropas infectas, rezagos de la expedición de Medina Sidonia- comenzó a diezmar a las tropas británicas; por último, las dos semanas desperdiciadas en La Coruña echaron a perder el factor sorpresa y brindaron un valioso tiempo de preparación a las guarniciones de Portugal y Cantabria.
Descartado definitivamente el ataque a Santander (Drake y Norris recurrirían nuevamente a la excusa de los vientos adversos), la flota inglesa se dirigió a Lisboa. Si bien se consideró la temeraria idea de remontar el Tajo y desembarcar en las inmediaciones de la ciudad, finalmente el 26 de mayo las tropas inglesas fueron depositadas en Peniche, más de 70 kilómetros al norte de su objetivo. Tal decisión resulta tan incomprensible para los estudiosos contemporáneos como la pasividad demostrada por Drake -otrora famoso por su arrojo- en esta campaña: si bien los invasores lograrían capturar el castillo local (el comandante portugués se rindió sin oponer resistencia), se verían ahora obligados a emprender una ardua marcha sin contar prácticamente con animales de carga.
El 28 de mayo Norris y sus tropas se pusieron en camino, mientras que Drake prometía dirigirse con la flota al estuario del Tajo. En su avance hacia Lisboa los británicos fueron acosados por las escaramuzas de las fuerzas ibéricas, las elevadas temperaturas, la escasez de provisiones y las enfermedades: al mismo tiempo, y contrariamente a lo prometido por Don Antonio de Crato, el apoyo popular a la invasión reveló ser tan magro que apenas se logró sumar 200 voluntarios portugueses (calificados por un oficial inglés como “los cobardes más grandes que he visto en mi vida”).
Cuando al anochecer del 4 de junio las avanzadas británicas lograron alcanzar los suburbios de Lisboa, éstos ofrecían un aspecto fantasmal: la mayoría de los habitantes se había refugiado en la ciudad, donde el gobernador general, el Cardenal Archiduque Alberto (sobrino y futuro yerno de Felipe II), no había perdido tempo en organizar la defensa. La guarnición de Lisboa se componía de 7.000 efectivos, de los cuales 4.000 eran portugueses cuya lealtad era incierta; en cuanto a las fuerzas navales, las integraban las 18 galeras de Don Alonso de Bazán, a las cuales se sumarían días después otras 9 galeras con un millar de infantes a bordo mandadas por Don Martín de Padilla, adelantado mayor de Castilla.
Al mediodía siguiente el grueso de las fuerzas invasoras se había concentrado al norte y al oeste de Lisboa pero, habiendo fracasado en el intento de ocupar la iglesia de San Antonio (contigua a la muralla y que hubiera proporcionado así acceso a la plaza), los soldados de Norris se tendieron a dormir la siesta, exhaustos tras haber marchado durante seis días y pasado la noche anterior en vela. Tal inoportuno descanso resultó de breve duración: una vigorosa salida de la guarnición sorprendió desprevenidos a los ingleses y dio cuenta de un coronel, dos capitanes y unos 40 soldados antes de retirarse a la ciudad. No satisfechos con ello, esa misma noche los sitiados realizaron una encamisada que mantuvo en vilo a los ingleses, quienes durante los días siguientes fueron asimismo blanco de los cañones proeles de las galeras de Bazán.
Al cabo de tres días Norris tuvo que convencerse de la imposibilidad de conquistar su objetivo. Isabel I se había negado a proveer de artillería de sitio a la expedición y el comandante de las fuerzas terrestres constató muy a su pesar que las murallas de Lisboa eran “muy elevadas y fuertes (contrariamente a lo que me habían dicho)”: asimismo, desde el desembarco en Peniche los invasores habían sufrido 2.000 bajas y, por si ello fuera poco, a raíz de sus deficiencias logísticas carecían de suficiente pólvora y mecha para poder sostener siquiera media día de combate. Finalmente, y como ya se ha dicho, las muestras de adhesión al Pretendiente habían sido insignificantes, destacándose el apoyo de la colectividad judía y, curiosamente, del clero regular. En cuanto a Drake, ya el 30 de mayo había alcanzado Cascaes (26 km al oeste de Lisboa) y al día siguiente había ocupado dicha localidad, pero no se había atrevido a forzar la boca del Tajo -guarnecida por el fuerte de San Julián- hasta no contar con el apoyo de las fuerzas terrestres, circunstancia que nunca se materializó.
Así, en la mañana del 8 de junio las tropas de Norris iniciaron su retirada a Cascaes, siendo hostigadas por la caballería del conde de Fuentes y la artillería de las naves de Bazán y Padilla. Los intentos británicos de incitar a los españoles a librar una batalla campal fueron vanos y el día 13 tuvo lugar el apresurado reembarque (en cuyo transcurso el Prior de Crato perdió parte de su equipaje incluyendo listado y correspondencia de sus partidarios locales), no sin que antes una carga de caballería efectuada por el capitán Sancho Bravo de Acuña lograra capturar dos banderas.
Una vez efectuada la evacuación, la flota británica permaneció varios días frente a Cascaes, en cuyo transcurso capturó 80 embarcaciones mercantes (60 de ellas hanseáticas y el resto francesas) y recibió vituallas procedentes de Inglaterra (así como la perentoria orden de Isabel I de que el duque de Essex regresara inmediatamete), mientras que los filibotes holandeses emprendían el regreso a su país y Drake y Norris -cuya relación no pasaba por su mejor momento- decidían el posterior curso a seguir y esperaban vanamente la cooperación del jerife de Marruecos. Finalmente, el 18 de junio la armada invasora, tras haber perdido siete buques a manos de las presuntamente desfasadas galeras españolas, abandonó definitivamente el desembocadura del Tajo dejando tras de sí una macabra estela formada por los cadáveres de las víctimas de la peste.
Un puñado de naves fue despachado a evacuar los soldados y cañones que habían quedado en Peniche, pero al arribar fue recibido a cañonazos: el comandante de la guarnición, capitán George Barton, había huído a bordo de un barco francés dejando librados a su suerte a sus hombres, los cuales fueron aniquilados por los españoles. Por su parte, Drake y Norris resolvieron dirigirse a las Azores, pero un violento temporal arrastró al grueso de la flota hasta la altura de Vigo, población que, tras ser abandonada por sus habitantes, fue saqueada e incendiada el 1° de julio: mezquino consuelo para quienes habían soñado conquistar Lisboa y apoderarse de la Flota de la Plata...
Para ese entonces la combinación de errores y reveses había dejado a la expedición prácticamente fuera de combate: menos de 2.000 soldados eran aún aptos para el servicio y la tripulación de la mayoría de los buques había quedado reducida a un puñado de marineros: por ejemplo, de los 300 tripulantes del Dreadnought 114 habían muerto y el resto -exceptuando a tres hombres- se hallaban enfermos. Ante tal panorama, se decidió que Norris emprendiera el regreso a Gran Bretaña mientras que Drake realizaba un postrer y desesperado intento de alcanzar las Azores con la veintena de barcos que se hallaba en mejor estado. Todo en vano: un nuevo temporal procedente del sur dispersó a los buques ingleses y ocasionó un rumbo en el Revenge, nave insignia de Drake, quien se vio obligado a poner definitivamente rumbo a su patria: a principios de julio la mayoría de los barcos ingleses se hallaba ya en Plymouth y otros puertos de la costa meridional de Inglaterra -y con ellos la peste, que pronto comenzó a cobrarse víctimas.
Temiendo con razón que Isabel I descargara su ira sobre ellos, Drake y Norris se apresuraron a bombardear a la reina con cartas y emisarios, presentando la expedición como un resonante triunfo y alegando que únicamente la epidemia les había impedido dirigirse a las Azores tal como había sido su propósito. Para su sorpresa, la reacción inicial de Isabel I fue benevolente, alegrándose del “feliz éxito” en Portugal y España, llegando el Consejo Privado a inquirir cantidad y estado de los barcos y efectivos que habían retornado a fin de “continuar dicha acción de destruir las naves del rey de España y de interceptar su flota proveniente de las Indias”.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de la verdad saliera a la luz, y ese otoño Drake y Norris fueron citados a rendir cuentas ante el Consejo Privado. Si bien lograron defenderse exitosamente, el desastre quedó expuesto en toda su magnitud, calculándose que un total de 11.000 efectivos había sucumbido a las enfermedades y los combates. A fin de evitar una crisis diplomática se ordenó devolver -salvo contadas excepciones- las embarcaciones y mercaderías capturadas, lo cual redujo drásticamente el botín obtenido. La empresa, que había costado £ 100.000, resultó una catástrofe para los inversores, y la mísera paga concedida a los sobrevivientes -cinco chelines y la autorización de vender las armas provistas- provocó el descontento de los soldados, muchos de los cuales protagonizaron disturbios en Londres mientras que otros devinieron en salteadores de caminos. En cuanto a Drake, su anterior popularidad no le impidió caer en desgracia ante Isabel I, quien durante los seis años siguientes no volvió a confiarle mando alguno: recién en 1595 tendría oportunidad de comandar junto a John Hawkins una expedición al Caribe, pero la misma se saldaría con una serie de derrotas y la muerte de sus comandantes.
El fracaso de la Contraarmada de 1589 (también llamada en España “la Invencible Inglesa”) evidenció la debilidad intrínseca del privateering, modalidad tan cara a la monarquía inglesa y que consistía en fomentar expediciones navales a cargo de particulares contra potencias rivales. Si bien a escala reducida dichas incursiones -corsarias de tener lugar en época de guerra y claramente piráticas de perpetrarse en tiempos de paz- representaban un método barato de dañar el tráfico marítimo del adversario e incluso lucrar con ello, el intento de montar una flota de invasión en base a dicha “privatización de la guerra” fracasó debido a la inexperiencia de sus organizadores frente a la temible complejidad logística de tal empresa y a la falta de coordinación entre los contingentes terrestre y naval: notable contraste con las operaciones del duque de Alba y el marqués de Santa Cruz en 1580, cuando desde Cascaes realizaron un brillante avance conjunto hacia Lisboa.
Peor aún, la divergencia de intereses entre la corona y los demás inversores (Isabel I afirmaría con amargura que Drake y Norris “fueron a lugares más por provecho que por servicio”) quedaría expuesta en la flagrante desobediencia de la directiva de atacar los puertos cantábricos, lo cual privó a Gran Bretaña de una ocasión única de asestar un golpe mortal a la castigada flota de Felipe II: apenas un mes después del retorno de la expedición a Inglaterra sesenta barcos de Santander y San Sebastián se hicieron nuevamente a la mar. Tal como lo señaló certeramente el historiador Julian Stafford Corbett contradiciendo la creencia tradicional, el año 1588 no marcó el fin de la armada española sino justamente su origen, ejemplificado por un importante plan de construcciones navales (que daría a luz a los espléndidos galeones conocidos como “Los Doce Apóstoles”) y el establecimiento de una organización marítima permanente en el Atlántico. Los resultados no se hicieron esperar: en 1591 una veintena de barcos ingleses desplegados frente a la isla de Flores -la más occidental de las Azores- al acecho de la Flota de Indias fue sorprendida y puesta en fuga por una fuerza española superior comandada por Don Alonso de Bazán, culminando la acción con la captura del Revenge tras fiera lucha. Si bien en 1656, 1657 y 1702 los británicos infligirían sendas derrotas a la Flota de Indias, en el primer caso sólo pudieron apoderarse de una fracción del botín y en los restantes debieron retirarse con las manos vacías al haber sido previamente descargado dicho tesoro: el sueño de Isabel I de capturar íntegramente las fabulosas riquezas procedentes de las minas del Nuevo Mundo jamás pudo ser concretado.

Mario Díaz Gavier


© 2013, Mario Díaz Gavier

martes, 15 de enero de 2013

LOS RIFLEROS DE LA SEGUNDA INVASIÓN INGLESA


La imprecisión de los mosquetes de la era napoleónica tenía por consecuencia un irrisorio porcentaje entre disparos e impactos de apenas 0,3 %: no en vano un teórico militar prusiano afirmaría que para poner fuera de combate a un hombre era necesario dispararle su propio peso en plomo o diez veces su peso en hierro (proyectiles de mosquete y de cañón respectivamente). A ello se sumaba la baja cadencia de fuego de las armas de infantería, por lo que no resulta sorprendente constatar la importancia que tenía entonces la bayoneta, ejemplificada por la famosa frase del mariscal Suvorov: “la bala es loca, la bayoneta confiable”.
El ejército inglés no era ajeno a dicha limitación del mosquete, a pesar de la autoproclamada superioridad de sus tiradores. El historiador Paddy Griffith ha escrito con ironía sobre dicha creencia: “Hay algo altamente convincente para la mentalidad inglesa en la descripción de Oman [prominente historiador militar de comienzos del siglo xx] de la delgada línea vestida de rojo sosteniendo su terreno contra toda expectativa, disparando encarnizadamente hasta exterminar a las hordas extranjeras. Por sobre todo parece encajar perfectamente en la tradición nacional iniciada en Agincourt y continuada posteriormente en Mons. Al inglés le gusta pensar en sus soldados como tiradores expertos que pueden extraer mucho más de sus armas personales que sus excitables oponentes foráneos. Si el arma en cuestión es un arco largo, un mosquete Brown Bess o un fusil Lee-Enfield, ello parece hacer poca diferencia”.
La principal causa de la imprecisión del mosquete era el hecho de poseer ánima lisa (se denomina “ánima” a las paredes interiores del cañón de un arma de fuego), existiendo además un espacio excesivamente amplio entre la misma y la bala: ello provocaba un movimiento transversal del proyectil en el momento del disparo y la pérdida de parte de los gases producidos por la pólvora. La solución consistía en recurrir a armas rayadas, es decir, cuya ánima poseía un estriado helicoidal que imprimía al proyectil un movimiento rotatorio: para ello era necesario que el proyectil calzara ajustadamente, con lo cual además se aprovechaba plenamente el efecto de la carga propulsora. Dichas armas eran conocidas desde hacía ya más más de dos siglos pero su costo y complejidad hacían que fueran primordialmente utilizadas para la caza, siendo por ejemplo populares en Alemania y Austria. Fue recién a principios del siglo XVIII, al surgir las tácticas de infantería ligera, que se valorizó el tiro de precisión y por consiguiente las armas rayadas: previblemente, la necesidad de tiradores diestros llevó a las nuevas tropas a enrolar cazadores, ingresando así dicha denominación en la terminología militar.
En 1800 el ejército británico, tras experimentar en carne propia la eficacia de las armas rayadas durante la Revolución Norteamericana y de la infantería ligera francesa en los Países Bajos y constatar el destacado desempeño de los Jäger austríacos en la reciente campaña de Italia, fundó un Cuerpo Experimental de Rifleros. El equipamiento de dicha unidad diferían notablemente del de las tropas convencionales: sus efectivos estaban armados con el rifle Baker (considerablemente más preciso que el mosquete Brown Bess gracias a su ánima provista de siete estrías, la cual sin embargo complicaba sensiblemente la recarga), vestían uniformes verde oscuro para mimetizarse con la vegetación y prescindían de banderas y tambores en pos de la movilidad (al igual que en la caballería, las órdenes eran transmitidas por clarines). Asimismo, su adiestramiento hacía hincapié en el tiro al blanco (algo inusual en el resto de la infantería, donde se priorizaba el fuego en salvas y la puntería era un factor secundario), en operar en orden abierto aprovechando la cobertura proporcionada por el terreno y en el incentivo de la iniciativa personal. El éxito de la innovación representada por una unidad íntegramente constituída por cazadores  tendría por resultado la transformación de numerosos regimientos convencionales en infantería ligera, aunque ninguno alcanzaría el renombre del Regimiento 95, como había sido rebautizado el Cuerpo Experimental de Rifleros a fines de 1802.

Mario Díaz Gavier

(Reproducido de Cada casa era una fortaleza. Buenos Aires 1806-1807: la peor derrota británica durante las guerras napoleónicas por gentileza de Ediciones del Boulevard, Córdoba). 

martes, 1 de enero de 2013

1625: ANNUS MIRABILIS


La captura de Breda no sería el único éxito obtenido por las armas españolas en 1625. El año anterior una flota holandesa había conquistado Bahía, capital de la colonia portuguesa de Brasil: sin embargo, la reacción hispana no se hizo esperar. Bajo el mando de don Fadrique de Toledo, una imponente armada compuesta por 52 barcos y 12.566 hombres -la mayor que hubiera jamás cruzado el Atlántico- hizo su aparición en Bahía el domingo de Pascua de 1625, procediendo a desembarcar cuatro mil soldados que inmediatamente iniciaron el asedio de la plaza. El 30 de abril la guarnición, tras haber realizado infructuosamente algunas salidas e incluso un ataque con brulotes, se rindió para evitar las ominosas consecuencias del inminente asalto. Seis naves holandesas habían sido hundidas y otras doce capturadas, sumándose a un botín que incluía 18 banderas y 260 cañones.
Un mes después arribó tardíamente una flota neerlandesa de refuerzo que, decepcionada ante la noticia, se dividió en dos escuadrones, poniendo uno de ellos proa al Caribe y presentándose ante San Juan de Puerto Rico el 24 de septiembre de ese mismo año. Los holandeses saquearon la ciudad y la catedral, pero el fuerte de San Felipe del Morro fue heroicamente defendido durante cuatro semanas por el gobernador don Juan de Haro (con trece años de Flandes a cuestas) y sus trescientos hombres hasta que finalmente los invasores se dieron por vencidos y se retiraron tras haber perdido un barco y dos lanchas cañoneras y sufrido alrededor de cuatrocientas bajas. Tras merodear durante varios meses más por el Caribe, la diezmada expedición puso en julio de 1626 rumbo a Holanda tras la muerte de su comandante.
La otra parte de la flota se había dirigido a África y, tras reunirse con otro escuadrón, apareció a fines de octubre de 1625 frente al fuerte de São Jorge da Mina, defendido apenas por 57 soldados. Sin amilanarse, el gobernador don Fernando de Sotomayor procedió a repartir entre los reyezuelos locales el oro almacenado a cambio de novecientos guerreros que no tardó en armar y proveer de cabos ibéricos. A poco de desembarcar, la expedición neerlandesa sufrió una fulminante emboscada: 442 de los invasores fueron masacrados y los sobrevivientes emprendieron el ignominioso regreso tras un violento e ineficaz bombardeo del fuerte.
Concluyendo con la lista de reveses experimentados en ultramar, la Compañía de las Indias Occidentales sufrió otra amarga derrota en la cuenca del Amazonas, donde el enérgico Bento Maciel Parente (que en los años anteriores conquistara numerosos fuertes holandeses) logró expulsar a los intrusos de Corupá.


Defensa de Cádiz contra los ingleses de Francisco de Zurbarán (1598-1664). En primer plano puede verse sentado a don Fernando Girón, marqués de Sofraga: su avanzada edad y la dolorosa gota que padecía no le impidieron dirigir con extraordinaria energía la defensa de la ciudad desde una silla de manos. Atrás puede verse el combate entre las galeras españolas y los galeones anglo-holandeses: a pesar de hallarse ya desfasada, la galera demostró que aún era un rival digno de respeto y continuaría en servicio hasta una fecha tan tardía como 1790, cuando la flota sueca aniquiló a la armada rusa en la batalla de Svensksund.

La situación no era mejor para las Provincias Unidas en las aguas europeas. El 23 de octubre de 1625 una terrorífica tempestad asoló durante más de 24 horas el Mar del Norte e hizo naufragar a la mayor parte de la flota anglo-holandesa que bloqueaba Dunkerque. La oportunidad era demasiado buena como para desperdiciarla: el día 25 dos escuadrones abandonaron el fondeadero. El primero de ellos, integrado por cinco naves reales y siete corsarias, sorprendió en la cercanías de las Shetland al grueso de la flota arenquera holandesa, compuesta por unos doscientos pesqueros escoltados por seis buques de guerra. Tras un breve combate en cuyo transcurso los flamencos hundieron a uno de los escoltas y abordaron a otro, los restantes emprendieron la huída dejando a las embarcaciones pesqueras libradas a su suerte: las de mayor porte fueron capturadas y de las restantes alrededor de cuarenta fueron expeditivamente echadas a pique. Por su parte, el segundo escuadrón de Dunkerque se dedicó a capturar a los pesqueros dispersos y a varios barcos mercantes que intentaban desesperadamente alcanzar los puertos holandeses. Así, en el espacio de dos semanas las Provincias Unidas perdieron cerca de 150 naves, incluyendo 84 pesqueros y una veintena de buques de guerra. Además, fueron hechos unos 1.400 prisioneros, entre ellos varios oficiales que devinieron en rehenes: el temor a represalias llevó a los holandeses a cesar abruptamente con la criminal práctica del “lavapiés”.
Pero los infortunios de los enemigos de España aún no habían concluído. A mediados de octubre había zarpado de Plymouth una poderosa flota compuesta por más de un centenar de naves (88 británicas y 24 holandesas) que incluía 5.000 marinos y 12.000 soldados: su objetivo era devastar el puerto de Cádiz -defendido únicamente por siete galeras y una docena de galeones y naos- y apoderarse de la flota de Indias. Ninguno de estos objetivos fue logrado: si bien los invasores lograron desembarcar y capturar el fuerte de Puntal, tras cinco días de encarnizados combates fueron obligados a reembarcarse por la bizarra resistencia de la guarnición local asistida por el pueblo gaditano (a lo cual se añadió la indisciplina de la soldadesca británica, buena parte de la cual se emborrachó tras saquear algunas bodegas). Poco después la maltrecha flota aliada era avistada por las fragatas de reconocimiento de la flota de Nueva España, la cual pudo eludir al enemigo gracias a tal oportuna alerta. Durante el viaje de regreso las tripulaciones de la escuadra anglo-holandesa fueron diezmadas por las epidemias; asimismo, dos buques ingleses se hundieron a causa de los temporales. Cuando todo concluyó, el desastre había adquirido proporciones dantescas: en Dunkerque se recibió con deleite la noticia del regreso a Inglaterra de medio centenar de barcos “bien destrozados” (con lo cual las pérdidas británicas cuadriplicaron las de sus aliados) así como el hecho que “habiéndose tomado muestra a la gente de guerra, se hallaron tan solamente cinco mil hombres de doce mil que se embarcaron”.
Como si esto fuera poco, ese mismo año una flota hispana bajo el mando del marqués de Santa Cruz (hijo del vencedor de Lepanto y las Azores) forzó a las fuerzas francesas y saboyanas a levantar el cerco tendido en torno a Génova, tradicional aliado de España. Poco puede sorprender entonces que 1625 fuera aclamado en España como annus mirabilis, un año admirable.

Mario Díaz Gavier

(Reproducido de Breda 1625.  El duelo final entre Spínola y Nassau por gentileza de Almena Ediciones, Madrid).