miércoles, 15 de julio de 2015

LUPO & SAGITTARIO

A pesar de constituir la quinta armada del mundo y contar con buques espléndidos como los acorazados Clase Littorio, la actuación de la Regia Marina durante la Segunda Guerra Mundial fue mayormente decepcionante, lo cual se debió a la carencia de radar y aviación embarcada, la escasez de combustible y la falta de iniciativa y pericia de muchos de sus comandantes. Sin embargo, el desempeño de sus unidades menores -naves de escolta, lanchas torpederas, submarinos y "torpedos humanos"- fue en general sobresaliente, y un buen ejemplo de ello lo constituye un doble combate que tuvo lugar en el Mar Egeo en la primavera de 1941.

Ya a fines de octubre de 1940, con motivo de la invasión italiana de Grecia, el premier británico Winston Churchill declaró su intención de controlar la isla de Creta a cualquier precio y convertirla en una poderosa base aeronaval destinada tanto a defender Egipto como a amenazar el tráfico naval entre Italia y Libia. La importancia estratégica de la isla tampoco había pasado inadvertida para Hitler: en manos inglesas Creta no sólo supondría una amenaza para el frente mediterráneo sino que desde allí los bombarderos de la RAF podrían incluso alcanzar los vitales campos petrolíferos de Ploesti (Rumania). En consecuencia, cuando a fines de abril de 1941 el arrollador avance de la Wehrmacht forzó a las tropas de la Commonwealth a evacuar Grecia rumbo a Creta, se le encomendó al general Kurt Student, comandante de las fuerzas aerotransportadas germanas, organizar la conquista de la isla. La Operación Merkur supondría la mayor invasión por aire llevada a cabo hasta entonces y estaría a cargo de 8.000 soldados de la 7° División Aérea, que tomarían tierra en paracaídas y planeadores: una vez capturados los aeródromos de Maleme, Rétino y Heraclión, dichas tropas serían reforzadas por la 5° División de Montaña, cuyos efectivos (con excepción de dos batallones transportados por mar) arribarían a bordo de aviones Junkers Ju 52.
Para desdicha de los alemanes, los británicos estaban perfectamente al tanto de sus planes gracias al programa de escucha y desciframiento de las comunicaciones enemigas denominado ULTRA: por contraste, los incompetentes oficiales de inteligencia de Student habían estimado la guarnición de Creta en 5.000 soldados cuando la cifra real alcanzaba los 42.000 hombres. Así, cuando el 20 de mayo de 1941 se inició la invasión, los Fallschirmjäger (paracaidistas) toparon con una encarnizada resistencia que les infligió pérdidas terroríficas: al anochecer ninguno de los objetivos había sido alcanzado, hallándose los invasores al borde de la derrota.

Ese mismo día una abigarrada flotilla integrada por 2 pequeños mercantes y 19 caiques, -motoveleros típicos del Egeo- había zarpado del Pireo llevando a bordo 2.331 Gebirgsjäger (cazadores de montaña) cuya misión era acudir en auxilio de los paracaidistas en Maleme. Las condiciones de navegación eran extraordinariamente rudimentarias: cada embarcación era guiada por un teniente de la Kriegsmarine cuyo equipamiento se limitaba a un mapa escala 1/500.000, una brújula de bolsillo y un megáfono casero a guisa de radio. Originariamente dicha formación debía ser escoltada por el torpedero Sirio, pero el mismo sufrió un daño en su hélice y debió ser reemplazado por el Curtatone; sin embargo, esta vetusta nave chocó a su vez con una mina y se hundió, con lo cual el rol de escolta recayó en el torpedero Lupo, bajo el mando del capitán de fragata Francesco Mimbelli. Si bien se trataba de un buque moderno, el Lupo desplazaba sólo 800 toneladas y su armamento se limitaba a tres cañones de 100 mm, diez de 20 mm y cuatro tubos lanzatorpedos de 450 mm.
Al amanecer del 21 de mayo la denominada 1° Flotilla de Motoveleros se reunió con su escolta en la isla de Milos y se dispuso a navegar las 70 millas náuticas que la separaban de su objetivo. Sin embargo, poco después de las 7 de la mañana el almirante Karlgeorg Schuster, que ocupaba el cargo de Admiral Südost (Almirante Sudeste), ordenó primero a la formación detener su marcha y luego retornar a Milos, basado en informes de reconocimiento aéreo reportando la presencia de naves británicas al norte de Creta. A las 11 horas tal información se había revelado errónea y Schuster, confiado en la afirmación de Mimbelli de que "era capaz de alcanzar Maleme antes de la oscuridad", autorizó retomar la marcha: sin embargo, a resultas de tal incidente la flotilla -que debido a la precariedad de sus medios y al viento contrario se arrastraba a la exasperante velocidad de cuatro nudos- había perdido preciosas horas diurnas bajo la sombrilla aérea de la Luftwaffe, demora que se revelaría fatal.
Para entonces el almirante Sir Andrew Cunningham, comandante de la Mediterranean Fleet, estaba enterado del inminente arribo de refuerzos por mar, habiendo desplegado cuatro escuadrones para su intercepción. Siguiendo las precauciones de seguridad establecidas para ULTRA, se despachó desde Egipto un bombardero Maryland a fin de "descubrir" a la flotilla enemiga, y al anochecer las llamadas Fuerzas B, D y E avanzaron al encuentro del enemigo.
Contrariamente a lo asegurado por Mimbelli, al anochecer el Lupo y su convoy no habían alcanzado aún su objetivo, aunque las montañas de Creta eran ya visibles en el horizonte. A las diez y media de la noche, cuando la flotilla se hallaba a unas veinte millas de su destino, un vigía del Lupo descubrió a un kilómetro de distancia una silueta a la que pronto se le sumarían otras: se trataba de la Fuerza D del contralmirante Irvine Glennie, que había penetrado al mar Egeo por el estrecho de Antikythera y consistía en los cruceros ligeros Ajax, Orion y Dido precedidos por los destructores Janus, Kimberley, Hasty y Hereward.
El Lupo no sólo se hallaba en inferioridad numérica sino que además debía enfrentar navíos mucho más poderosos: el desplazamiento de las unidades británicas iba desde las 1.370 toneladas del Hasty y el Hereward hasta las 7.270 del Ajax y el Orion. En cuanto a armamento, la Fuerza D contaba con una superioridad aplastante, sumando en total 16 cañones de 152 mm, 8 de 133 mm, 20 de 120 mm, 9 de 102 mm, 20 de 40 mm, 64 ametralladoras de 12,7 mm y 58 tubos lanzatorpedos de 533 mm. Como si ello no bastara, a diferencia del Lupo los barcos ingleses disponían de radar, lo cual les confería una ventaja decisiva en combate nocturno.
La nave más adelantada de la formación británica era el Janus, que había perdido contacto con los restantes destructores y se aproximó al Lupo creyendo que se trataba del Kimberley. El buque italiano intentó lanzar un par de torpedos con sus tubos de popa pero un alteración de curso del Janus frustró el ataque, tras lo cual Mimbelli ordenó tender una cortina de humo para proteger a los caiques mientras cruzaba la línea de destructores enemigos. Poco después topó con el Dido, al cual lanzó sus torpedos proeles a unos 600 metros de distancia, forzando al crucero enemigo a realizar un violento viraje a estribor. El Lupo continuó su embestida: tras cruzar frente al Dido dio de manos a boca con el Orion, pasando a escasos metros de su popa y encontrándose entonces con el Ajax.
Durante los escasos tres minutos que duró la mêlée tuvo lugar un furioso intercambio de fuego, llegando en la confusión los cruceros británicos a dispararse mutuamente: así, proyectiles antiaéreos del Dido provocaron dos muertos y nueve heridos a bordo del Orion. Si bien los torpedos destinados al primero erraron el blanco, uno de ellos explotó en la estela del Orion y dañó ligeramente el casco, reduciendo su velocidad a 25 nudos. El Ajax declararía haber destruído a la nave enemiga con una andanada a quemarropa, pero la realidad era muy otra: aprovechando el caos reinante, el Lupo había logrado escabullirse a toda máquina en la oscuridad. Su casco había sido acribillado por 18 proyectiles de 152 mm (de los cuales sólo tres habían explotado debido a la extremadamente corta distancia a la que tuvo lugar el combate) y la tripulación había sufrido dos muertos y veintiséis heridos, pero milagrosamente sus máquinas habían salido indemnes.
Las indefensas naves de transporte no serían tan afortunadas: durante las dos horas siguientes los barcos británicos se dedicaron a rastrillar el área con ayuda de sus reflectores y, si bien los caiques arriaron su velamen en la esperanza de pasar inadvertidos, muchos fueron descubiertos y cañoneados. En algunos casos los tripulantes intentaron rendirse agitando pañuelos blancos pero los ingleses ignoraron dichas señales, llegando incluso a ametrallar a los náufragos que se debatían en el agua antes de retirarse en dirección al sudoeste. En total una decena de embarcaciones resultó hundida, pero la cifra de 4.000 muertos -es decir, superior a la cantidad real de efectivos embarcados- proclamada por Churchill y Cunningham se revelaría una grosera exageración: gracias a la eficaz operación de rescate que tuvo lugar con las primeras horas del día -y que fue protagonizada por el Lupo, su gemelo Lira, lanchas rápidas italianas e hidroaviones alemanes- la cifra final de víctimas se limitó a 324 hombres.

 



El torpedero Sagittario. Al igual que el Lupo pertenecía a la Clase Spica, de la cual 30 unidades servirían en la Regia Marina durante la Segunda Guerra Mundial, perdiéndose 23 de ellas. Mientras que el Lupo sucumbiría en diciembre de 1942 en desigual combate contra cuatro destructores británicos mientras rescataba náufragos del mercante Veloce, el Sagittario continuaría en servicio hasta 1964, sobreviviendo así largamente a sus contrincantes de mayo de 1941.

 

Para entonces, un segundo y mayor convoy consistente en una treintena de naves menores con alrededor de 4.000 soldados a bordo había zarpado de Milos con destino a Heraclión: lo escoltaba el Sagittario, nave gemela del Lupo bajo el mando del teniente de navío Giuseppe Cigala Fulgosi. Sin embargo, alertado por reportes de unidades enemigas en el área, a las ocho y media de la mañana el almirante Schuster ordenó a dicha 2° Flotilla de Motoveleros invertir su curso. Esta vez la información del reconocimiento aéreo se reveló correcta: era la Fuerza C del contralmirante E. L. S. King, que había sido previamente atacada sin consecuencias por media docena de MAS (lanchas torpederas) italianas y consistía en los cruceros ligeros Perth, Naiad, Calcutta y Carlisle y los destructores Nubian, Kandahar y Kingston. Un solitario sobreviviente del primer convoy fue interceptado por el Perth y, a pesar de que el caique se rindió izando la bandera blanca y arriando sus botes salvavidas, el crucero australiano abrió fuego con sus pom-poms (piezas antiaéreas de 40 mm) y lo echó a pique.
A las 8.47 hs el Sagittario se hallaba dedicado a recolectar a los caiques dispersos cuando sus vigías descubrieron al sudeste la ominosa humareda que señalaba la aproximación de una formación enemiga. Parecía anunciarse una repetición de la tragedia de la noche anterior, pero sin amilanarse Cigala Fulgosi ordenó a los transportes dispersarse mientras tendía una cortina de humo: seguidamente, y a fin de ganar tiempo, el pequeño buque cargó resueltamente contra la formación enemiga a despecho de su desesperanzadora inferioridad.
Poco después de las nueve de la mañana el Sagittario abrió fuego a 12 km de distancia, entablando seguidamente un duelo artillero con el Kingston y logrando alcanzar a su adversario en el puente con dos granadas de 100 mm. Ni siquiera el arribo del Perth y el Naiad logró intimidar al torpedero italiano, quien se abalanzó contra los cruceros lanzándoles cuatro torpedos.
Fue entonces, cuando la suerte del convoy y su valerosa escolta parecía sellada, que un grave y áspero ronroneo hizo levantar la vista a los marinos ingleses: se trataba de una formación de bombarderos Junkers Ju 88 que acudía en auxilio de la 2° Flotilla de Motoveleros. Desde sus cabinas los aviadores alemanes podían ver los diminutos caiques huyendo penosamente hacia el norte, seguidos pocas millas atrás por el escuadrón británico: entre ambos, zigzagueando en medio de una cortina de humo y sin dejar de disparar, se hallaba el Sagittario. A una orden del capitán Cuno Hoffmann la formación picó en medio del fuego antiáereo, iniciando lo que sería una intensa e ininterrumpida serie de ataques a cargo de máquinas Bf 109, Bf 110, Do 17, He 111, Ju 87 y Ju 88 del VIII. Fliegerkorps.
Ahora eran los británicos quienes se hallaban en una situación crítica. Debido a que King había ordenado a sus destructores adelantarse para atacar a los transportes y que el Carlisle sólo alcanzaba una velocidad de 21 nudos, las naves inglesas se hallaban dispersas e imposibilitadas de apoyarse mutuamente. Desde el Sagittario pudo verse una columna de agua que se elevaba del segundo crucero enemigo (Naiad), lo que llevó a Cigala Fulgosi a reclamar un impacto de torpedo. (Si bien algunos historiadores han descartado tal versión, atribuyendo en cambio la explosión a una bomba, testimonios contemporáneos dan cuenta de un torpedo que alcanzó al Naiad sin detonar).
Finalmente, a las 9.28 hs King, ignorante debido al humo de toda la dimensión de la flotilla enemiga y alarmado por la munición antiaérea que ya comenzaba a escasear, ordenó a los destructores abortar su ataque y seguidamente emprendió la retirada en dirección al oeste para reunirse con las Fuerzas A 1 y B. En cuanto al Sagittario, logró retornar con su convoy intacto al Pireo, donde Cigala Fulgosi fue llevado jubilosamente en andas por los agradecidos cazadores de montaña.

Previsiblemente, la reacción de los superiores de King ante su desempeño distó de ser igualmente entusiasta. Aún teniendo en cuenta el rol decisivo jugado por la Luftwaffe, el hecho de que un torpedero enfrentara exitosamente a cuatro cruceros ligeros y tres destructores constituía un ignominioso fiasco para la Royal Navy, habituada a mirar con desdén a su adversario. Cunningham declaró que "el lugar más seguro para el escuadrón hubiera sido en medio de los barcos enemigos", mientras que Churchill escribiría posteriormente: "El repliegue del contraalmirante no salvó a su escuadrón del ataque aéreo. Probablemente sufrió tantas pérdidas en su retirada como las que hubiera tenido destruyendo el convoy". En efecto, durante el resto del día los barcos ingleses serían acosados en forma inmisericorde por la Luftwaffe, ansiosa por vengar a la 1° Flotilla de Motoveleros, y la situación empeoraría debido a una serie de decisiones de King que implicaron la fatal dispersión de sus unidades. Primero ordenó al Greyhound abandonar la cobertura del escuadrón para destruir un solitario caique frente a la isla de Antikythera, pero al retornar el destructor fue hundido a su vez por ocho Stukas; en consecuencia, el contraalmirante despachó al Kandahar y el Kingston para rescatar a los sobrevivientes, pero los mismos fueron blanco de una oleada de feroces ataques que incluyeron el ametrallamiento de botes salvavidas; finalmente, King destacó en apoyo de los destructores a los flamantes cruceros Gloucester y Fiji, ignorando que los mismos ya habían consumido el 75% de su munición antiaérea. Para cuando el comandante británico reparó en su error ya era demasiado tarde: mientras intentaban reunirse con el resto de la flota primero el Gloucester y luego el Fiji sucumbieron a las bombas alemanas, perdiendo la vida 694 y 241 tripulantes respectivamente.
Si bien la Mediterranean Fleet podía jactarse con justicia de haber impedido una invasión por mar (recién al final de la batalla desembarcarían 3.000 efectivos italianos en la parte oriental de la isla), la captura del aeródromo de Maleme por parte de los Fallschirmjäger y la consecuente llegada de refuerzos por vía aérea terminaron por inclinar la balanza a favor del Eje: el 28 de mayo los defensores emprendieron la evacuación de Creta, la cual concluyó cuatro días más tarde. Por primera -y hasta ahora única- vez en la Historia una isla había sido conquistada por aire, y en lo que fue el primer choque a gran escala entre fuerzas aéreas y navales la Royal Navy había sufrido una dura derrota, saldada con tres cruceros y seis destructores hundidos y un portaaviones, tres acorazados, seis cruceros y siete destructores dañados, pereciendo asimismo 1.828 marinos británicos.
Tanto Mimbelli como Cigala Fulgosi serían condecorados por su actuación con la Medalla de Oro al Valor Militar: posteriormente el primero comandaría en forma destacada la 101° Flotilla MAS en el Mar Negro y continuaría su carrera en la posguerra, mientras que el segundo, al mando del torpedero Impetuoso al producirse en septiembre de 1943 el cambio de bando de Italia, decidió hundir su nave frente a Mallorca a fin de evitar su captura tanto por parte de los Aliados como de los alemanes. El desempeño del Lupo y el Sagitario no sería olvidado: décadas más tarde dos fragatas de la Marina Militare serían bautizadas en su honor, y actualmente un destructor misilístico y una nave de patrulla oceánica portan respectivamente los nombres de Francesco Mimbelli y Comandante Cigala Fulgosi.

Mario Díaz Gavier

© 2015, Mario Díaz Gavier


lunes, 16 de febrero de 2015

LA ÉPICA DEFENSA DEL FUERTE DEL LEÓN

 
El 2 de agosto de 1590 Enrique III, rey de Francia, moría a resultas de la puñalada que le asestara el día anterior el monje dominico Jacques Clément, quien con ayuda de documentos falsificados había logrado ingresar al entorno del monarca para vengar así el asesinato del duque de Guisa, acaecido en diciembre de 1588. Además de marcar la extinción de la dinastía de los Valois y provocar la disolución del ejército con el cual el rey se proponía reconquistar París, la muerte de Enrique III tuvo una consecuencia de enorme magnitud: ante la falta de descendencia su sucesor no sería otro que el líder hugonote Enrique de Navarra, más conocido por la posteridad bajo el nombre de Enrique IV.
Hasta entonces la participación de España en la guerra civil francesa se había limitado a subsidiar a la Liga Católica, pero el inminente ascenso al trono de un protestante aliado a Inglaterra y Holanda y las victorias de Navarra en Arques e Ivry forzaron a Felipe II a intervenir abiertamente: así, el 27 de julio de 1590 el duque de Parma, capitán general del Ejército de Flandes, se puso en marcha en dirección al sur al frente de 20.000 hombres y el 19 de septiembre hacía su entrada triunfal en París. Tal notable logro impidió la coronación de Enrique de Navarra, pero se saldó con un altísimo costo: al ordenársele intervenir en Francia, Parma se vería definitivamente impedido de consumar la brillante campaña de reconquista de los Países Bajos que emprendiera a partir de 1578 y que para entonces había logrado arrinconar a los rebeldes virtualmente contra el mar.
No es el objetivo del presente artículo realizar un relato pormenorizado de la intervención española en Francia, que se prolongaría hasta la Paz de Vervins en 1598: sí, en cambio, describir las circunstancias que rodearon uno de los hechos de armas más espléndidos y menos conocidos de la historia española.

El arribo de Parma a París prácticamente coincidió con otra iniciativa española, esta vez en Bretaña. En octubre de 1590 una flota procedente de La Coruña depositó en Saint-Nazaire a 2.700 soldados comandados por el maestre de campo -y ahora capitán general de tierra y mar- Don Juan del Águila, fuerza que poco después se apoderó del excelente puerto de Blavet (actualmente Port-Louis, localizado río de por medio frente a Lorient). En abril del año siguiente dicha expedición fue reforzada por otros 2.000 efectivos, entre los cuales se contaba el ingeniero militar Cristóbal de Rojas: bajo su dirección se procedió a erigir un fortificación bautizada apropiadamente con el nombre de Fuerte del Águila. Durante los años siguientes, y a pesar de las duras privaciones sufridas por sus defensores y de la conflictiva relación con el duque de Mercoeur (comandante de la Liga Católica en Bretaña), Blavet serviría de base para operaciones tanto terrestres como navales, alojando una pequeña flotilla de galeras, filibotes y zabras que asolaría el tráfico naval y las poblaciones costeras de la zona. (Como detalle interesante diremos que a fines de julio de 1595 cuatro galeras bajo el mando del capitán Carlos de Amézola surgirían frente a la costa de Cornualles y desembarcarían a 400 arcabuceros en las cercanías de Land’s End. Tras incendiar los pueblos de Mousehole, Paul, Newlyn y Penzance y ahuyentar a una fuerza miliciana que los triplicaba en número los incursores emprendenderían el regreso a Blavet, no sin antes celebrar misa en una colina cercana).
Entre las acciones de las tropas de Blavet se destacó el socorro de Craon, sitiada en abril de 1592 por el duque de Montpensier y el príncipe de Conti (ambos primos de Enrique de Navarra), que contaban entre sus efectivos un millar de ingleses mandados por Sir John Norris. El avance de las fuerzas conjuntas de Don Juan del Águila y el duque de Mercoeur -2.000 infantes españoles, 500 bretones y 800 jinetes- movió al ejército anglo-francés (que sumaba 6.500 infantes, 1.ooo caballos y una docena de piezas de artillería) a levantar el asedio y emprender la retirada, pero el 23 de mayo las tropas católicas le dieron alcance y le asestaron una derrota fulminante: al irrisorio precio de 24 bajas los vencedores infligieron más de 1.500 muertos al enemigo, no dándosele cuartel a los británicos como represalia por el cruel trato sufrido en Irlanda por los náufragos de la Armada Invencible.
A fines de marzo de 1594, y habiendo sido reforzados sus efectivos hasta un total de a 5.500 hombres, Don Juan del Águila comandó una expedición con destino a la península de Crozon, situada frente a la plaza realista de Brest; una vez allí encomendó a Rojas la construcción de un fuerte en la península de Roscanvel, que domina la orilla sur del goulet o entrada del puerto. La tarea distó de ser sencilla, siendo necesario traer tierra, fajina y césped desde lejos, aserrar madera y forjar clavos, todo ello bajo el hostigamiento del enemigo: sin embargo, la llegada de una docena de filibotes bajo el mando de Pedro de Zubiaur posibilitó la conclusión de la obra en el lapso de apenas veintiséis días.
La fortificación presentaba una planta en forma de triángulo isósceles, siendo los dos lados que daban al mar acantilados inaccesibles mientras que el frente terrestre -de unos 250 pasos de extensión- estaba formado por una muralla que tenía en el medio una puerta con puente levadizo, así como dos medios baluartes de tierra situados en los extremos y protegidos por un foso. El terreno situado al frente se hallaba convenientemente despejado a fin de negar cobertura al atacante y brindar un adecuado campo de tiro a sendos pares de culebrinas de 18 y 6 libras respectivamente, mientras que un manantial hasta entonces desconocido por los lugareños aseguraba el suministro de agua. Con justificado orgullo, los constructores bautizaron su obra “Fuerte del León” y Don Juan del Águila retornó a Blavet dejando como guarnición tres compañías que sumaban 300 soldados veteranos bajo el mando del capitán Tomé Paredes.
Al enterarse de la noticia, el duque de Mercoeur escribió indignado a Del Águila ordenándole desmantelar el fuerte, pero éste comprensiblemente se negó alegando la presencia de naves inglesas: tal incidente puso en evidencia el carácter sinuoso del bretón, que obviamente temía que dicha fortificación provocara la caída de Brest en manos españolas y que pronto justificaría la desconfianza que se le dispensaba.
Si la iniciativa del capitán general ya despertó suspicacia entre sus aliados, fácil resulta imaginar la alarma que provocó entre sus enemigos. En caso de lograr los españoles complementar el Fuerte del León con una obra similar en la orilla norte del goulet dominarían completamente el acceso marítimo a Brest, haciéndola así más vulnerable ante un asedio por tierra. La eventual pérdida de uno de los mejores puertos atlánticos de Francia constituiría un duro golpe para Enrique IV y una grave amenaza para Isabel I, pues desde tal base una flota hispana podría desembarcar en Inglaterra en condiciones infinitamente más favorables que las imperantes en 1588. La reina ya había sido informada en febrero de los planes enemigos por un enviado del señor de Sourdéac, gobernador de Brest, y despachado a Sir Roger Williams a Bretaña a fin de recabar información más detallada: sin embargo, para cuando éste retornó a Inglaterra los españoles habían completado el fuerte, llegando asimismo rumores del avance de Don Juan del Águila con el grueso de sus fuerzas contra Brest.

Mapa de la península cruciforme de Crozon, cuyo brazo norte constituye a su vez la península de Roscanvel. Su importancia estratégica como llave de Brest quedó patente a raíz del asedio de 1594 y, si bien en forma tardía, Francia asimiló la lección: exactamente un siglo después las fortificaciones realizadas por Vauban le permitieron a éste repeler un desembarco anglo-holandés en la bahía de Camaret, en lo que fue su única actuación como comandante de campo.

Ante tales noticias Isabel I decidió enviar a John Norris junto a una leva de 2.000 soldados y 50 mineros a Bretaña a fin de reforzar sus fuerzas ya existentes. De la expedición participarían también seis galeones y dos pinazas reales, seis buques de guerra de la ciudad de Londres y ocho naves holandesas. Dicha flota sería comandada por Sir Martin Frobisher, reputado marino que entre 1576 y 1578 protagonizara tres infructuosas expediciones en busca del Pasaje del Noroeste (cargando en la isla de Baffin más de mil toneladas de un metal presuntamente valioso que a su regreso a Inglaterra reveló ser pirita u “oro de los tontos”) y que posteriormente se dedicara a la piratería, destacándose asimismo en la campaña de la Armada.
La partida de la flota, planeada para mediados de agosto, se retrasó debido a los vientos contrarios y recién el 13 de septiembre pudo desembarcar en Paimpol, las tropas reducidas a 1.200 hombres debido principalmente a las deserciones. A pesar de que la relación entre Norris y el comandante realista Jean d'Aumont no era menos escabrosa que la existente entre Del Águila y Mercoeur, el jefe británico accedió a despachar su artillería para doblegar el castillo de Morlaix (que capituló el 24 de septiembre) antes de avanzar contra el llamado “Fort Crozon”. Las naves de Frobisher ya habían llegado a la bahía de Brest y comenzado a bombardear dicha fortificación: finalmente, el 1° de octubre 400 jinetes bretones y alguna infantería bajo el mando de Yves de Liscoët arribaron a Crozon, iniciándose así formalmente el asedio del Fuerte del León.
El 14 de octubre Norris y su millar de hombres se presentaron ante el fuerte, siendo pronto reforzados por cuatro cañones desembarcados por Frobisher y por otras tropas que no tardaron en acudir: cinco días después una revista arrojó la cifra de 4.603 soldados británicos, a los cuales se sumaban unos 3.000 infantes franceses. Como si tal aplastante superioridad numérica no bastara, la situación de la pequeña guarnición española se había vuelto crítica debido a la sorpresiva tregua acordada entre Aumont y Mercoeur, que implicaba que ningún socorro podía esperarse de la Liga Católica y que su única esperanza radicaba en sus compatriotas. Sin desanimarse, el 20 de octubre los sitiados realizaron una salida, y mientras se retiraban perseguidos por el enemigo un disparo de culebrina dio cuenta de un sargento mayor y otros tres soldados ingleses que se habían acercado excesivamente al fuerte: ese mismo día otros nueve británicos caerían víctimas de la artillería hispana.
Durante los días siguientes los sitiadores -franceses a cargo del flanco derecho e ingleses del izquierdo- prosiguieron la construcción de baterías y aproches, tarea que se reveló ardua debido a que en muchos lugares la roca viva surgía a una profundidad de apenas medio metro; en consecuencia, se vieron obligados a guarnecer sus trincheras y emplazamientos de artillería con gaviones y sacos terreros. Asimismo, el clima parecía haberse compadecido de los sitiados: según el cronista bretón Jean Moreau, durante las semanas que se prolongó el asedio hubo solamente tres días de buen tiempo. Las copiosas lluvias y el inclemente viento que azotaba la península pronto se cobraron víctimas entre galos y británicos (estos últimos aún no habían recibido su vestimenta invernal), y gran parte de los numerosos enfermos no sobreviviría para contar la experiencia. A ello se sumó la incansable actividad de Paredes y sus hombres, que hostigaban permanentemente al enemigo con salidas y fuego de artillería.
Recién el 4 de noviembre pudieron Norris y Aumont iniciar el fuego de batería con las catorce piezas desembarcadas. Más de 3oo disparos tuvieron como blanco la muralla, pero ante la falta de resultado se decidió bombardear los parapetos, los cuales fueron destinatarios de 8oo balas de cañón. Envalentonado por los daños producidos, Norris lanzó 240 hombres a fin de hacerse fuerte en el foso, pero los asaltantes fueron rechazados y un consecuente intento de atacar el baluarte izquierdo fue frenado en seco por el fuego de las dos culebrinas emplazadas en el otro bastión. Una desordenada serie de ataques montados motu propio por algunos oficiales se reveló igualmente infructuosa, culminando así la intentona con la muerte de tres capitanes, un alférez y numerosos soldados: como si ello no fuera suficiente, la negligencia de un artillero británico provocó la explosión de diez barriles de pólvora, resultando medio centenar de hombres con quemaduras de diversa consideración. Un asalto efectuado por los franceses contra el baluarte de la derecha culminó asimismo en fracaso, saldándose con numerosas bajas.
Una semana después los sitiados dieron nuevamente prueba del indómito espíritu que los animaba. Al amparo de un recio aguacero ochenta españoles efectuaron una salida y sorprendieron con la guardia baja a los franceses, dando cuenta del señor de Liscoët y una veintena de sus hombres y destruyendo parte de sus trincheras antes de retirarse.
Para entonces Don Juan del Águila avanzaba desde Blavet al frente de 3.000 hombres a fin de socorrer a la valerosa guarnición, que comenzaba ya a padecer escasez de pólvora y plomo. Sin embargo, al carecer el capitán general de caballería propia se hallaba sometido al continuo acoso de la enemiga, que Aumont había apostado con tal fin en Quimper, forzándolo así a dar un considerable rodeo; todo ello era fatalmente agravado por la desleal actitud de Mercoeur, que hacía oídos sordos a los pedidos de ayuda hispanos.
Así y todo, la fiera resistencia del fuerte había hecho desvanecer el triunfalismo que ostentara semanas atrás el ejército anglo-francés. La infantería de Aumont había quedado reducida a menos de 700 hombres hasta la providencial llegada de 400 efectivos bajo el mando de Tremblay y La Fontaine, y todas las noches Norris (a pesar de contar 1.500 enfermos y heridos entre sus filas) debía destacar 300 de sus hombres para impedir otra sorpresa por parte de los sitiadores. Aparentemente Aumont llegó a considerar seriamente levantar el sitio ante el peligro representado por el ejército de socorro enemigo, distante apenas cuatro leguas de distancia, pero finalmente decidió tentar antes un último ataque.

 

 
El Fuerte de León según un croquis inglés de la época: nótese que la parte superior se halla inusualmente orientada hacia el sur. Pueden apreciarse la batería de los sitiadores, las trincheras francesas y británicas y la muralla del fuerte, flanqueada por sendos medios bastiones: asimismo, el autor ha representado una segunda línea de defensa y tres edificios -uno de ellos un polvorín- en el interior de la fortificación.


Con las primeras luces del 19 de noviembre de 1594 la artillería protestante abrió un furioso bombardeo sobre el fuerte, seguido poco después por la explosión de una mina en el sector derecho de la muralla, y a las once de la mañana los sitiadores lanzaron un asalto general. En el sector derecho repetidas oleadas de franceses fueron rechazadas con severas pérdidas, mientras que los ingleses, más cautelosos, pudieron limitar sus bajas mas sin obtener mejores resultados. Ya en esta etapa temprana del combate pagaron los defensores un elevado precio por su triunfo: Tomé Paredes, su intrépido jefe, fue muerto por una bala de cañón mientras defendía pica en mano la brecha abierta por la mina enemiga.
Sin amilanarse los soldados españoles prosiguieron su tenaz resistencia. Numerosos marinos británicos había desembarcado para participar del asalto, encabezados por Martin Frobisher en persona, a quien sin embargo una herida de bala dejó fuera de combate. La lucha se prolongó en forma encarnizada, a pesar de que con el paso de las horas la situación de los defensores se hizo desesperada, habiendo agotado su munición y viéndose obligados a disparar con sus armas clavos, pedernal, monedas y trozos de metal.
Finalmente, a las cuatro y media de la tarde, con el mortecino sol otoñal a punto de desaparecer en el mar, la heroica resistencia del Fuerte del León tocó a su inexorable fin. Ingleses y franceses lograron irrumpir en la fortificación (según algunas fuentes recurriendo engañosamente a una bandera de parlamento) y procedieron a masacrar en forma inmisericorde al resto de la guarnición, mandada entonces por un alférez como único oficial vivo. Varios españoles saltaron al mar desde los acantilados pero perecieron ahogados, algunos de ellos golpeados en la cabeza y hundidos por los marineros de Frobisher. Otros, que se ocultaron en las rocas y ruinas aprovechando la oscuridad, serían ultimados a la mañana siguiente. De los trescientos defensores apenas trece sobrevivieron: nueve que se confundieron entre los muertos y cuatro que lograron descolgarse hasta la orilla del mar.
Pero incluso tales terribles pérdidas palidecían ante las sufridas por el vencedor. Solamente en el asalto final habían tenido los franceses 400 muertos, incluyendo el líder gascón Zacharie Acarie de Romégou y varios otros oficiales. En cuanto a los ingleses, si bien sus bajas se habían limitado ese día a unos sesenta hombres, poco después experimentarían un amargo golpe: la herida de Sir Martin Frobisher devendría en una gangrena y el marino moriría al arribar a Plymouth. En enero de 1595, al tomarse revista poco antes de zarpar de regreso a las Islas Británicas, se registró un total de 2.708 soldados, es decir, un faltante de 1.900 efectivos respecto a la cifra asentada tres meses atrás: sumado ello a las pérdidas francesas se evidencia la magnitud del tributo cobrado por la gallarda defensa.
Cuenta la tradición que Aumont, hondamente impresionado por el coraje de su adversario, dispuso que el cuerpo de Paredes fuera enterrado en Brest en el mismo sepulcro que Romégou, siendo ambos honrados en un epitafio común. Asimismo, el mariscal francés envió al puñado de prisioneros con una carta para Don Juan del Águila donde se testimoniaba la hazaña realizada. Al verlos llegar, el capitán general -que se hallaba a apenas dos leguas del fuerte al momento de sucumbir éste- les preguntó: ¿De dónde venís, miserables?” A lo cual uno respondió: “De entre los muertos”. Del Águila les espetó entonces: “Con ellos debisteis quedar, que esa orden teníais”. A duras penas pudo evitarse que el implacable comandante hiciera ahorcar a los desdichados...
A pesar de que sus extraordinarias características -300 defensores, herméticamente aislados por mar y tierra, resistieron durante siete semanas los embates de un enemigo que los superaba en una proporción de 25 a 1 y que perdió en el asedio alrededor de 4.000 hombres- le aseguran a la epopeya del Fuerte del León un lugar indiscutible en los anales de la historia militar, increíblemente la misma continúa siendo muy poco conocida en España. Por el contrario, el extraordinario sacrificio del capitán Tomé Paredes y sus hombres no fue olvidado en Bretaña, y aún hoy en día la extremidad noreste de la península de Roscanvel ostenta el entrañable nombre de Pointe des Espagnols: “Punta de los Españoles”.

Mario Díaz Gavier

© 2015, Mario Díaz Gavier

miércoles, 24 de diciembre de 2014

NAVIDAD 1914


Al anochecer del 24 de diciembre de 1914 una inusual calma se apoderó del Frente Occidental, una línea de fortificaciones de campaña que se extendía desde el Mar del Norte hasta la frontera suiza. Desde hacía casi cinco meses el conflicto que pasaría a la Historia como la Primera Guerra Mundial asolaba Europa, pero tras una serie de violentas batallas -entre las que se destacaron el Marne, el Yser e Ypres- había devenido en un impasse que, con brutales interludios, se prolongaría por casi cuatro años más. Especialmente en el sector británico (43 kilómetros de trincheras que se iniciaban al norte en St. Eloi, cerca de Ypres, para concluir al sur en el canal de La Bassée) el silencio reinante contrastaba vívidamente con los bombardeos artilleros de los días anteriores.
Progresivamente los ateridos centinelas ingleses fueron sacados de su sopor por un sonido atípico: decenas de metros más adelante surgía de las trincheras enemigas el inconfundible canto de voces masculinas. Los británicos estaban habituados a la canción patriótica alemana Die Wacht am Rhein, no muy distinta de la propia God save the King. Sin embargo, esta vez el repertorio elegido nada tenía de marcial y estridente: en medio del fango, las alambradas de espino y los cráteres de granadas podía oírse nítidamente la sonoridad suave y dulzona de villancicos navideños tales como Stille Nacht y O Tannenbaum.
Normalmente asomar la cabeza un par de segundos por encima del parapeto equivalía a una muerte casi segura a manos de los innumerables francotiradores que infestaban el frente. Sin embargo, aquella no era una noche normal, y ante la vista de los soldados británicos se presentó un espectáculo casi mágico: toda la extensión de las trincheras germanas resplandecía gracias a centenares de pequeños abetos adornados con velas a modo de improvisados y humildes árboles de Navidad.
Pronto comenzaron en varios sectores del frente verdaderos duelos corales entre los contendientes: cada bando entonaba alternadamente villancicos que eran saludados con vivas y aplausos desde las trincheras enemigas, siendo indudablemente el punto culminante la interpretación conjunta de Adeste fideles, conocido en Gran Bretaña bajo el título O Come All Ye Faithful. Una vez roto el hielo los adversarios empezaron a gritar deseándose mutuamente Feliz Navidad, y de allí a proponer un encuentro sólo hubo un paso. Tales propuestas fueron en muchos casos recibidas con natural desconfianza, pero aquí y allá varios soldados alemanes tomaron la iniciativa y comenzaron a abandonar sus trincheras y avanzar desarmados hacia las líneas enemigas, animando a sus contendientes a imitar su ejemplo. Así, minutos después se daba una escena extraordinaria: hombres que pocas horas antes habían intentado matarse se estrechaban ahora las manos, bromeaban e intercambiaban tabaco y alimentos. Contrariamente a una extendida creencia varios oficiales de ambos bandos participaron activamente de la confraternización, la cual tuvo lugar exclusivamente en la tierra de nadie a fin de evitar que el adversario pudiera reconocer las posiciones propias (en especial la ubicación de los nidos de ametralladoras). Poco a poco los soldados retornaron a sus líneas y los coros fueron enmudeciendo, concluyendo la Nochebuena tan apaciblemente como había comenzado.
Como contraste, en los sectores del frente a cargo de los ejércitos francés y belga los actos de confraternización tuvieron un carácter excepcional, debido respectivamente al tradicional resentimiento motivado por la pérdida de Alsacia y Lorena en 1870 y a recientes crímenes de guerra alemanes tales como el vandálico incendio de la biblioteca de Lovaina -que albergaba una invaluable colección de manuscritos medievales- y la monstruosa ejecución de 674 civiles en Dinant. De hecho, cuando se difundió la noticia de la confraternización entre tropas alemanas y británicas estas últimas debieron enfrentar a menudo la hostilidad de civiles franceses que consideraban tal tregua como poco menos que una traición...

El día de Navidad amaneció frío y cubierto de nieve, lo cual confería al paisaje el aspecto de una auténtica postal. Numerosos soldados, animados por la experiencia de la noche anterior y la luz diurna, retomaron la iniciativa y salieron nuevamente de sus trincheras: pronto la tierra de nadie se hizo indigna de tal nombre, siendo poblada por centenares de hombres.
Grande fue el alivio de los ingleses al constatar que sus adversarios no eran prusianos sino sajones y bávaros: en Gran Bretaña los primeros eran considerados enemigos irreconciliables, indignos de confianza y capaces de las peores atrocidades. Tratándose indudablemente de un prejuicio, sí parece evidente que las tropas de Sajonia y Baviera se mostraron más entusiastas a la hora de acordar un cese de fuego que sus camaradas de armas, tal como lo ejemplifica la anécdota de una voz procedente de las trincheras germanas diciendo en correcto inglés: “Nosotros somos sajones, ustedes son anglosajones. Si ustedes nos disparan, nosotros no dispararemos”.
La confraternización tuvo lugar en una atmósfera de inusitada cordialidad: tal como escribió el famoso caricaturista Bruce Bairnsfather, “ese día no hubo ni un átomo de odio en ninguno de los bandos”. Germanos y británicos descubrían con sorpresa que sus rivales no eran las bestias pintadas por la propaganda propia sino jóvenes con similares inquietudes y aficiones con los cuales normalmente hubieran podido entablar amistad. No casualmente muchos protagonistas rememoraron en sus relatos de ese día la segunda línea del Gloria: “Et in terra pax hominibus bonae voluntatis”.
Numerosos efectivos germanos habían vivido hasta el estallido del conflicto en Gran Bretaña -trabajando principalmente como camareros, taxistas y empleados de comercio- y sus conocimientos de inglés facilitaban enormemente la comunicación, dándose incluso el extraordinario caso de un Tommy londinense haciéndose cortar el pelo por su peluquero habitual, ahora devenido en soldado sajón. Varios testimonios mencionan la realización de improvisados partidos de fútbol -deporte ya entonces inmensamente popular- entre los adversarios, actividad que debe haber sido notablemente ardua teniendo en cuenta las condiciones del terreno.
El trueque que había comenzado incipientemente la noche anterior se reanudó a mayor escala. Junto a productos universales tales como chocolate y mermelada existían diferencias regionales: los británicos ofrecían Maconochie’s (un estofado enlatado a base de carne, papas y zanahorias que era cordialmente detestado por sus consumidores), budín de ciruelas, corned beef, bizcochos, té, cigarrillos y ron, mientras que los alemanes ofrecían dulces, nueces, salchichas, chucrut, café, bebidas espirituosas y cigarros (motivando estos últimos la admiración de un sargento inglés: “¡Atiza, es un batallón de millonarios!”).
Pero la tregua del 25 de diciembre no se limitaría al intercambio de saludos y presentes sino que estaría marcada por una tarea piadosa: la recolección de los muertos que yacían desde hacía días e incluso semanas en la tierra de nadie, para lo cual los contendientes convinieron un cese de fuego de varias horas de duración, acordándose asimismo que cada bando recogería los cadáveres enemigos situados frente a sus trincheras y los depositaría en una línea imaginaria que dividía la tierra de nadie, donde serían recibidos por sus compatriotas.
Sin duda las escenas más emotivas del día se vivieron allí donde germanos y británicos procedieron a enterrar en forma conjunta a sus muertos. El principal funeral de este tipo tuvo lugar al sudoeste de Fleurbaix, donde el 6° Batallón de Gordon Highlanders y el 2° Batallón del 15° Regimiento Westfaliano de Infantería recolectaron cerca de un centenar de cuerpos. Formados con sus oficiales al frente, todos con la cabeza respetuosamente descubierta, los adversarios asistieron a la ceremonia oficiada por el capellán Esslemont Adams y un joven estudiante de teología sajón, resonando en la tierra de nadie las familiares palabras del Salmo 23 en inglés y alemán:

The Lord is my shepperd: I shall not want.       
He maketh me to lie down in green pastures:
He leadeth me beside the still waters.

Der Herr ist mein Hirte, mir wird nichts mangeln.
Er weidet mich auf einer grünen Aue
und führet mich zum frischen Wasser.

A despecho de la prohibición vigente, durante la etapa inicial del conflicto numerosos combatientes llevaban consigo máquinas fotográficas y gracias a ello subsisten varios testimonios gráficos de la tregua de Navidad. Este retrato de un grupo de soldados alemanes (134° Regimiento Sajón) y británicos (Royal Warwickshire Regiment) fue tomada el 26 de diciembre de 1914 por el teniente segundo Cyril Drummond (Royal Field Artillery), quien posteriormente escribiría: “Había entre ellos tipos muy agradables... y uno dijo entonces: 'Nosotros no queremos matarlos y ustedes no quieren matarnos. ¿Para qué disparar?'


Desgraciadamente aquel día inolvidable tendría también facetas oscuras: varios soldados fueron tomados prisioneros al ingresar imprudentemente en las posiciones enemigas y otros resultaron muertos o heridos, generalmente por disparos procedentes de unidades que no participaban de la tregua. No todos los combatientes británicos se mostraron dispuestos a confraternizar con el enemigo, y en algunos casos las tentativas alemanas fueron rechazadas incluso con fanático salvajismo. Por ejemplo, en su diario el capitán Billy Congreve escribió: “Impartimos a los hombres órdenes estrictas de no permitir de ningún modo una ‘tregua’ como la que habíamos oído que ellos intentarían. Los alemanes lo intentaron. Vinieron hacia nosotros cantando. De modo que abrimos fuego rápido sobre ellos, que es la única especie de tregua que merecen”. Una  tragedia similar tuvo lugar en el sector de Verdún, a cargo del ejército francés: en su edición del 10 de enero de 1915 La Gazette de France declaró que “el día de Navidad los alemanes abandonaron sus trincheras exclamando ‘¡Dos días de tregua!’. Su treta no dio resultado. Casi todos ellos fueron abatidos por una inmediata descarga de fusilería”.

Al anochecer los participantes de la confraternización comenzaron a despedirse y regresar a sus trincheras. La mayoría de ellos eran conscientes de que, a pesar del ambiente reinante, tarde o temprano la normalidad volvería con todo su rigor: al despedirse de un Tommy con el cual había departido un soldado alemán dijo: “Hoy tenemos paz. Mañana tú lucharás por tu país, yo por el mío: buena suerte”. Sin embargo, felizmente la tregua proseguiría durante el 26 de diciembre (denominado en Gran Bretaña Boxing Day y en Alemania Zweiter Weihnachtsfeiertag) y se prolongaría mayormente hasta Año Nuevo; en algunos sectores la actitud de “vivir y dejar vivir” persistiría incluso durante varias semanas más.
Mientras que buena parte de la oficialidad de ambos ejércitos hizo la vista gorda ante la tregua (fuera por secreta simpatía o por considerar pragmáticamente que facilitaba la reparación de las posiciones propias, sumamente deterioradas a raíz del clima), la reacción de los rangos superiores distó de ser igualmente condescendiente. Sir Horace Smith-Dorrien, comandante del II Cuerpo, desaprobó enérgicamente el cese de fuego e inquirió el nombre de oficiales y unidades participantes a fin de tomar medidas disciplinarias; similar actitud fue adoptada por el mariscal de campo Sir John French, comandante de la Fuerza Expedicionaria Británica. Por su parte, el alto mando alemán emitió el 29 de diciembre una orden que prohibía toda forma de confraternización, amenazando con castigar las infracciones como actos de alta traición: sin embargo, no hay constancia de que ningún miembro de ambos ejércitos haya sido realmente sometido a una corte marcial.
La tregua de Navidad de 1914 estaba destinada a ser un episodio fugaz en la Gran Guerra. Con la ofensiva británica de Neuve-Chapelle en marzo de 1915 el conflicto se reanudó con toda su violencia, y si bien esa Navidad se producirían treguas locales, las mismas tendrían lugar a una escala mucho más modesta (principalmente debido a las órdenes impartidas por los altos mandos y al creciente encono entre los enemigos). 1916 sería el año de Verdún y el Somme, y con tales Materialschlachten (“batallas de material”) la guerra adquirió un carácter dantesco e inhumano que relegó definitivamente al pasado todo tipo de confraternización. Pero justamente por su condición de efímera y única la tregua de 1914 continúa ejerciendo un siglo después una irresistible fascinación como extraordinario ejemplo de humanidad en medio de los horrores de la guerra, constituyendo quizás la más hermosa historia de Navidad desde el pesebre de Belén...
 

Mario Díaz Gavier


© 2014, Mario Díaz Gavier