sábado, 13 de abril de 2013

INFANTERÍA DEL RENACIMIENTO (2): LOS LANSQUENETES


El 1° de octubre de 1486 la dieta de la Confederación Suiza recibió un queja formulada en Zürich contra un tal Konrad Gäschuff, caballero suabo que había osado proponer armar y adiestrar individuos de dicho origen jactándose de que cada uno de ellos valía como dos helvéticos. La anécdota carecería de relevancia de no ser porque el citado documento constituye la primera mención escrita del término que denominaría a los infantes germanos hasta las vísperas de la Guerra de los Treinta Años: Landsknecht. No hay unanimidad respecto al origen de dicha acepción (que significa literalmente “peón de la tierra”), siendo una de las teorías más consistentes la que adjudica a la palabra Land el sentido de “llanura”, distinguiéndose así a los “hombres de la llanura” en contraposición a los “hombres de las montañas”, es decir los suizos.
Fue el futuro emperador Maximiliano I quien ideó la organización de una infantería alemana a imagen y semejanza de las tropas helvéticas. El principal campo de reclutamiento eran las tierras altas de Austria y del sur de Alemania (hecho que indudablemente debilita la hipótesis anteriormente citada): al igual que en los cantones suizos, la precaria economía de Suabia y Tirol, basada mayormente en el pastoreo, era insuficiente para nutrir una población numerosa, y en consecuencia abundaban allí hombres jóvenes ansiosos de aventura y botín. En 1487 tuvo lugar en Brujas el desfile de las primeras unidades de lansquenetes, conducidas por el conde Eitelfritz von Hohenzollern.


Maximiliano I (1459-1519). A raíz de su boda con María de Borgoña en 1477 y la prematura muerte de ésta cinco años más tarde se convirtió en heredero del ducado de Borgoña, el cual incluía los Países Bajos, Luxemburgo y el Franco-Condado: dichos territorios habían sido invadidos por Francia a la muerte de Carlos el Temerario, pero Maximiliano I logró recuperar la mayor parte -aunque no Borgoña propiamente dicha- gracias a la victoria obtenida en 1479 en Guinegatte (actualmente Enguinegatte). En dicha ocasión, Maximiliano I combatió codo a codo con sus infantes, y por una extraordinaria coincidencia volvería a derrotar a los franceses en el mismo lugar en 1513.
 

No resulta difícil de imaginar la reacción de los suizos ante el surgimiento de lo que consideraban una falsificación de la “marca registrada” por ellos encarnada y una indeseable competencia. Así, el choque entre lansquenetes y esguízaros devenía casi invariablemente en la sangrienta modalidad de lucha denominada “mala guerra”, en la cual no se daba cuartel ni se tomaban prisioneros.
Un cuerpo de lansquenetes -se usaba ya el término “regimiento”, aunque el mismo pasaría a denominar a una unidad administrativa recién a mediados del siglo XVI- era comandado por un Feldobrist (grado equivalente al de coronel) y constaba de varias Fähnlein (banderas), cada una integrada idealmente por 400 efectivos y a cargo de un Hauptmann (capitán). El Feldobrist (que era secundado por un Locotenent o lugarteniente) era una suerte de empresario militar que, provisto de una patente, reclutaba tropas por encargo de un gobernante: idealmente se trataba de un personaje carismático cuya posición holgada le posibilitaba en caso de emergencia cubrir de su peculio posibles retrasos en el pago de las soldadas, tradicional fuente de motines y deserciones. 

El Kriegsbuch (“Libro de Guerra”) de Leonhart Fronsperger (1520-1575) constituye una fuente de primera mano en lo relativo a la organización de los lansquenetes. En esta xilografía de Jost Amman (1539-1591) se representa el enrolamiento: cada aspirante debía presentarse frente a un arco formado por dos alabardas y una pica, donde el pagador examinaba su condición física, armamento y experiencia. En caso de ser aprobado, el lansquenete atravesaba el arco y se integraba al regimiento.


Además de los citados existía una variopinta colección de rangos. Entre los mismos se contaba el Quartiermeister (cuartelmaestre), que tenía a su cargo la elección del lugar que alojaría al vivac y la organización de éste; el Proviantmeister (maestre de provisiones), que se ocupaba del suministro de munición de boca; el Wachtmeister (maestre de guardia), a quien se confiaba la fortificación del campamento; el Schultheiß (corregidor), responsable de todos los asuntos jurídicos (aunque no podía ser juez de profesión, reflejo de la desconfianza existente en Alemania hacia el elaborado derecho romano); el Profoss (preboste), que desempeñaba la función de policía (lo cual incluía el lucrativo control de los vivanderos); el Hurenweybel (literalmente “sargento de prostitutas”), que secundaba al Profoss imponiendo orden entre el personal no combatiente que integraba el bagaje; y el Feldweybel (sargento), que asistía al capitán en el mando de la Fähnlein.

Otra ilustración del Kriegsbuch nos muestra la clásica combinación de pífano y tambor, infaltable en toda Fähnlein de lansquenetes. Además de constituir un sencillo pero eficaz sistema de señales, dichos músicos animaban a sus camaradas durante las marchas y enmarcaban eventos tales como proclamaciones, festividades e incluso ejecuciones.


El equipamiento de los lansquenetes no difería mayormente del de sus rivales, aunque presentaban algunas particularidades. Entre las mismas se contaba la típica espada corta de hoja ancha y punta roma denominada Katzbalger (que a despecho a una extendida creencia no significa “destripagatos”), utilizada como arma de protección personal por la mayoría de los soldados. Los lansquenetes cuya mayor veteranía y mejor equipamiento los hacía idóneos para servir en las primeras filas recibían una doble soldada (ocho florines mensuales en lugar de cuatro), de allí su nombre de Doppelsöldner: entre los mismos -que representaban habitualmente una cuarta parte del total de efectivos- se destacaban aquellos provistos de montantes o mandobles, cuya misión era quebrar las astas de las picas enemigas y permitir así a sus camaradas penetrar en la formación rival. Huelga decir que dicha tarea era enormemente riesgosa, por lo que la mayoría de dichos Doppelsöldner contaban con la protección de petos, coseletes o incluso armaduras completas. Pero sin duda la característica distintiva de los lansquenetes era su atuendo consistente en prendas multicolores, que les daba un aspecto vistoso cuando no estrafalario. Era generalizado el uso del jubones acuchillados -moda derivada quizá de los tajos efectuados a prendas capturadas a fin de posibilitar su uso a individuos de mayor talla- y de calzas provistas de braguetas protuberantes como presunción de potencia sexual.

El martirio de San Sebastián de Hans Holbein el Viejo (1465-1524), expuesto en la Antigua Pinacoteca de Munich. Una de las figuras más importantes del cuadro es el ballestero lansquenete que, con una actitud que choca por lo calmosa y rutinaria, procede a tensar la cuerda de su arma con ayuda de un cranequín mientras sostiene entre los dientes una saeta. Si bien su precisión y poder de penetración eran temibles, la ballesta adolecía de una baja cadencia de tiro que relegaba su uso principalmente a la guerra de sitio: la difusión del arcabuz marcó el declive de esta arma, cuya última intervención importante en una batalla campal tuvo lugar en Marignano en 1515 pero que en algunos ejércitos sobreviviría incluso medio siglo más.


Una diferencia entre lansquenetes y Reisläufer consistía en que los primeros contaban con un rudimentario y expeditivo sistema jurídico propio (encarnado principalmente por el Schultheiß y el Profoss), mientras que los segundos se hallaban sujetos a las leyes civiles de sus respectivos cantones. En cambio, la costumbre de rezar antes de la batalla y a continuación arrojar un puñado de polvo o besar el suelo era habitual entre ambos contrincantes. Otra característica común, ciertamente menos loable, era su tendencia a amotinarse ante el retraso en sus pagas, si bien debe señalarse que los lansquenetes eran en este punto más razonables que los suizos. Tales motines, desgraciadamente también usuales entre los hispanos, constituyeron una de las peores pesadillas de los comandantes de los siglos XVI y XVII y estuvieron mayormente motivados por la imposibilidad o falta de voluntad del empleador de turno para abonar puntualmente lo estipulado: las graves consecuencias militares, políticas y económicas de los motines hacen que, en comparación, las más encarnizadas huelgas actuales parezcan un acto de inocente rebeldía infantil…

Un capitán lansquenete según una xilografía de 1545. Está provisto de una armadura de tres cuartos, una lanza corta -distintivo de su rango- y una Katzbalger. El capitán disponía de un cocinero personal, un sirviente y dos Doppelsöldner como guardaespaldas: su sueldo ascendía a 40 florines, es decir el décuplo de la paga de un soldado. 

El advenimiento de la Reforma no impidió que soldados luteranos fueran contratados por potencias católicas: tal fue el caso de Georg von Frundsberg, indudablemente el más destacado comandante de lansquenetes, que a pesar de su simpatía por el protestantismo sirvió fielmente al emperador Carlos V. El prestigio de Frundsberg había inducido en enero en 1522 a Francisco II Sforza y a Girolamo Adorno a visitar al veterano comandante en sus posesiones de Mindelheim a fin de asegurarse sus servicios para la inminente campaña en Lombardía.

 Mario Díaz Gavier


(Reproducido de Bicoca 1522.  La primera victoria de Carlos V en Italia por gentileza de Almena Ediciones, Madrid).

sábado, 2 de marzo de 2013

INFANTERÍA DEL RENACIMIENTO (1): LOS PIQUEROS SUIZOS


La resonante victoria obtenida en 1315 por los montañeses suizos sobre la caballería feudal de los Habsburgo en Morgarten es tradicionalmente considerada como el resurgimiento de la infantería tras los largos siglos que siguieron al ocaso de las legiones romanas. Y aunque ya existían antecedentes (principalmente la batalla de Kortrijk en 1302, donde las milicias urbanas flamencas batieron a los caballeros franceses), resulta innegable que los llamados Reisläufer pronto se convirtieron en los soldados más temidos de su tiempo, reputación que sobreviviría a fenómenos más fugaces como los citados milicianos flamencos, los arqueros ingleses y el Wagenburg (“fortaleza de carros”) de los rebeldes husitas.

Como muchos de sus compatriotas, el artista y orfebre Urs Graf (1485-1529) alternó sus oficios de tiempo de paz con la rentable pero riesgosa actividad de Reisläufer -participó por ejemplo de la batalla de Marignano- y su obra constituye un vívido cuadro de la vida de los mercenarios suizos a comienzos del siglo XVI. Esta ilustración muestra un consejo de guerra: la figura situada al centro es probablemente el barón Ulrich VII von Hohensax, comandante de las tropas suizas en la campaña de Milán de 1511-1513.


Sería recién en 1422, como consecuencia de la derrota sufrida en Arbedo a manos del condotiero Carmagnola, que la infantería suiza comenzaría a emplear el arma que la haría famosa. En dicha batalla los hombres de armas italianos habían sido provistos de largas lanzas que superaban el alcance de las alabardas utilizadas por los helvéticos, lo que llevó a éstos a adoptar poco después una monstruosa pica de fresno de 5,83 m de longitud (no muy distinta de la sarissa de la falange macedonia), destinada a herir el pecho del caballo antes de que la lanza del jinete hiciera lo propio con el piquero. El número de alabarderos fue reduciéndose con el paso del tiempo (a principios del siglo XIV representaban el 80% de la tropa pero en 1476 dicho porcentaje había descendido a la mitad), mientras que la pica adoptaba una longitud de unos 4,50 metros. Recién en 1465 los suizos abandonarían sus prejuicios contra las armaduras -hasta entonces se jactaban de que el único hierro que portaban era el de la punta de sus armas- y equiparían a la primera línea de piqueros con los numerosos ejemplares capturados durante las anteriores campañas. En cuanto a las armas de fuego portátiles, si bien terminarían por desplazar al arco y la ballesta, nunca pasarían de jugar un rol secundario. Su empleo presentaba diferentes variantes: bien precediendo en orden abierto a un bloque de piqueros (un cometido no muy distinto del asignado a la infantería ligera durante los siglos XVIII y XIX), integrando la segunda hilera de un escuadrón (la primera seguía siendo confiada a las picas) o formando “alas” adosadas a los flancos de tal formación.

Un grupo de cuatro músicos en la versión de Urs Graf. Resulta llamativo el tamaño de los dos instrumentos de la izquierda, pues por su longitud no se trata de pífanos -poseedores de un penetrante registro agudo- sino de flautas: por otro lado, la actitud de los Reisläufer no sugiere en modo alguno una marcha sino más bien…¡un amable concierto!

La infantería suiza alcanzaría su apogeo en los diez meses comprendidos entre marzo de 1476 y enero de 1477, cuando infligió a las fuerzas de Carlos el Temerario las derrotas de Grandson, Murten y Nancy (ocasión esta última en la que el citado perdió la vida) y marcó así el ocaso del ducado de Borgoña. Tal impactante triunfo -que sería posteriormente complementado por los éxitos obtenidos contra Maximiliano I en la Guerra Suaba de 1499- convirtió a los helvéticos en los mercenarios más cotizados de Europa. Entre sus empleadores se contaría el Papa (que fundaría en 1506 la legendaria Guardia Suiza “pro custodia palatii nostri”) y muy especialmente Francia, cuya infantería autóctona revelaría hasta mediados del siglo XVII una frustrante inferioridad: ya en 1475 Luis XI había contratado los servicios de un centenar de Reisläufer como guardias de corps, los cuales se harían famosos bajo el nombre de Garde de Cent Suisses. 
La clave de los éxitos obtenidos por los esguízaros -tal como se los llamaba en España- radicaba en gran parte en el uso de la formación de combate denominada Schlachthaufen o bataillon carrée. Desplegados en compactos bloques de alabarderos rodeados por piqueros (habitualmente 50 hombres de frente y 30 de fondo), los infantes suizos eran invulnerables a las cargas de caballería que habían dominado los campos de batalla de Europa por cerca de diez siglos. Las cuatro primeras hileras de piqueros apuntaban sus armas hacia adelante mientras que las siguientes mantenían sus picas verticales, listos para cubrir eventuales huecos: una vez producido el choque con una formación enemiga, los piqueros ensanchaban sus hileras a fin de permitir la salida de los alabarderos, que asestaban el golpe de gracia al adversario. Otra importante innovación táctica introducidas por los helvéticos fue la división del ejército en tres formaciones: la Vorhut (vanguardia), la Gewalthut (grueso o “batalla”) y la Nachhut (retaguardia), una estructura que sería imitada por los principales ejércitos europeos.

La traición de Novara, ilustración que integra la Crónica de Lucerna de Diebold Schilling el Joven (1460-1515). En abril de 1500 el ejército milanés de Ludovico Sforza enfrentaba a las tropas francesas de La Tremoille y Trivulzio cuando estos últimos, aprovechando la negativa de los mercenarios suizos de ambos ejércitos a combatir contra sus compatriotas, ofrecieron a los helvéticos al servicio de Milán la posibilidad de regresar a su tierra con honores militares. Ante la desintegración de su ejército, Sforza intentó escapar disfrazado de Reisläufer, pero un tal Hans Turmann lo delató a cambio de 200 florines y el desdichado duque pasaría el resto de su vida en cautiverio. El traidor nunca pudo gozar de su recompensa: tal infracción del código de honor de los esguízaros le valió ser trasladado en grilletes a su patria, juzgado y condenado a la horca.
 
El empuje de los soldados suizos era proverbial, hallándose los mismos sujetos a un código draconiano que establecía que aquel que intentara huir durante la batalla debía ser muerto en el acto por sus compañeros. Obviamente el adversario no quedaba exceptuado de tal rigor: la costumbre de las tropas suizas de no hacer prisioneros -desdeñando incluso la perspectiva de cobrar rescate por cautivos ilustres- les valió un merecida fama de brutalidad y un tratamiento similar a manos de sus rivales. Un intento loable de regular la conducta de la tropa en tiempos de guerra estuvo representado por la llamada Carta de Sempach, redactada en 1393 en Zürich: la misma protegía a mujeres, niños y ancianos e imponía severas penas para quienes saquearan iglesias y maltrataran religiosos.
A pesar de sus notables virtudes, las debilidades intrínsecas del sistema militar helvético pronto quedarían al descubierto. Los intereses de los distintos cantones no siempre eran coincidentes y a ello se sumaba la organización “gremial” de los contingentes, todo lo cual convertía la toma de decisiones en un proceso arduo y prolongado. Así, se daba una notable paradoja: la Confederación Suiza, que inundaba Europa con miles de excelentes soldados y que tan mortífera eficacia mostrara luchando en defensa de su territorio, era incapaz de producir siquiera un comandante destacado y de organizar por su propia cuenta una invasión a gran escala de territorio enemigo.

Otra ilustración de la Crónica de Lucerna, esta vez dedicada al cruce de los Alpes por una columna de Reisläufer: nótese que la misma incluye una mujer. El paso de San Gotardo era utilizado originariamente por los pastores suizos para llevar ganado a los mercados de Lombardía, y con posterioridad se convertiría en la principal ruta de los mercenarios que participarían de las guerras de Italia: a aquellos oriundos de valles pobres y superpoblados, la llanura del Po debía presentárseles como una verdadera Tierra Prometida.

Por su parte, los contingentes a sueldo de potencias extranjeros no sólo adquirieron renombre por su arrojo en combate sino también por su intransigencia en lo relativo a temas financieros. En efecto, bastaba que se produjera un retraso en el pago de sus haberes para que los infantes suizos levantaran campamento y regresaran a sus montañas sin atender ruegos ni súplicas: no en vano se decía que pas d’argent, pas de Suisse (“sin plata no hay suizos”). Su única lealtad era para sí mismos, evidenciada en la norma que impedía a dos contingentes helvéticos a luchar entre sí y que tan fatídica resultara a Ludovico Sforza, duque de Milán que debió asistir impotente a la defección de sus mercenarios.
Si bien la Reisläuferei era una suculenta fuente de ingresos para la Confederación Suiza (y muy especialmente para aquellas autoridades cantonales que recibían pensiones de empleadores extranjeros), no faltaron voces críticas al sistema: entre ellas se destacó el reformador Ulrich Zwingli, quien impidió que entre los 16.000 mercenarios contratados por Francisco I en 1522 se contara un contingente de Zürich.


Mario Díaz Gavier

(Reproducido de Bicoca 1522La primera victoria de Carlos V en Italia por gentileza de Almena Ediciones, Madrid).


viernes, 15 de febrero de 2013

LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA


Resulta imposible determinar con total exactitud el número de víctimas de la Guerra de la Triple Alianza. El único beligerante cuyas pérdidas humanas pueden calcularse con razonable precisión es Uruguay, debido a lo reducido de su contingente y al hecho de tratarse exclusivamente de personal militar: aparentemente, de 5.583 hombres que participaron de la contienda murieron 3.120, es decir, más de la mitad.
Los partes oficiales del Ejército Argentino dan la cifra de 2.967 muertos en combate hasta el 16 de julio de 1868, y teniendo en cuenta que a partir de entonces las únicas batallas importantes con participación argentina fueron Acayuazá, Lomas Valentinas y Peribebuy, podemos cifrar dichas pérdidas en poco más de 3.100. Aplicando la regla según la cual los caídos en combate representaban en esa época sólo un 25% del total, es lícito estimar los muertos argentinos en alrededor de 12.000, aunque por supuesto dicha cifra es una mera aproximación y no debe ser tomada como absoluta.
Igualmente difícil de calcular es la cantidad de bajas fatales sufridas por Brasil. El gobierno imperial declaró en 1870 que entre el inicio del conflicto y el 18 de agosto de 1869 4.332 soldados habían perdido la vida, una cifra ridículamente baja que ha sido unánimemente descartada por los historiadores. Algunas fuentes estiman el número de muertos en 100.000, lo que parece evidentemente excesivo en comparación con el número de efectivos alistados. Muy probablemente, dichas pérdidas rondaron la cifra de 50.000, víctimas de las epidemias incluídas.
La polémica se torna inevitable cuando se repasan las pérdidas sufridas por Paraguay. Efraím Cardozo declaró que, de una población de 1.300.000 habitantes al iniciarse el conflicto, sólo sobrevivieron 200.000, mayormente mujeres y ancianos: dicha afirmación se basa en un trabajo de Gabriel Carrasco del año 1905. Tal escalofriante cifra de más de un millón de muertos resulta sin embargo insostenible al confrontarla con modernos estudios demográficos. El censo de 1846 ordenado por Carlos Antonio López había dado un total de 238.862 habitantes, y si bien un cierto margen de error resulta inevitable (por ejemplo, al no incluir las tribus indígenas “salvajes”) se trata del dato más confiable del que disponemos. Dado que Paraguay en modo alguno era un país de inmigración (como comenzaban a serlo en forma incipiente Argentina y Brasil) resulta sencillamente imposible creer que la población pudiera quintuplicarse en el lapso de dos décadas. Una proyección realista elevaría la población paraguaya en 1865 a una cifra que oscilaría entre los 450.000 y 500.000: considerando los 221.079 habitantes (106.254 mujeres, 86.079 niños y 28.746 hombres) registrados por el censo llevado a cabo por los aliados en 1872, los nacimientos que tuvieron lugar durante el conflicto y los habitantes que emigraron a Argentina y Brasil al finalizar la contienda, puede estimarse que los muertos paraguayos rondaron los 300.000: cifra de por sí suficientemente terrible, al representar un 60% de la población…
Si bien los soldados paraguayos sufrieron en combate pérdidas muy superiores a las de sus adversarios (por un lado debido a su inferioridad numérica y técnica y por otro a su fanático coraje, sólo comparable al de los combatientes japoneses durante la guerra del Pacífico), la cifra total de bajas militares es muy inferior a la arriba citada, correspondiendo la mayor parte de los muertos a la población civil. Este hecho llevó en los años sesenta y setenta del pasado siglo a muchos autores a culpar a los aliados de haber perpetrado un genocidio contra el pueblo paraguayo. Tal afirmación peca de injusta e inexacta, y si bien el ejército brasileño cometió en los últimos quince meses de campaña varios crímenes de guerra, éstos no bastarían para explicar las terroríficas pérdidas sufridas por la población guaraní. Al margen de que no deben olvidarse las innumerables víctimas del régimen de Francisco Solano López (cuyos esbirros perpetraron, especialmente en las fases finales del conflicto, verdaderas masacres entre sus compatriotas), la mayoría de los muertos paraguayos fueron víctimas, no de la acción enemiga, sino de las epidemias y las hambrunas. Lo insalubre de la región y las deficientes condiciones sanitarias favorecieron la propagación de enfermedades tales como el cólera, la fiebre amarilla y la viruela, mientras que el inflexible esfuerzo de guerra ordenado por López y la injustificable destrucción de la agricultura y la ganadería del país por parte de los aliados en las postrimerías del conflicto (en este punto pisan terreno más firme quienes alegan la existencia de un genocidio) hicieron que los víveres disponibles para la población civil menguaran en forma angustiante: la cantidad de pérdidas humanas convertiría a la Guerra del Paraguay en el conflicto más sangriento de la segunda mitad del siglo XIX después de la Guerra Civil norteamericana, superando ampliamente a la Guerra de Crimea y a la Guerra Franco-prusiana.

Mario Díaz Gavier

(Reproducido de En tres meses en Asunción. De la victoria de Tuyutí al desastre de Curupaytí por gentileza de Ediciones del Boulevard, Córdoba). 


viernes, 1 de febrero de 2013

LA CONTRAARMADA


Ya a fines de agosto de 1588, a pocas semanas de haber sido batida y dispersada la llamada “Armada Invencible”, Isabel I de Inglaterra comenzó a considerar, a modo de represalia, el proyecto de interceptar la flota del tesoro proveniente de las Indias -que solía arribar a la metrópoli a fines del verano o principios del otoño- con el doble objetivo de privar a Felipe II de tal colosal fuente de ingresos y nutrir las arcas propias, exhaustas a raíz de los gastos originados por la guerra durante los dos años anteriores. Sin embargo, lo avanzado de la estación y el estado de los buques británicos -que habían permanecido en el mar como mínimo cinco meses- hicieron forzoso posponer la operación al año siguiente, lo cual tuvo también por consecuencia la ampliación de la meta inicial: ahora sería también menester incendiar las naves españolas que habían sobrevivido el azaroso regreso (40 de las cuales se hallaban en Santander y otras 12 en San Sebastián) a fin de impedir que pudieran escoltar a la Flota de Indias o participar de un nuevo intento de invasión. Asimismo, se añadieron como objetivos la conquista de Lisboa y las Azores, lo cual automáticamente dejó la puerta abierta a la tentación de reestablecer -eventualmente con ayuda del jerife de Marruecos- al Prior de Crato en el trono de Portugal, quien aseguraba que su mera presencia bastaría para desatar una rebelión masiva contra la autoridad española. Resultaba evidente que a raíz de la euforia desatada por la reciente victoria el plan inicial había pasado a sufrir de gigantismo, lo cual tendría fatídicas consecuencias…
La expedición devino en una empresa mixta de la corona inglesa (cuya participación inicial había sido acordada en £ 20.000 pero que al final se vio obligada a desembolsar £ 49.287), inversores particulares y las Provincias Unidas de los Países Bajos, estando a cargo de Sir Francis Drake como jefe de las fuerzas navales y Sir John Norris como comandante del contingente terrestre. La flota estaba integrada por 6 galeones reales, 60 mercantes armados, 60 filibotes holandeses -confiscados por Drake cuando navegaban a Francia para adquirir sal- y 20 pinazas. El total de efectivos sumaba 23.375 hombres, de los cuales eran 5.600 marinos y el resto tropas embarcadas. Entre los aventureros enrolados en la expedición se destacaría el joven conde de Essex, favorito de la ya madura Reina Virgen: desobedeciendo la prohibición de Isabel I, Essex escapó del palacio de St. James -y de sus acreedores, a quienes adeudaba la astronómica cifra de £ 23.000- para embarcarse como polizón en el Swiftsure en la esperanza de enriquecerse.
El 28 de abril de 1589, tras una fallida zarpada diez días antes, la expedición se hizo a la vela y no pasó mucho tiempo antes de que surgieran los primeros contratiempos. Para empezar, Drake no mostró la menor intención de dirigirse a Santander o San Sebastián (tal como Isabel I se lo había ordenado explícitamente), alegando a tal fin vientos desfavorables. La causa de dicha actitud no es difícil de desentrañar y residía en la composición misma de la empresa: el móvil de los inversores particulares era el afán de lucro, por lo que su interés residía obviamente en la captura de la Flota de Indias o en la toma de Lisboa y no en un combate con los maltrechos galeones surtos en los puertos vascos, misión no exenta de riesgos y sí de perspectivas de botín.
En consecuencia, Drake y Norris acordaron atacar La Coruña, que quedaba de camino a Lisboa y en la cual se hallaban presuntamente 2oo naves mercantes “cargadas de munición, mástiles, cables y otras provisiones para el enemigo”. El 3 de mayo la flota inglesa (sensiblemente reducida por la deserción de una treintena de filibotes que, alegando pretextos varios, pusieron rumbo a Inglaterra y La Rochelle) apareció ante el puerto gallego, tomando completamente por sorpresa a sus habitantes. Para disgusto de los comandantes británicos, en la bahía había solamente cinco naves: los baqueteados galeones San Juan y San Bernardo (este último carenando y sin artillería), la nao San Bartolomé y las galeras Princesa y Diana. Recién a las tres de la tarde del día siguiente los ingleses pudieron desembarcar 7.000 hombres unos dos kilómetros al este de la ciudad. A las dos de la madrugada del 6 de mayo un ataque conjunto de dichas fuerzas junto a otros 2.000 efectivos transportados en botes logró apoderarse del barrio bajo de la Pescadería, situado extramuros. Las galeras se habían retirado el día anterior al puerto de Betanzos, mientras que el San Juan fue incendiado por su tripulación y las otras dos naves abandonadas. Un contraataque protagonizado por milicianos pobremente armados fue fácilmente rechazado por los invasores, que se dedicaron a saquear la parte baja de la ciudad y masacrar a muchos de sus desdichados habitantes: en el botín figuraron pertrechos navales, alimentos y gran cantidad de vino, lo que causaría la borrachera de buena parte de la soldadesca inglesa, habituada sólo a la cerveza.
Envalentonado con el éxito obtenido, Norris decidió entonces atacar la parte alta de La Coruña, fortificada con una antigua muralla medieval. Los intentos iniciales de abrir brecha con una batería resultaron infructuosos debido a la encarnizada resistencia de los defensores (que eran eficazmente abastecidos por la Princesa y la Diana), e igualmente estéril se mostró la realización de una mina. El 14 de mayo los ingleses lograron abrir una brecha y demoler con otra mina la mitad de una torre, pero los consecuentes asaltos resultaron infructuosos: la primera oleada se retiró presa del pánico al derrumbarse sobre ella el resto de la torre y la segunda se hundió en los escombros producidos por la brecha sólo para descubrir tardíamente que la misma se hallaba en la parte superior de la muralla y era por lo tanto impracticable. Fue en el curso de estos combates en que se destacó María Mayor Fernández de la Cámara y Pita, más conocida como María Pita: habiendo muerto su marido, esta intrépida mujer mató a un alférez enemigo que encabezaba un asalto.
Si bien las partidas inglesas habían podido saquear a discreción la comarca en varios kilómetros a la redonda y Norris había sorprendido y batido a una expedición de socorro española, dichos triunfos parciales se revelaron estériles en su intento de apoderarse de La Coruña: finalmente, el 18 de mayo las tropas inglesas se reembarcaron, no sin antes incendiar el barrio de la Pescadería.
El revés sufrido en La Coruña tuvo decisivas consecuencias en el posterior transcurso de la expedición. A la pérdida de dos barcos, cuatro capitanes y centenares de soldados se sumó la desmoralización de las tropas, ejemplificada en la deserción de otra media docena de filibotes con 2.000 hombres a bordo; asimismo, una epidemia -atribuída a las orgías cometidas en las bodegas gallegas y al contacto con ropas infectas, rezagos de la expedición de Medina Sidonia- comenzó a diezmar a las tropas británicas; por último, las dos semanas desperdiciadas en La Coruña echaron a perder el factor sorpresa y brindaron un valioso tiempo de preparación a las guarniciones de Portugal y Cantabria.
Descartado definitivamente el ataque a Santander (Drake y Norris recurrirían nuevamente a la excusa de los vientos adversos), la flota inglesa se dirigió a Lisboa. Si bien se consideró la temeraria idea de remontar el Tajo y desembarcar en las inmediaciones de la ciudad, finalmente el 26 de mayo las tropas inglesas fueron depositadas en Peniche, más de 70 kilómetros al norte de su objetivo. Tal decisión resulta tan incomprensible para los estudiosos contemporáneos como la pasividad demostrada por Drake -otrora famoso por su arrojo- en esta campaña: si bien los invasores lograrían capturar el castillo local (el comandante portugués se rindió sin oponer resistencia), se verían ahora obligados a emprender una ardua marcha sin contar prácticamente con animales de carga.
El 28 de mayo Norris y sus tropas se pusieron en camino, mientras que Drake prometía dirigirse con la flota al estuario del Tajo. En su avance hacia Lisboa los británicos fueron acosados por las escaramuzas de las fuerzas ibéricas, las elevadas temperaturas, la escasez de provisiones y las enfermedades: al mismo tiempo, y contrariamente a lo prometido por Don Antonio de Crato, el apoyo popular a la invasión reveló ser tan magro que apenas se logró sumar 200 voluntarios portugueses (calificados por un oficial inglés como “los cobardes más grandes que he visto en mi vida”).
Cuando al anochecer del 4 de junio las avanzadas británicas lograron alcanzar los suburbios de Lisboa, éstos ofrecían un aspecto fantasmal: la mayoría de los habitantes se había refugiado en la ciudad, donde el gobernador general, el Cardenal Archiduque Alberto (sobrino y futuro yerno de Felipe II), no había perdido tempo en organizar la defensa. La guarnición de Lisboa se componía de 7.000 efectivos, de los cuales 4.000 eran portugueses cuya lealtad era incierta; en cuanto a las fuerzas navales, las integraban las 18 galeras de Don Alonso de Bazán, a las cuales se sumarían días después otras 9 galeras con un millar de infantes a bordo mandadas por Don Martín de Padilla, adelantado mayor de Castilla.
Al mediodía siguiente el grueso de las fuerzas invasoras se había concentrado al norte y al oeste de Lisboa pero, habiendo fracasado en el intento de ocupar la iglesia de San Antonio (contigua a la muralla y que hubiera proporcionado así acceso a la plaza), los soldados de Norris se tendieron a dormir la siesta, exhaustos tras haber marchado durante seis días y pasado la noche anterior en vela. Tal inoportuno descanso resultó de breve duración: una vigorosa salida de la guarnición sorprendió desprevenidos a los ingleses y dio cuenta de un coronel, dos capitanes y unos 40 soldados antes de retirarse a la ciudad. No satisfechos con ello, esa misma noche los sitiados realizaron una encamisada que mantuvo en vilo a los ingleses, quienes durante los días siguientes fueron asimismo blanco de los cañones proeles de las galeras de Bazán.
Al cabo de tres días Norris tuvo que convencerse de la imposibilidad de conquistar su objetivo. Isabel I se había negado a proveer de artillería de sitio a la expedición y el comandante de las fuerzas terrestres constató muy a su pesar que las murallas de Lisboa eran “muy elevadas y fuertes (contrariamente a lo que me habían dicho)”: asimismo, desde el desembarco en Peniche los invasores habían sufrido 2.000 bajas y, por si ello fuera poco, a raíz de sus deficiencias logísticas carecían de suficiente pólvora y mecha para poder sostener siquiera media día de combate. Finalmente, y como ya se ha dicho, las muestras de adhesión al Pretendiente habían sido insignificantes, destacándose el apoyo de la colectividad judía y, curiosamente, del clero regular. En cuanto a Drake, ya el 30 de mayo había alcanzado Cascaes (26 km al oeste de Lisboa) y al día siguiente había ocupado dicha localidad, pero no se había atrevido a forzar la boca del Tajo -guarnecida por el fuerte de San Julián- hasta no contar con el apoyo de las fuerzas terrestres, circunstancia que nunca se materializó.
Así, en la mañana del 8 de junio las tropas de Norris iniciaron su retirada a Cascaes, siendo hostigadas por la caballería del conde de Fuentes y la artillería de las naves de Bazán y Padilla. Los intentos británicos de incitar a los españoles a librar una batalla campal fueron vanos y el día 13 tuvo lugar el apresurado reembarque (en cuyo transcurso el Prior de Crato perdió parte de su equipaje incluyendo listado y correspondencia de sus partidarios locales), no sin que antes una carga de caballería efectuada por el capitán Sancho Bravo de Acuña lograra capturar dos banderas.
Una vez efectuada la evacuación, la flota británica permaneció varios días frente a Cascaes, en cuyo transcurso capturó 80 embarcaciones mercantes (60 de ellas hanseáticas y el resto francesas) y recibió vituallas procedentes de Inglaterra (así como la perentoria orden de Isabel I de que el duque de Essex regresara inmediatamete), mientras que los filibotes holandeses emprendían el regreso a su país y Drake y Norris -cuya relación no pasaba por su mejor momento- decidían el posterior curso a seguir y esperaban vanamente la cooperación del jerife de Marruecos. Finalmente, el 18 de junio la armada invasora, tras haber perdido siete buques a manos de las presuntamente desfasadas galeras españolas, abandonó definitivamente el desembocadura del Tajo dejando tras de sí una macabra estela formada por los cadáveres de las víctimas de la peste.
Un puñado de naves fue despachado a evacuar los soldados y cañones que habían quedado en Peniche, pero al arribar fue recibido a cañonazos: el comandante de la guarnición, capitán George Barton, había huído a bordo de un barco francés dejando librados a su suerte a sus hombres, los cuales fueron aniquilados por los españoles. Por su parte, Drake y Norris resolvieron dirigirse a las Azores, pero un violento temporal arrastró al grueso de la flota hasta la altura de Vigo, población que, tras ser abandonada por sus habitantes, fue saqueada e incendiada el 1° de julio: mezquino consuelo para quienes habían soñado conquistar Lisboa y apoderarse de la Flota de la Plata...
Para ese entonces la combinación de errores y reveses había dejado a la expedición prácticamente fuera de combate: menos de 2.000 soldados eran aún aptos para el servicio y la tripulación de la mayoría de los buques había quedado reducida a un puñado de marineros: por ejemplo, de los 300 tripulantes del Dreadnought 114 habían muerto y el resto -exceptuando a tres hombres- se hallaban enfermos. Ante tal panorama, se decidió que Norris emprendiera el regreso a Gran Bretaña mientras que Drake realizaba un postrer y desesperado intento de alcanzar las Azores con la veintena de barcos que se hallaba en mejor estado. Todo en vano: un nuevo temporal procedente del sur dispersó a los buques ingleses y ocasionó un rumbo en el Revenge, nave insignia de Drake, quien se vio obligado a poner definitivamente rumbo a su patria: a principios de julio la mayoría de los barcos ingleses se hallaba ya en Plymouth y otros puertos de la costa meridional de Inglaterra -y con ellos la peste, que pronto comenzó a cobrarse víctimas.
Temiendo con razón que Isabel I descargara su ira sobre ellos, Drake y Norris se apresuraron a bombardear a la reina con cartas y emisarios, presentando la expedición como un resonante triunfo y alegando que únicamente la epidemia les había impedido dirigirse a las Azores tal como había sido su propósito. Para su sorpresa, la reacción inicial de Isabel I fue benevolente, alegrándose del “feliz éxito” en Portugal y España, llegando el Consejo Privado a inquirir cantidad y estado de los barcos y efectivos que habían retornado a fin de “continuar dicha acción de destruir las naves del rey de España y de interceptar su flota proveniente de las Indias”.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de la verdad saliera a la luz, y ese otoño Drake y Norris fueron citados a rendir cuentas ante el Consejo Privado. Si bien lograron defenderse exitosamente, el desastre quedó expuesto en toda su magnitud, calculándose que un total de 11.000 efectivos había sucumbido a las enfermedades y los combates. A fin de evitar una crisis diplomática se ordenó devolver -salvo contadas excepciones- las embarcaciones y mercaderías capturadas, lo cual redujo drásticamente el botín obtenido. La empresa, que había costado £ 100.000, resultó una catástrofe para los inversores, y la mísera paga concedida a los sobrevivientes -cinco chelines y la autorización de vender las armas provistas- provocó el descontento de los soldados, muchos de los cuales protagonizaron disturbios en Londres mientras que otros devinieron en salteadores de caminos. En cuanto a Drake, su anterior popularidad no le impidió caer en desgracia ante Isabel I, quien durante los seis años siguientes no volvió a confiarle mando alguno: recién en 1595 tendría oportunidad de comandar junto a John Hawkins una expedición al Caribe, pero la misma se saldaría con una serie de derrotas y la muerte de sus comandantes.
El fracaso de la Contraarmada de 1589 (también llamada en España “la Invencible Inglesa”) evidenció la debilidad intrínseca del privateering, modalidad tan cara a la monarquía inglesa y que consistía en fomentar expediciones navales a cargo de particulares contra potencias rivales. Si bien a escala reducida dichas incursiones -corsarias de tener lugar en época de guerra y claramente piráticas de perpetrarse en tiempos de paz- representaban un método barato de dañar el tráfico marítimo del adversario e incluso lucrar con ello, el intento de montar una flota de invasión en base a dicha “privatización de la guerra” fracasó debido a la inexperiencia de sus organizadores frente a la temible complejidad logística de tal empresa y a la falta de coordinación entre los contingentes terrestre y naval: notable contraste con las operaciones del duque de Alba y el marqués de Santa Cruz en 1580, cuando desde Cascaes realizaron un brillante avance conjunto hacia Lisboa.
Peor aún, la divergencia de intereses entre la corona y los demás inversores (Isabel I afirmaría con amargura que Drake y Norris “fueron a lugares más por provecho que por servicio”) quedaría expuesta en la flagrante desobediencia de la directiva de atacar los puertos cantábricos, lo cual privó a Gran Bretaña de una ocasión única de asestar un golpe mortal a la castigada flota de Felipe II: apenas un mes después del retorno de la expedición a Inglaterra sesenta barcos de Santander y San Sebastián se hicieron nuevamente a la mar. Tal como lo señaló certeramente el historiador Julian Stafford Corbett contradiciendo la creencia tradicional, el año 1588 no marcó el fin de la armada española sino justamente su origen, ejemplificado por un importante plan de construcciones navales (que daría a luz a los espléndidos galeones conocidos como “Los Doce Apóstoles”) y el establecimiento de una organización marítima permanente en el Atlántico. Los resultados no se hicieron esperar: en 1591 una veintena de barcos ingleses desplegados frente a la isla de Flores -la más occidental de las Azores- al acecho de la Flota de Indias fue sorprendida y puesta en fuga por una fuerza española superior comandada por Don Alonso de Bazán, culminando la acción con la captura del Revenge tras fiera lucha. Si bien en 1656, 1657 y 1702 los británicos infligirían sendas derrotas a la Flota de Indias, en el primer caso sólo pudieron apoderarse de una fracción del botín y en los restantes debieron retirarse con las manos vacías al haber sido previamente descargado dicho tesoro: el sueño de Isabel I de capturar íntegramente las fabulosas riquezas procedentes de las minas del Nuevo Mundo jamás pudo ser concretado.

Mario Díaz Gavier


© 2013, Mario Díaz Gavier