lunes, 16 de febrero de 2015

LA ÉPICA DEFENSA DEL FUERTE DEL LEÓN

 
El 2 de agosto de 1590 Enrique III, rey de Francia, moría a resultas de la puñalada que le asestara el día anterior el monje dominico Jacques Clément, quien con ayuda de documentos falsificados había logrado ingresar al entorno del monarca para vengar así el asesinato del duque de Guisa, acaecido en diciembre de 1588. Además de marcar la extinción de la dinastía de los Valois y provocar la disolución del ejército con el cual el rey se proponía reconquistar París, la muerte de Enrique III tuvo una consecuencia de enorme magnitud: ante la falta de descendencia su sucesor no sería otro que el líder hugonote Enrique de Navarra, más conocido por la posteridad bajo el nombre de Enrique IV.
Hasta entonces la participación de España en la guerra civil francesa se había limitado a subsidiar a la Liga Católica, pero el inminente ascenso al trono de un protestante aliado a Inglaterra y Holanda y las victorias de Navarra en Arques e Ivry forzaron a Felipe II a intervenir abiertamente: así, el 27 de julio de 1590 el duque de Parma, capitán general del Ejército de Flandes, se puso en marcha en dirección al sur al frente de 20.000 hombres y el 19 de septiembre hacía su entrada triunfal en París. Tal notable logro impidió la coronación de Enrique de Navarra, pero se saldó con un altísimo costo: al ordenársele intervenir en Francia, Parma se vería definitivamente impedido de consumar la brillante campaña de reconquista de los Países Bajos que emprendiera a partir de 1578 y que para entonces había logrado arrinconar a los rebeldes virtualmente contra el mar.
No es el objetivo del presente artículo realizar un relato pormenorizado de la intervención española en Francia, que se prolongaría hasta la Paz de Vervins en 1598: sí, en cambio, describir las circunstancias que rodearon uno de los hechos de armas más espléndidos y menos conocidos de la historia española.

El arribo de Parma a París prácticamente coincidió con otra iniciativa española, esta vez en Bretaña. En octubre de 1590 una flota procedente de La Coruña depositó en Saint-Nazaire a 2.700 soldados comandados por el maestre de campo -y ahora capitán general de tierra y mar- Don Juan del Águila, fuerza que poco después se apoderó del excelente puerto de Blavet (actualmente Port-Louis, localizado río de por medio frente a Lorient). En abril del año siguiente dicha expedición fue reforzada por otros 2.000 efectivos, entre los cuales se contaba el ingeniero militar Cristóbal de Rojas: bajo su dirección se procedió a erigir un fortificación bautizada apropiadamente con el nombre de Fuerte del Águila. Durante los años siguientes, y a pesar de las duras privaciones sufridas por sus defensores y de la conflictiva relación con el duque de Mercoeur (comandante de la Liga Católica en Bretaña), Blavet serviría de base para operaciones tanto terrestres como navales, alojando una pequeña flotilla de galeras, filibotes y zabras que asolaría el tráfico naval y las poblaciones costeras de la zona. (Como detalle interesante diremos que a fines de julio de 1595 cuatro galeras bajo el mando del capitán Carlos de Amézola surgirían frente a la costa de Cornualles y desembarcarían a 400 arcabuceros en las cercanías de Land’s End. Tras incendiar los pueblos de Mousehole, Paul, Newlyn y Penzance y ahuyentar a una fuerza miliciana que los triplicaba en número los incursores emprendenderían el regreso a Blavet, no sin antes celebrar misa en una colina cercana).
Entre las acciones de las tropas de Blavet se destacó el socorro de Craon, sitiada en abril de 1592 por el duque de Montpensier y el príncipe de Conti (ambos primos de Enrique de Navarra), que contaban entre sus efectivos un millar de ingleses mandados por Sir John Norris. El avance de las fuerzas conjuntas de Don Juan del Águila y el duque de Mercoeur -2.000 infantes españoles, 500 bretones y 800 jinetes- movió al ejército anglo-francés (que sumaba 6.500 infantes, 1.ooo caballos y una docena de piezas de artillería) a levantar el asedio y emprender la retirada, pero el 23 de mayo las tropas católicas le dieron alcance y le asestaron una derrota fulminante: al irrisorio precio de 24 bajas los vencedores infligieron más de 1.500 muertos al enemigo, no dándosele cuartel a los británicos como represalia por el cruel trato sufrido en Irlanda por los náufragos de la Armada Invencible.
A fines de marzo de 1594, y habiendo sido reforzados sus efectivos hasta un total de a 5.500 hombres, Don Juan del Águila comandó una expedición con destino a la península de Crozon, situada frente a la plaza realista de Brest; una vez allí encomendó a Rojas la construcción de un fuerte en la península de Roscanvel, que domina la orilla sur del goulet o entrada del puerto. La tarea distó de ser sencilla, siendo necesario traer tierra, fajina y césped desde lejos, aserrar madera y forjar clavos, todo ello bajo el hostigamiento del enemigo: sin embargo, la llegada de una docena de filibotes bajo el mando de Pedro de Zubiaur posibilitó la conclusión de la obra en el lapso de apenas veintiséis días.
La fortificación presentaba una planta en forma de triángulo isósceles, siendo los dos lados que daban al mar acantilados inaccesibles mientras que el frente terrestre -de unos 250 pasos de extensión- estaba formado por una muralla que tenía en el medio una puerta con puente levadizo, así como dos medios baluartes de tierra situados en los extremos y protegidos por un foso. El terreno situado al frente se hallaba convenientemente despejado a fin de negar cobertura al atacante y brindar un adecuado campo de tiro a sendos pares de culebrinas de 18 y 6 libras respectivamente, mientras que un manantial hasta entonces desconocido por los lugareños aseguraba el suministro de agua. Con justificado orgullo, los constructores bautizaron su obra “Fuerte del León” y Don Juan del Águila retornó a Blavet dejando como guarnición tres compañías que sumaban 300 soldados veteranos bajo el mando del capitán Tomé Paredes.
Al enterarse de la noticia, el duque de Mercoeur escribió indignado a Del Águila ordenándole desmantelar el fuerte, pero éste comprensiblemente se negó alegando la presencia de naves inglesas: tal incidente puso en evidencia el carácter sinuoso del bretón, que obviamente temía que dicha fortificación provocara la caída de Brest en manos españolas y que pronto justificaría la desconfianza que se le dispensaba.
Si la iniciativa del capitán general ya despertó suspicacia entre sus aliados, fácil resulta imaginar la alarma que provocó entre sus enemigos. En caso de lograr los españoles complementar el Fuerte del León con una obra similar en la orilla norte del goulet dominarían completamente el acceso marítimo a Brest, haciéndola así más vulnerable ante un asedio por tierra. La eventual pérdida de uno de los mejores puertos atlánticos de Francia constituiría un duro golpe para Enrique IV y una grave amenaza para Isabel I, pues desde tal base una flota hispana podría desembarcar en Inglaterra en condiciones infinitamente más favorables que las imperantes en 1588. La reina ya había sido informada en febrero de los planes enemigos por un enviado del señor de Sourdéac, gobernador de Brest, y despachado a Sir Roger Williams a Bretaña a fin de recabar información más detallada: sin embargo, para cuando éste retornó a Inglaterra los españoles habían completado el fuerte, llegando asimismo rumores del avance de Don Juan del Águila con el grueso de sus fuerzas contra Brest.

Mapa de la península cruciforme de Crozon, cuyo brazo norte constituye a su vez la península de Roscanvel. Su importancia estratégica como llave de Brest quedó patente a raíz del asedio de 1594 y, si bien en forma tardía, Francia asimiló la lección: exactamente un siglo después las fortificaciones realizadas por Vauban le permitieron a éste repeler un desembarco anglo-holandés en la bahía de Camaret, en lo que fue su única actuación como comandante de campo.

Ante tales noticias Isabel I decidió enviar a John Norris junto a una leva de 2.000 soldados y 50 mineros a Bretaña a fin de reforzar sus fuerzas ya existentes. De la expedición participarían también seis galeones y dos pinazas reales, seis buques de guerra de la ciudad de Londres y ocho naves holandesas. Dicha flota sería comandada por Sir Martin Frobisher, reputado marino que entre 1576 y 1578 protagonizara tres infructuosas expediciones en busca del Pasaje del Noroeste (cargando en la isla de Baffin más de mil toneladas de un metal presuntamente valioso que a su regreso a Inglaterra reveló ser pirita u “oro de los tontos”) y que posteriormente se dedicara a la piratería, destacándose asimismo en la campaña de la Armada.
La partida de la flota, planeada para mediados de agosto, se retrasó debido a los vientos contrarios y recién el 13 de septiembre pudo desembarcar en Paimpol, las tropas reducidas a 1.200 hombres debido principalmente a las deserciones. A pesar de que la relación entre Norris y el comandante realista Jean d'Aumont no era menos escabrosa que la existente entre Del Águila y Mercoeur, el jefe británico accedió a despachar su artillería para doblegar el castillo de Morlaix (que capituló el 24 de septiembre) antes de avanzar contra el llamado “Fort Crozon”. Las naves de Frobisher ya habían llegado a la bahía de Brest y comenzado a bombardear dicha fortificación: finalmente, el 1° de octubre 400 jinetes bretones y alguna infantería bajo el mando de Yves de Liscoët arribaron a Crozon, iniciándose así formalmente el asedio del Fuerte del León.
El 14 de octubre Norris y su millar de hombres se presentaron ante el fuerte, siendo pronto reforzados por cuatro cañones desembarcados por Frobisher y por otras tropas que no tardaron en acudir: cinco días después una revista arrojó la cifra de 4.603 soldados británicos, a los cuales se sumaban unos 3.000 infantes franceses. Como si tal aplastante superioridad numérica no bastara, la situación de la pequeña guarnición española se había vuelto crítica debido a la sorpresiva tregua acordada entre Aumont y Mercoeur, que implicaba que ningún socorro podía esperarse de la Liga Católica y que su única esperanza radicaba en sus compatriotas. Sin desanimarse, el 20 de octubre los sitiados realizaron una salida, y mientras se retiraban perseguidos por el enemigo un disparo de culebrina dio cuenta de un sargento mayor y otros tres soldados ingleses que se habían acercado excesivamente al fuerte: ese mismo día otros nueve británicos caerían víctimas de la artillería hispana.
Durante los días siguientes los sitiadores -franceses a cargo del flanco derecho e ingleses del izquierdo- prosiguieron la construcción de baterías y aproches, tarea que se reveló ardua debido a que en muchos lugares la roca viva surgía a una profundidad de apenas medio metro; en consecuencia, se vieron obligados a guarnecer sus trincheras y emplazamientos de artillería con gaviones y sacos terreros. Asimismo, el clima parecía haberse compadecido de los sitiados: según el cronista bretón Jean Moreau, durante las semanas que se prolongó el asedio hubo solamente tres días de buen tiempo. Las copiosas lluvias y el inclemente viento que azotaba la península pronto se cobraron víctimas entre galos y británicos (estos últimos aún no habían recibido su vestimenta invernal), y gran parte de los numerosos enfermos no sobreviviría para contar la experiencia. A ello se sumó la incansable actividad de Paredes y sus hombres, que hostigaban permanentemente al enemigo con salidas y fuego de artillería.
Recién el 4 de noviembre pudieron Norris y Aumont iniciar el fuego de batería con las catorce piezas desembarcadas. Más de 3oo disparos tuvieron como blanco la muralla, pero ante la falta de resultado se decidió bombardear los parapetos, los cuales fueron destinatarios de 8oo balas de cañón. Envalentonado por los daños producidos, Norris lanzó 240 hombres a fin de hacerse fuerte en el foso, pero los asaltantes fueron rechazados y un consecuente intento de atacar el baluarte izquierdo fue frenado en seco por el fuego de las dos culebrinas emplazadas en el otro bastión. Una desordenada serie de ataques montados motu propio por algunos oficiales se reveló igualmente infructuosa, culminando así la intentona con la muerte de tres capitanes, un alférez y numerosos soldados: como si ello no fuera suficiente, la negligencia de un artillero británico provocó la explosión de diez barriles de pólvora, resultando medio centenar de hombres con quemaduras de diversa consideración. Un asalto efectuado por los franceses contra el baluarte de la derecha culminó asimismo en fracaso, saldándose con numerosas bajas.
Una semana después los sitiados dieron nuevamente prueba del indómito espíritu que los animaba. Al amparo de un recio aguacero ochenta españoles efectuaron una salida y sorprendieron con la guardia baja a los franceses, dando cuenta del señor de Liscoët y una veintena de sus hombres y destruyendo parte de sus trincheras antes de retirarse.
Para entonces Don Juan del Águila avanzaba desde Blavet al frente de 3.000 hombres a fin de socorrer a la valerosa guarnición, que comenzaba ya a padecer escasez de pólvora y plomo. Sin embargo, al carecer el capitán general de caballería propia se hallaba sometido al continuo acoso de la enemiga, que Aumont había apostado con tal fin en Quimper, forzándolo así a dar un considerable rodeo; todo ello era fatalmente agravado por la desleal actitud de Mercoeur, que hacía oídos sordos a los pedidos de ayuda hispanos.
Así y todo, la fiera resistencia del fuerte había hecho desvanecer el triunfalismo que ostentara semanas atrás el ejército anglo-francés. La infantería de Aumont había quedado reducida a menos de 700 hombres hasta la providencial llegada de 400 efectivos bajo el mando de Tremblay y La Fontaine, y todas las noches Norris (a pesar de contar 1.500 enfermos y heridos entre sus filas) debía destacar 300 de sus hombres para impedir otra sorpresa por parte de los sitiadores. Aparentemente Aumont llegó a considerar seriamente levantar el sitio ante el peligro representado por el ejército de socorro enemigo, distante apenas cuatro leguas de distancia, pero finalmente decidió tentar antes un último ataque.

 

 
El Fuerte de León según un croquis inglés de la época: nótese que la parte superior se halla inusualmente orientada hacia el sur. Pueden apreciarse la batería de los sitiadores, las trincheras francesas y británicas y la muralla del fuerte, flanqueada por sendos medios bastiones: asimismo, el autor ha representado una segunda línea de defensa y tres edificios -uno de ellos un polvorín- en el interior de la fortificación.


Con las primeras luces del 19 de noviembre de 1594 la artillería protestante abrió un furioso bombardeo sobre el fuerte, seguido poco después por la explosión de una mina en el sector derecho de la muralla, y a las once de la mañana los sitiadores lanzaron un asalto general. En el sector derecho repetidas oleadas de franceses fueron rechazadas con severas pérdidas, mientras que los ingleses, más cautelosos, pudieron limitar sus bajas mas sin obtener mejores resultados. Ya en esta etapa temprana del combate pagaron los defensores un elevado precio por su triunfo: Tomé Paredes, su intrépido jefe, fue muerto por una bala de cañón mientras defendía pica en mano la brecha abierta por la mina enemiga.
Sin amilanarse los soldados españoles prosiguieron su tenaz resistencia. Numerosos marinos británicos había desembarcado para participar del asalto, encabezados por Martin Frobisher en persona, a quien sin embargo una herida de bala dejó fuera de combate. La lucha se prolongó en forma encarnizada, a pesar de que con el paso de las horas la situación de los defensores se hizo desesperada, habiendo agotado su munición y viéndose obligados a disparar con sus armas clavos, pedernal, monedas y trozos de metal.
Finalmente, a las cuatro y media de la tarde, con el mortecino sol otoñal a punto de desaparecer en el mar, la heroica resistencia del Fuerte del León tocó a su inexorable fin. Ingleses y franceses lograron irrumpir en la fortificación (según algunas fuentes recurriendo engañosamente a una bandera de parlamento) y procedieron a masacrar en forma inmisericorde al resto de la guarnición, mandada entonces por un alférez como único oficial vivo. Varios españoles saltaron al mar desde los acantilados pero perecieron ahogados, algunos de ellos golpeados en la cabeza y hundidos por los marineros de Frobisher. Otros, que se ocultaron en las rocas y ruinas aprovechando la oscuridad, serían ultimados a la mañana siguiente. De los trescientos defensores apenas trece sobrevivieron: nueve que se confundieron entre los muertos y cuatro que lograron descolgarse hasta la orilla del mar.
Pero incluso tales terribles pérdidas palidecían ante las sufridas por el vencedor. Solamente en el asalto final habían tenido los franceses 400 muertos, incluyendo el líder gascón Zacharie Acarie de Romégou y varios otros oficiales. En cuanto a los ingleses, si bien sus bajas se habían limitado ese día a unos sesenta hombres, poco después experimentarían un amargo golpe: la herida de Sir Martin Frobisher devendría en una gangrena y el marino moriría al arribar a Plymouth. En enero de 1595, al tomarse revista poco antes de zarpar de regreso a las Islas Británicas, se registró un total de 2.708 soldados, es decir, un faltante de 1.900 efectivos respecto a la cifra asentada tres meses atrás: sumado ello a las pérdidas francesas se evidencia la magnitud del tributo cobrado por la gallarda defensa.
Cuenta la tradición que Aumont, hondamente impresionado por el coraje de su adversario, dispuso que el cuerpo de Paredes fuera enterrado en Brest en el mismo sepulcro que Romégou, siendo ambos honrados en un epitafio común. Asimismo, el mariscal francés envió al puñado de prisioneros con una carta para Don Juan del Águila donde se testimoniaba la hazaña realizada. Al verlos llegar, el capitán general -que se hallaba a apenas dos leguas del fuerte al momento de sucumbir éste- les preguntó: ¿De dónde venís, miserables?” A lo cual uno respondió: “De entre los muertos”. Del Águila les espetó entonces: “Con ellos debisteis quedar, que esa orden teníais”. A duras penas pudo evitarse que el implacable comandante hiciera ahorcar a los desdichados...
A pesar de que sus extraordinarias características -300 defensores, herméticamente aislados por mar y tierra, resistieron durante siete semanas los embates de un enemigo que los superaba en una proporción de 25 a 1 y que perdió en el asedio alrededor de 4.000 hombres- le aseguran a la epopeya del Fuerte del León un lugar indiscutible en los anales de la historia militar, increíblemente la misma continúa siendo muy poco conocida en España. Por el contrario, el extraordinario sacrificio del capitán Tomé Paredes y sus hombres no fue olvidado en Bretaña, y aún hoy en día la extremidad noreste de la península de Roscanvel ostenta el entrañable nombre de Pointe des Espagnols: “Punta de los Españoles”.

Mario Díaz Gavier

© 2015, Mario Díaz Gavier

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