viernes, 1 de agosto de 2014

LA OTRA LEYENDA NEGRA



“El militarismo alemán, el cual es EL crimen de los últimos cincuenta años, ha estado trabajando para esto por veinticinco años. Es el resultado lógico de su espíritu, iniciativa y doctrina. TENÍA que suceder“. Con este polémico veredicto emitido en agosto de 1914 por Walter Hines Page, embajador norteamericano en Londres (cuestionado entonces por muchos de sus compatriotas por su abierta anglofilia y destinado a ser uno de los arquitectos de la intervención de Estados Unidos en la contienda europea), se inicia The Great War de John Terraine, una de las crónicas más populares de la Primera Guerra Mundial. En dicha obra Terraine (quien durante la Segunda Guerra Mundial se desempeñó como asistente de programación de la BBC, actividad que marcó su posterior carrera profesional) no vaciló en declarar: “Una segunda guerra alemana en el lapso de veinticinco años ha provisto una iluminación de la cual carecieron los escritores de los años veinte y treinta; ahora es evidente que 1939 se hallaba estrechamente ligado a 1918, que el intervalo fue una pausa de respiro en una acción continua, y que dicha acción era el germinar del Estado y el pueblo alemanes, su afán en pos de la supremacía mundial a través de sus instrumentos tradicionales: las fuerzas armadas. Alemania, pues, es el punto de partida del gran conflicto europeo de la primera mitad del siglo XX; Alemania debe ser el punto de partida para entenderlo“.
Mientras que el prejuicio de Page resulta al menos comprensible teniendo en cuenta las pasiones del momento, al virulento anatema de Terraine -escrito medio siglo más tarde- no puede concedérsele dicho atenuante: tan injustificable como su parcialidad es la aberración implícita en el análisis de un hecho histórico basándose en otro evento posterior, equiparando así groseramente a Guillermo II -quizá locuaz y atolondrado, pero no más autocrático y belicista que el zar Nicolás II- con Hitler, autor de una insensata ideología expansionista y racista (algo que en ningún caso puede imputársele al Kaiser). A un siglo del estallido de la Gran Guerra persiste aún a nivel popular una visión tendenciosa de la misma, comparable a la propaganda hispanófoba del siglo XVI que Julián Juderías denunció -casualmente en el mismo año fatídico de 1914- como “la Leyenda Negra“.
En su libro A Genius for War: The German Army and General Staff, 1807-1945 Trevor Dupuy señaló cuán infundado es nuestro juicio histórico: “Desde los tiempos de Esparta ningún otro Estado o pueblo ha sido tan identificado con la actividad militar como lo fueron Prusia y los prusianos (o, después de 1871, el imperio y el pueblo alemán, dominados por Prusia). Y ello a despecho de que, en los 130 años que siguieron a las guerras napoleónicas, todas las restantes potencias europeas protagonizaron muchas más guerras que Prusia-Alemania“. En efecto, durante dicho período el ejército germano participó en seis conflictos (dos de ellos menores) mientras que Francia lo hizo en diez (seis continentales y cuatro en ultramar), Rusia en trece y Gran Bretaña en diecisiete (tres en Europa, cuatro en África y diez en Asia).
La reputación militar de Prusia surgió de la impresionante serie de victorias logradas por Federico el Grande (producto tanto de su genio táctico como de su inescrupulosa temeridad), experimentó un devastador golpe a raíz del desastre sufrido en Jena (1806) a manos de Napoleón y se consolidó recién gracias a las llamadas “Guerras de Unificación Alemana“ que tuvieron lugar entre 1864 y 1871. Sin embargo, estos últimos triunfos poco debieron a una innata belicosidad de la raza teutona y mucho a lo que Dupuy definió brillantemente como la institucionalización de la excelencia militar: una serie de innovaciones estructurales (creación del Estado Mayor, introducción del Kriegsspiel o “juego de guerra“, mejora en la formación de los oficiales, fomento de la iniciativa individual de los subalternos mediante el concepto de Ausftragstaktik o “táctica de misión“, etc.) que convirtieron al ejército prusiano en un sistema notablemente resistente a la posible ineptitud de comandantes individuales.
Un mito recurrente a la hora de denunciar el militarismo de los Hohenzollern es la disciplina draconiana a la cual se hallaban supuestamente sometidos sus súbditos. De hecho, las estadísticas revelan una realidad llamativamente distinta: durante la Primera Guerra Mundial la justicia militar germana consumaría 48 sentencias de muerte, cifra muy inferior a las más de trescientas ejecuciones del ejército británico -cifra que no incluye a las tropas indias- y a las casi setecientas que tendrían lugar en Francia...
Sin ninguna duda el Imperio Alemán presentaba numerosos ejemplos de militarismo, pero basta un somero repaso de la llamada Belle Époque para comprobar que no se trató de un caso único. La Europa de principios del siglo XX distaba mucho de ser una pacífica Arcadia: estadistas y monarcas encabezaban actos públicos vistiendo uniforme militar (durante las visitas protocolares era usual intercambiar los mismos como gesto de cortesía), maniobras y desfiles constituían un imán para la población y la prensa e incluso los niños solían ser retratados vistiendo uniformes de fantasía. Tal actitud no se limitaba en modo alguno a los sectores conservadores, y en su Manifiesto Futurista (1909) el poeta italiano Filippo Marinetti declararía: “Queremos glorificar la guerra -única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las bellas ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer“. Tal frenesí belicista alcanzaría su apogeo con el estallido de la Gran Guerra, moviendo a numerosos intelectuales y artistas a enrolarse voluntariamente.
Resulta interesante constatar que, en gran medida, la imagen negativa del Imperio Alemán se originó en Gran Bretaña, a pesar de que entre ambas naciones no había litigios territoriales -como sí era el caso de Francia a raíz de Alsacia y Lorena- y existía incluso un estrecho parentesco entre sus casas reinantes: Guillermo II y Jorge V eran primos (ambos nietos de la reina Victoria) y la familia real inglesa pertenecía al linaje Sachsen-Coburg-Gotha, el cual sería convenientemente reciclado en “Windsor“ en julio de 1917 (así como el apellido Battenberg devendría en “Mountbatten“ tras considerar y finalmente descartar la alternativa “Battenhill“). Incluso dos de las medidas más controvertidas de Guillermo II -el programa de construcción naval del almirante Alfred von Tirpitz y las incipientes iniciativas coloniales en África y el Lejano Oriente- despertaron suspicacia pero en ningún caso alarma en el gobierno británico: en el primer caso, porque ya en 1913 Tirpitz dio dicha carrera armamentista por perdida al no haber alcanzado ni remotamente la anhelada proporción de 2 a 3 entre acorazados propios e ingleses; en el segundo ítem, porque en sus afanes coloniales Alemania evitó prudentemente chocar con otras potencias, contentándose con territorios y enclaves de cuestionable importancia económica.
¿Cuál fue entonces el verdadero origen de la rivalidad anglo-germana? Hoy parece evidente que la hostil aprensión con la cual Alemania era contemplada en Gran Bretaña no tenía tanto que ver con su supuesta condición de amenaza para la libertad y la democracia mundiales sino simplemente con su poderío económico, que la convertía en una seria e indeseada competencia. Tal como lo señala Christopher Clark en Los sonámbulos, al asumir Bismarck el cargo de ministro-presidente de Prusia en 1862 la producción industrial de los Estados alemanes sumaba el 4,9 % del total mundial y se hallaba en el quinto lugar del ranking, mientras que Gran Bretaña, con el 19,9 %, ostentaba el primer puesto; medio siglo más tarde Alemania sólo era superada por Estados Unidos y había relegado a Inglaterra al tercer lugar. Entre 1895 y 1913 la economía germana logró un crecimiento del 150 % en la industria, del 200 % en la producción de carbón y del 300 % en la de metal; en el último año citado Alemania generaba y consumía 20 % más electricidad que Inglaterra, Francia e Italia juntas, y su participación en el comercio mundial había trepado al 12,3%, pisándole los talones a Gran Bretaña, que había caído al 14,2 %. Tal estadística era considerada un peligro para la hegemonía global británica y motivó reacciones tales como el Merchandise Marks Act de 1887, que impuso la obligación de declarar el país de origen de todo producto en un intento de desalentar el consumo de manufacturas foráneas; paradójicamente, tal norma devino en un rotundo éxito publicitario para las exportaciones alemanas, de modo que aún hoy en día Made in Germany continúa siendo considerado un sello de calidad...
Dicha rivalidad era exacerbada por escritos tales como el “Memorándum sobre el estado actual de las relaciones británicas con Francia y Alemania“ redactado en enero de 1907 por Eyre Crowe, un funcionario del Foreign Office nacido en Leipzig (ciudad donde su padre se desempeñaba en el servicio consular) y cuya madre y esposa eran alemanas: arribado a Gran Bretaña a la edad de 17 años sin hablar aún fluidamente el inglés, Crowe encarnó como pocos el adagio “no hay peor fanático que el converso“ y durante su carrera hizo gala de una germanofobia patológica. En el citado opúsculo (difundido en círculos gubernamentales por Sir Edward Grey, secretario de Asuntos Exteriores) Crowe presentaba una interminable lista de presuntos ultrajes infligidos a Gran Bretaña por el Imperio Alemán, llegando al absurdo de saludar toda maniobra colonialista por parte de Inglaterra como algo natural y deseable mientras que cualquier iniciativa similar -aún la más modesta e infructuosa- de Alemania era condenada con tono apocalíptico como un intento de imponer una “dictadura política“que implicaría “la demolición de las libertades de Europa“.
Como conclusión puede afirmarse que en vísperas de la Gran Guerra todas las potencias europeas hacían gala de militarismo, el cual adoptó distintas formas según la posición geoestratégica: mientras que la situación central del Imperio Alemán -flanqueado por dos enemigos potenciales como Francia y Rusia y carente de fronteras fácilmente defendibles- tuvo por consecuencia el énfasis en un ejército poderoso, la condición insular de Inglaterra y la necesidad de asegurar las comunicaciones con su imperio ultramarino impusieron como prioridad la conservación de la supremacía marítima, lo cual se logró gracias a un exorbitante presupuesto naval que en 1913 duplicaba holgadamente el de Alemania. Gran Bretaña no era precisamente renuente a alardear con tal poderío (drásticamente aumentado a partir de 1906 con la botadura del revolucionario HMS Dreadnought y sus sucesores), y un buen ejemplo de ello lo constituyó la revista naval de Spithead del 18 de julio de 1914, cuando la Royal Navy fue movilizada -medida que aún no había sido adoptada por ninguna fuerza armada del continente- para desplegar ante el rey la imponente cifra de 59 acorazados. Proviniendo nada menos que del Imperio Británico (que en 1922 dominaría un quinto de la población y un cuarto de la superficie de tierra firme mundiales), la denuncia del militarismo de Alemania y su presunto “afán en pos de la supremacía mundial“ sólo puede ser calificada como puro cinismo, y de hecho muestra un asombroso parecido con los libelos protestantes contra Felipe II: paralelo expresamente trazado por Crowe, quien recurrió a la clásica chicana inglesa de demonizar a sus rivales continentales como “amenaza al equilibrio de poder europeo“. Así como la historiografía del Rey Prudente resultó durante siglos viciada por la Leyenda Negra, así también nuestra imagen de la Primera Guerra Mundial ha sido hasta hoy excesivamente influída por la versión de los vencedores: es de desear que el actual centenario traiga consigo un enfoque más profundo e imparcial de la terrible tragedia que asoló Europa a principios del siglo XX.

Mario Díaz Gavier

© 2014, Mario Díaz Gavier

sábado, 28 de junio de 2014

LAS PRIMERAS VÍCTIMAS DE LA GRAN GUERRA


 
Hace exactamente un siglo el heredero del Imperio Austro-húngaro, archiduque Franz Ferdinand von Österreich-Este, y su mujer Sophie Chotek fueron asesinados en Sarajevo por el terrorista serbo-bosnio Gavrilo Princip. El crimen desató una crisis diplomática que se extendió por toda Europa y que, a consecuencia del nefasto automatismo del sistema de alianzas, devendría poco después en el conflicto más mortífero que asolara hasta entonces el Viejo Mundo: la Primera Guerra Mundial.
Una de las circunstancias más chocantes del magnicidio es la despersonalización que lo rodea: tal como señala el historiador australiano Christopher Clark en su monumental trabajo Los sonámbulos, dichos asesinatos han sido tradicionalmente denominados por el lugar donde tuvieron lugar más que por las víctimas (mientras que, por contraste, nadie se refiere al homicidio de John F. Kennedy como “el asesinato de Dallas“). En ese sentido, parece oportuno trazar una breve semblanza de quienes fueron las primeras víctimas de la Gran Guerra.

La imagen póstuma de Franz Ferdinand ha sido generalmente negativa, y ello se debe tanto a su personalidad como a los numerosos enemigos adquiridos. Acostumbrado a expresarse sin rodeos y a no disimular sus antipatías personales, el archiduque pertenecía a aquella clase de individuos en los cuales sinceridad y brusquedad van de la mano y que carecen del don de gentes necesario para adquirir el aura de bonhomía -generalmente infundada- que rodea a ciertos hombres públicos. A ello se sumaba su pasión por la caza, rayana en lo enfermizo: reputado en su juventud como uno de los mejores tiradores del mundo, en el transcurso de su vida cobraría 274.889 piezas, una cifra aberrante incluso para los estándares contemporáneos.
Gran parte de la hostilidad que Franz Ferdinand sufrió en Viena fue consecuencia de su decisión de desposar a la condesa Sophie Chotek von Chotkowa und Wognin, perteneciente a un distinguido linaje bohemio pero considerada por los restantes Habsburgo de rango insuficiente para una futura emperatriz (a la vez que se le reprochaba su carácter sencillo, serio y devoto). La pareja fue objeto de violentas presiones para concluir su relación, pero ante la firme actitud de Franz Ferdinand el emperador se vio obligado finalmente a autorizar en 1900 un matrimonio morganático que excluía a Sophie y su descendencia de la sucesión del trono. Si bien le serían concedidos los títulos de princesa y duquesa de Hohenberg, la corte vienesa -encabezada por el príncipe Montenuovo, mayordomo imperial- nunca perdonaría a Sophie su triunfo y la sometería a un refinado y cruel rosario de humillaciones: además de negársele el título de archiduquesa le estaba vedado sentarse junto a su marido en cenas de gala y compartir con él el palco real de la ópera y la carroza dorada de los Habsburgo...
En 1906 Franz Ferdinand fue nombrado inspector general del ejército y una de sus medidas fue recomendar al general Franz Conrad von Hötzendorf como jefe de Estado Mayor, quien en los años siguientes propondría sucesivamente guerras preventivas contra Rusia, Italia, Rumania, Montenegro y muy especialmente Serbia, a quien denunciaba -no sin razón- como fuente de conatos secesionistas en las regiones sudeslavas del imperio. Frecuente y erróneamente se ha interpretado la simpatía personal del archiduque hacia el general como aprobación de tal actitud: en realidad, el insensato belicismo de Conrad se hallaba en abierta contraposición con la política de los Habsburgo y en diciembre de 1911 le costaría su puesto. Si bien un año más tarde Conrad recuperaría su cargo, su relación con Franz Ferdinand permaneció tirante y parece evidente que sólo el asesinato del archiduque evitó la oportuna y definitiva destitución de quien sería uno de los protagonistas de la Crisis de Julio.
En el orden político Franz Ferdinand planeaba -una vez ascendido al trono- una reestructuración el sistema imperial, disminuyendo la excesiva hegemonía húngara en las regiones orientales del imperio (consecuencia del tratado de 1867) y proporcionando mayor autonomía a los pueblos eslavos mediante la creación una federación de quince Estados: sería justamente esta iniciativa lo que lo convertiría en víctima de un atentado destinado a cambiar la historia del siglo XX.

Franz Ferdinand von Österreich-Este y Sophie Chotek von Chotkowa und Wognin junto a sus hijos (de izquierda a derecha) Ernst, Sophie y Maximilian. En una época donde los matrimonios por conveniencia eran la norma de la alta sociedad europea, el casamiento por amor entre Franz Ferdinand y Sophie fue un hecho notable. En una confidencia realizada a un amigo en 1904, el archiduque afirmaría que la decisión más inteligente de su vida había sido desposar a “mi Soph“, considerada su “entera felicidad“. Igualmente cálidos eran sus sentimientos hacia sus hijos, a quienes elogió como su “entera delicia y orgullo“: “Me siento con ellos y los admiro todo el día porque los amo tanto“. En la fatídica mañana del 28 de junio de 1914 Sophie Chotek recibió en el ayuntamiento de Sarajevo a una comitiva de mujeres locales y señaló pensativa a una niña: “Tiene la misma altura que mi Sophie“. Poco después expresó su ansia por reencontrarse con su familia: “Nunca hemos dejado a nuestros hijos solos por tanto tiempo“.

El origen del panserbismo contemporáneo se remonta a un memorándum secreto redactado en 1844 por el ministro del interior Ilija Garašanin y conocido a partir de su publicación en 1906 como Načertanije. Este “Programa para la política nacional y exterior de Serbia“ era poco más que un plagio de un texto del checo František Zach, con una importante salvedad: allí donde Zach escribiera “sudeslavo“ Garašanin había sustituído dicho término por “serbio“, convirtiendo así la propuesta de una federación en un manifiesto nacionalista. Ya las líneas iniciales de Načertanije no dejaban duda sobre su ideología expansionista: “Serbia es pequeña, pero no debe permanecer en dicha condición“. Dicha “Gran Serbia“ se fundamentaba en la restauración del imperio medieval de Stepan Dušan, que incluyera la mayoría de las actuales Serbia, Albania, Macedonia y la región central y norte de Grecia pero, curiosamente, no Bosnia-Herzegovina: tales pretensiones territoriales eran formuladas a despecho de que ni los católicos croatas ni los musulmanes bosnios mostraran mayor entusiasmo en ser absorbidos por la Serbia ortodoxa.
El principal argumento del panserbismo para justificar su objetivo de asimilar Bosnia-Herzegovina era la presunta opresión del país a manos de Austria-Hungría, afirmación que no resiste un somero análisis. Ocupada de facto por Austria en 1878, Bosnia-Herzegovina había alcanzado en 1914 un nivel de prosperidad similar al resto de la monarquía dual, con un ingreso per cápita superior al de Serbia. Si bien los Habsburgo no habían abolido aún el sistema feudal otomano denominado agaluk, ciertamente facilitaron la emancipación de los kmets o siervos, y hasta el estallido de la Gran Guerra más de 40.ooo de ellos habían adquirido su autonomía. Asimismo la agricultura y la industria gozaron de un notable crecimiento, acompañado por importantes inversiones en infraestructura vial y ferroviaria. Sin duda la insuficiente mejora del sistema educativo fue el punto débil de la administración austríaca, pero en ese ítem Serbia tampoco gozaba de preeminencia: en una fecha tan tardía como 1900 Belgrado ostentaba una tasa de analfabetismo del 79%, que aumentaba al 88 % en la región sudeste del país (valga decir que en 1905, ante la necesidad de incrementar los ingresos fiscales, el Skupština o parlamento serbio optó por gravar impositivamente los libros escolares y no la destilación casera...)
La anexión formal de Bosnia-Herzegovina por parte de Austria-Hungría en 1908 desató una ola de histeria nacionalista en Serbia y tuvo por consecuencia el surgimiento de Srpska Narodna Obbrana (Defensa Nacional Serbia), una organización integrada por miles de miembros y cuyo objetivo era organizar bandas guerrilleras y redes de espionaje en el territorio irredento. Si bien el 31 de marzo de 1909 Serbia, cediendo a la presión diplomática del Imperio Austro-húngaro, renunciaría formalmente a sus pretensiones sobre Bosnia-Herzegovina y desarmaría -al menos nominalmente- a Srpska Narodna Obbrana relegándola al rol de una organización de propaganda, ello exacerbó aún más a los sectores fundamentalistas, y el 3 de marzo de 1911 tuvo lugar en un apartamento de Belgrado la fundación de Ujedinjenje ili smrt! (¡Unión o muerte!), una organización clandestina destinada a ser más conocida por su siniestro apodo: “la Mano Negra“.
El alma mater de la misma era Dragutin Dimitrijević, un oficial del ejército que se desempeñaba como profesor en la Academia Militar y que era apodado “Apis“ por sus admiradores debido a su presunta similitud con el dios egipcio. Laborioso, intrigante y misógino, siendo un joven teniente había participado de la conjura que culminó en el bestial asesinato del rey Alexandar y la reina Draga en 1903, hecho que le ganó gran popularidad en un país cuyo héroe nacional era Miloš Obilić, aquel caballero semilegendario que durante la batalla de Kosovo (1389) lograra introducirse en el campamento turco y ultimar al sultán Murad I: no en vano la insignia oficial de Ujedinjenje ili smrt! incluía una calavera, tibias cruzadas, un puñal, un frasco de veneno y una bomba...
Las Guerras Balcánicas de 1912-1913 tuvieron enormes consecuencias en Serbia: el notable desempeño de su ejército y la conquista de nuevos territorios (acompañada por numerosas atrocidades cometidas contra la población musulmana) provocaron euforia, mientras que la imposición de una Albania independiente por parte de Austria-Hungría y las demás potencias fue considerada un ultraje. En medio de tal atmósfera ultranacionalista la Mano Negra -integrada en el ínterin por numerosos miembros de la cúpula militar- comenzó a planear un atentado contra Franz Ferdinand, el cual visitaría Sarajevo a principios del verano de 1914 en el marco de las maniobras militares en Bosnia-Herzegovina: a tal fin serían reclutados los jóvenes serbo-bosnios Trifko Grabež, Nedeljko Čabrinović y Gavrilo Princip, ninguno de ellos mayor de 19 años.
La elección del archiduque como blanco no se debió a su presunta hostilidad hacia las minorías eslávicas sino justamente a su buena predisposición hacia las mismas: tal como Princip lo admitiría con sorprendente franqueza, “como futuro soberano él hubiera impedido nuestra unión llevando a cabo ciertas reformas“. Los fundamentalistas de la “Gran Serbia“ contemplaban alarmados todo aquello que jaqueara sus pretensiones sobre Croacia, Eslovenia y Bosnia-Herzegovina, y como bien lo afirma Clark, su elección “ejemplifica una constante en la lógica de los movimientos terroristas, específicamente el hecho de que reformistas y moderados son más de temer que enemigos declarados y elementos radicales“.
El entrenamiento de los asesinos tuvo lugar en Belgrado, y el 27 de mayo les fueron suministradas cuatro pistolas y seis bombas, procedentes del Arsenal Estatal de Kragujevac: a fin de borrar todo rastro Princip y sus cómplices debían suicidarse una vez perpetrado el atentado, para lo cual fueron provistos de sendas dosis de cianuro. Pocos días después los terroristas ingresaron a Bosnia-Herzegovina con la colaboración de guardias fronterizos serbios, y en Sarajevo tomarían contacto con cuatro miembros locales de la Mano Negra.
Si bien la conspiración no era obra del gobierno de Belgrado, el primer ministro Nikola Pašić estaba al tanto de la misma: el hecho de que se abstuviera de intervenir habla tanto de su carácter tortuoso -probablemente considerara el atentado como un providencial catalizador de un conflicto inevitable- como de la debilidad de las autoridades civiles en una Serbia marcadamente militarista, con un ejército envalentonado a raíz de sus recientes éxitos y que representaba además una de las escasísimas posibilidades de ascenso social en una población predominantemente rural. Las únicas medidas adoptadas -y ello recién en el último tercio de junio- se limitaron a una investigación de las actividades fronterizas y una vaga advertencia transmitida al ministro de finanzas austro-húngaro Leon Biliński a través del diplomático Jovan Jovanović, en el sentido de que una visita a Sarajevo de Franz Ferdinand coincidiendo con el aniversario de la derrota de Kosovo podría ser tomada como una provocación: Pašić omitió así prevenir en forma directa e inequívoca al gobierno de Viena, probablemente pues ello implicaría admitir conocimiento del complot y tener que justificar su actitud prescindente.

El resto de la tragedia es ya conocido: el domingo 28 de junio de 1914 Franz Ferdinand y su mujer arribaron en tren a Sarajevo procedentes del balneario de Ilidža y abordaron un doble faetón Gräf & Stift con destino al ayuntamiento de la ciudad. Durante el trayecto la columna de seis automóviles fue blanco de una bomba lanzada por Nedeljko Čabrinović, la cual falló su objetivo (gracias a la oportuna reacción del chofer, que aceleró al divisar el objeto, y de Franz Ferdinand, que extendió su brazo para proteger a su mujer), hiriendo sólo a dos miembros de la escolta así como a media docena de espectadores. Mientras Čabrinović era detenido tras un infructuoso doble intento de suicidio, los huéspedes y sus anfitriones decidieron con toda parsimonia continuar su programa (tal desidia en las medidas de seguridad resulta particularmente incomprensible cuando se recuerda que en 1898 los Habsburgo ya habían sido blanco de un atentado que costó la vida a la emperatriz Isabel). Menos de una hora después la comitiva abandonaba el ayuntamiento en dirección al hospital militar, donde la pareja quería visitar a uno de los heridos antes de emprender el regreso. A raíz de un malentendido los dos automóviles que iban a la cabeza erraron el camino y debieron frenar: en ese momento Gavrilo Princip se abalanzó hacia el vehículo que transportaba a Franz Ferdinand y Sophie y disparó dos veces a quemarropa con su pistola FN Modelo 1910. El primer proyectil, tras atravesar el costado del coche, alcanzó a la duquesa en el abdomen, y el segundo hirió al archiduque en el cuello, quien alcanzó a exclamar desesperado: “¡Sophie! ¡Sophie! ¡No te mueras, permanece con vida por nuestros hijos!“ El chofer se dirigió a toda velocidad hacia el palacio Konak, residencia del gobernador, pero al llegar allí Sophie ya había muerto y Franz Ferdinand se hallaba en coma, falleciendo pocos minutos después: habían sido asesinados en su decimocuarto aniversario de casamiento.

Concluye este artículo con una certera reflexión de Christopher Clark acerca de nuestra actual visión del atentado de 1914: “Nuestra brújula moral también ha virado. El hecho de que una Yugoslavia dominada por Serbia emergiera como uno de los Estados vencedores de la guerra pareció implícitamente reivindicar el acto del hombre que oprimió el gatillo el 28 de junio: ciertamente tal era el punto de vista de las autoridades yugoslavas, que marcaron el lugar donde lo hizo con huellas en bronce y una placa celebrando 'los primeros pasos en la libertad yugoslava' del asesino. En una era donde la idea nacional aún era promisoria había una intuitiva simpatía hacia el nacionalismo sudeslavo y escaso afecto hacia la comunidad multinacional del imperio de los Habsburgo. Las guerras de Yugoslavia de la década de 1990 vinieron a recordarnos la letalidad del nacionalismo balcánico: desde Srebrenica y el asedio de Sarajevo resulta más difícil pensar en Serbia como un mero objeto o víctima de la política de las grandes potencias y más facil concebir al nacionalismo serbio como una fuerza histórica por derecho propio. Desde la perspectiva actual de la Unión Europea nos inclinamos a mirar ahora con mayor comprensión – o al menos con menor desdén- el extinguido mosaico imperial de la Austria-Hungría de los Habsburgo“.

Mario Díaz Gavier

© 2014, Mario Díaz Gavier

jueves, 22 de agosto de 2013

NÖRDLINGEN


Unos ciento treinta kilómetros al noroeste de Munich se encuentra una pintoresca ciudad cuyo origen se remonta a fines del siglo IX. La antigua muralla se conserva todavía intacta, siendo posible recorrer todo el perímetro de la ciudad antigua, y desde los imponentes 90 metros de la torre de la iglesia de San Jorge se goza de una vista en 360° de la comarca circundante. Sin embargo, otra circunstancia hace que esta adormilada ciudad en el corazón de Baviera goce de una fama desproporcionada a sus dimensiones. En un grupo de suaves colinas situadas unos cuatro kilómetros al sur de sus murallas se libró en 1634 la batalla quizás más decisiva de la Guerra de los Treinta Años: Nördlingen.

En el verano de 1634, la Guerra de los Treinta Años bullía en forma incontenible, pese a que para entonces la mayoría de sus protagonistas iniciales habían desaparecido de escena: Tilly había sido mortalmente herido en Rain am Lech en 1632, pocos meses después le había seguido en Lützen su rival Gustavo Adolfo de Suecia y en febrero de 1634 Wallenstein había sido asesinado por orden del emperador Fernando II.
El comando del ejército imperial había recaído sobre el príncipe heredero Fernando, rey de Hungría: debido a su juventud (veintiséis años) le fue asignado como lugarteniente el experimentado mariscal Matthias Gallas. Sus rivales eran Gustav Horn y el duque Bernhard de Sajonia-Weimar, que comandaban las tropas suecas y el contingente alemán protestante integrante de la llamada “Liga de Heilbronn”.
En mayo el ejército imperial se movilizó contra Regensburg, de acuerdo con lo concertado con Maximiliano, príncipe elector de Baviera. Durante el sitio de esta ciudad, tropas de la Liga de Heilbronn capturaron e incendiaron Landshut. Cuatro días después, el 26 de julio, Regensburg capitulaba, y las tropas católicas marcharon aguas arriba del Danubio: tras un breve sitio tomaron Donauwörth el 16 de agosto.
La situación se tornó alarmante para los protestantes: era obvio que el próximo objetivo de las tropas imperiales sería la vecina Nördlingen. La importancia de esta ciudad era enorme, ya que se trataba de la última plaza fuerte de los suecos en el sur de Alemania. Además, tras la caída de Regensburg y Donauwörth la pérdida de esta ciudad libre, “la puerta al Württemberg protestante”, constituiría un golpe psicológico terrible. Debido a ello, se decidió defender Nördlingen por todos los medios.
El 18 de agosto el ejército de Fernando alcanzó las murallas de la ciudad e intimó la rendición. El ultimatum fue rechazado por la milicia ciudadana, que había sido reforzada por 500 mosqueteros suecos. Comenzaba así el sitio de Nördlingen.

El ejército sueco se hallaba mientras tanto acantonado al sur de Bopfingen, y habían surgido serias divergencias entre sus jefes: mientras Bernhard de Weimar abogaba por un avance inmediato contra las fuerzas sitiadoras, Horn sostenía que era necesario esperar los refuerzos del conde Otto Ludwig. Finalmente prevaleció el punto de vista de Horn, lo que tendría consecuencias trascendentales.
Para ese entonces la situación en Nördlingen se había hecho desesperada: a la hambruna y las enfermedades se añadía la escasez de agua, dado que los sitiadores habían desviado de su curso del río Eger. El 24 de agosto Horn logró introducir otros 250 mosqueteros en la ciudad, pero se trataba obviamente de un ayuda más simbólica que real: cada día los defensores de Nördlingen clavaban ansiosamente sus ojos en el horizonte aguardando divisar las tropas de auxilio.

No era Horn el único a la espera de refuerzos. El 2 de septiembre, mientras sus tropas proseguían con el sitio, Fernando cabalgó hacia el sur al encuentro de una ayuda tan esperada como decisiva: 15.000 veteranos españoles comandados por su primo y cuñado, el Cardenal Infante Fernando. Los dos Habsburgo se abrazaron efusivamente, en un momento inmortalizado por Rubens.
A pesar de su juventud (veinticinco años) era el Cardenal Infante un líder nato, y hay algo en su estampa y en su breve existencia que nos recuerda a su ilustre antecesor Don Juan de Austria. Destinado a la carrera eclesiástica, el error de tal medida era evidente: se trataba de una personalidad optimista y enérgica con vocación guerrera, antítesis del carácter pasivo y débil de su hermano, el rey Felipe IV. Su lugarteniente era el Marqués de Leganés, militar discreto y leal: una sincera amistad los unía al Conde Duque de Olivares, el poderoso valido que ejercía de facto el gobierno del imperio español.
La presencia de un ejército español de tales dimensiones en suelo alemán tenía su razón de ser en los avatares estratégicos. Originariamente, la principal vía terrestre entre la península ibérica y los Países Bajos era el famoso “Camino de los Españoles”, que partiendo desde Génova atravesaba el Milanesado, Saboya, el Franco-Condado, Lorena y Luxemburgo. Sin embargo, el Tratado de Lyon de 1601 había hecho dicha ruta impracticable de existir hostilidad por parte de Francia, lo cual era el caso. Ello forzaba a los españoles a buscar vías alternativas: una había surgido con la ocupación de Renania-Palatinado por parte del Ejército de Flandes en 1620, pero la conquista de Mainz en 1631 por los suecos había interrumpido el tráfico por el Rin.
Cuando el Cardenal Infante fue designado regente de los Países Bajos españoles, su traslado a la región planteó un difícil problema. Finalmente, se elaboró el siguiente plan: después de abandonar el Milanesado, la expedición española cruzaría los cantones católicos suizos y proseguiría su camino por Tirol y Baviera, posesiones de los Habsburgo de Viena y de su aliado el príncipe elector Maximiliano. Al unir sus fuerzas a las imperiales se alcanzaban así dos objetivos: reforzar a la Liga Católica en su lucha contra Suecia y abrir un corredor a través de territorio enemigo rumbo a Bruselas.

Dos días después de arribar los españoles participaron junto con los imperiales de una asalto general a las murallas de Nördlingen. Si bien el ataque pudo ser rechazado con graves pérdidas, era evidente que otro asalto similar terminaría con la conquista de la ciudad. Esa noche se encendieron por tercera ocasión banderas impregnadas de pez desde “Daniel”, la torre de la iglesia de San Jorge: era la señal convenida de emergencia. Esta vez, los suecos divisaron el desesperado mensaje: seis cañonazos confirmaron a los defensores de Nördlingen que su mensaje había sido recibido.
La batalla era inminente, y ambos contendientes se prepararon para lo peor. Horn y Bernhard disponían de unos 25.000 combatientes, todos ellos suecos a excepción de 5.000 milicianos alemanes. Los dos Fernandos contaban a su favor con una sensible superioridad numérica: 33.000 soldados entre imperiales y españoles.
Se produciría así el gran choque entre los dos ejércitos más renombrados de su tiempo. Por un lado se hallaban las huestes suecas, cuya irrupción en el conflicto cuatro años antes, acompañada de una serie de innovaciones tácticas y técnicas, había constituído una  sensación; por otro lado, durante la invasión de Baviera habían adquirido una siniestra reputación, dejando a su paso un reguero de atrocidades espeluznantes.
Frente a ellos se erigían los tercios españoles cuyos integrantes, frugales, hoscos y tenaces, podían jactarse desde hacía más de un siglo de ser la mejor infantería del mundo. Su probado arrojo en combate (y otros hechos bastante menos gloriosos, como el terrible saqueo de Amberes en 1576 a manos de tropas amotinadas) habían dado luz a una expresión que se difundió por toda Europa y que aún subsiste en nuestros días: la furia española.

Matthäus Merian, "Representación de la batalla de Nördlingen el 6 de septiembre de 1634" (grabado en cobre incluído en "Theatrum Europaeum", 1670) 

En la mañana del 5 de septiembre una patrulla de croatas, la temida caballería ligera imperial, trajo una sorprendente noticia: los suecos habían abandonado Bopfingen y se retiraban rumbo al sur. Tal inesperada medida produjo confusión entre los mandos hispano-imperiales: ¿se debía interrumpir el sitio y emprender la persecución del ejército sueco? Pronto una nueva sorpresa hizo estéril tal discusión: en Dehlingen el enemigo había girado a la izquierda, y su vanguardia se encontraba ya frente al Lachberg, primer cerro de una cadena de tres con orientación noroeste-sudeste situada a un tiro de cañón de Nördlingen (las dos elevaciones restantes eran el Hesselberg y el Albuch). La maniobra de engaño sueca había surtido efecto.
Una impetuosa carga de caballería bajo el mando de Bernhard de Weimar desalojó a las avanzadas imperiales del Lachberg y las hizo retirarse hasta el pueblo de Herkheim. Recién allí su jefe, Ottavio Piccolomini, pudo reestablecer el orden y organizar la resistencia con el apoyo de Gallas: Weimar tuvo que retroceder al Lachberg. Este combate de caballería produjo numerosas bajas entre los imperiales, contándose entre los caídos el Gran Maestre de la Orden de Malta, varios coroneles y numerosos soldados.
Inmediatamente Weimar avanzó contra el Heselberg. Sin embargo, debió enfrentar la encarnizada resistencia de un destacamento de mosqueteros españoles que se habían hecho fuertes en la zona boscosa del cerro. El combate se prolongó hasta la medianoche, y recién con la llegada de Horn se pudo tomar la posición. Sin embargo, lo empecinado de la defensa había retardado el plan sueco, haciendo impracticable la captura del Albuch: se decidió posponer el ataque para el día siguiente, a fin de proporcionar descanso a los exhaustos soldados.
Tal decisión tendría enormes consecuencias. Reconociendo la importancia de dicha posición, que constituía su extremo izquierdo, los hispano-imperiales se abocaron frenéticamente a fortificar el Albuch mediante la construcción de tres reductos de forma pentagonal, confiándose su defensa a los regimientos alemanes de los condes de Salm y Würmser, el tercio español de Idiaquez y el tercio napolitano de Toralto, sumando 5.000 infantes bajo el mando de Cervellón. En la segunda línea fueron apostados dos regimientos de infantería imperial y siete tercios hispanos, más diversas unidades de caballería.
Por su parte, el plan protestante preveía que el ala derecha, comandada por Horn, atacaría el Albuch mientras que Weimar se limitaría a mantenerse a la defensiva en la línea de colinas para pasar al ataque recién después de tomado el Albuch o, en caso de que la suerte no fuera propicia, cubrir la retirada de Horn.

La batalla comenzó al amanecer del 6 de septiembre con un ataque de la caballería sueca. Malinterpretando una señal, el regimiento escolta de Horn comandado por von Witzleben se lanzó a la carga, intentando flanquear el Albuch. Le salió al encuentro la caballería napolitana, que en una brillante acción batió y arrojó a la caballería sueca del campo de batalla: Witzleben debió retroceder a la aldea de Hürnheim para reorganizar a sus jinetes, lo que privó a Horn de su caballería en un momento crucial de la batalla.
Mientras tanto, dos brigadas de infantería sueca atacaban uno de los reductos, logrando desalojar a los regimientos alemanes de Salm y Würmser. Sin embargo, al irrumpir en la posición las unidades suecas se desordenaron, lo cual se vio agravado por la explosión de un carro cargado de pólvora en el sector de Idiaquez. Lo que podría haber sido un golpe terrible para los hispanos se reveló una ayuda providencial: al grito de “el cerro está minado” los suecos huyeron presurosamente, abandonando su flamante conquista mientras eran perseguidos por la caballería imperial. En un vigoroso contraataque los infantes españoles volvieron a ocupar el reducto, jurándose no retroceder.
Muy pronto su juramento sería puesto duramente a prueba. Una y otra vez las oleadas de infantes suecos se abalanzaron sobre las trincheras enemigas, hasta sumar quince ataques. Hubo derroche de arrojo y tenacidad por ambos lados: los suecos parecían dispuestos a tomar el cerro a cualquier precio, mientras que los españoles, que recibían oportunamente refuerzos de la retaguardia, se aferraban encarnizadamente a sus posiciones, decididos a no retroceder un palmo.
Quien haya visitado el campo de batalla puede imaginarse el dantesco espectáculo que tuvo como protagonistas a casi sesenta mil soldados de todos los rincones de Europa. El impasible y lúgubre batir de centenares de tambores, las órdenes de los oficiales y los gritos de los heridos, el permanente crepitar del fuego de mosquetería y el ominoso tronar de la artillería; el acre olor de la batalla, mezcla de sudor, pólvora y sangre; la visión de las líneas de piqueros de morrión y coselete, enarbolando tras el foso y la hilera de “jinetes españoles“ un auténtico bosque de lanzas, y a su lado mosqueteros de ancho sombrero de fieltro recargando frenéticamente sus armas y disparando a bocajarro sobre el enemigo que surgía de la falda del Albuch.
De la sangrienta lucha eran testigos los dos Fernandos, que montados a caballo emitían sus órdenes algunos centenares de metros atrás del frente: el hecho que un desdichado coronel que se hallaba entre los dos fuera decapitado por una bala de cañón revela que dicha posición distaba de ser segura.
Con el pasar de las horas los ataques suecos fueron perdiendo ímpetu: el Albuch estaba literalmente cubierto de cadáveres, y los exhaustos infantes apenas tenían fuerzas para remontar la pendiente que llevaba a las mortíferas trincheras enemigas. Por su parte, la caballería del Cardenal Infante no permanecía ociosa: jinetes napolitanos, borgoñones y lombardos hostilizaban permanentemente el flanco del enemigo, y una impetuosa carga de lanceros encabezada por el Duque de Lorena contribuyó a empeorar aún más la situación de los suecos.
Mientras tanto, las tropas de Weimar permanecían mayormente inactivas, con excepción de un ataque de caballería que, tras lograr hacer retroceder a los jinetes de Lorena y de Jan van Werth, fue rechazado con la ayuda de mosqueteros imperiales y españoles.
A mediodía Horn, consciente de lo estéril de sus esfuerzos, decidió emprender la retirada. Sus tropas recién habían alcanzado en forma ordenada el pueblo de Ederheim cuando el desastre se abatió sobre los suecos: como un solo hombre las tropas imperiales que habían quedado a la espera se lanzaron al ataque. La poderosa presión del flanco derecho católico deshizo las formaciones de Weimar, cuya caballería se precipitó sobre los castigados infantes de Horn, provocando el caos y pánico general. Cuando los tercios hispanos abandonaron sus posiciones en el Albuch y se unieron al ataque al grito de ¡Santiago!¡Cierra España!, la suerte de los protestantes quedó sellada: en completa desbandada, sus miembros fueron perseguidos y sableados en forma inmisericorde por los croatas y los caballos coraza de Jan van Werth.
La victoria católica había sido aplastante: 12.000 enemigos yacían sobre el campo de batalla (incluída la totalidad de los milicianos de Württemberg) y otros 4.000 fueron tomados prisioneros, entre ellos el mismo Horn. Más de 300 banderas, 80 cañones  y 1.000 carros con la totalidad del bagaje sueco formaron parte del botín de los vencedores. Al día siguiente Nördlingen se rendía: la Liga de Heilbronn había dejado de existir y los suecos se vieron obligados a evacuar todas sus guarniciones al sur del Main. Quizás no exageraba el Conde Duque de Olivares cuando calificaba exultante a esta batalla de “la más grande victoria de nuestro tiempo”.
En mayo de 1635 se firmó la paz de Praga, que ponía fin a las hostilidades entre el emperador y los príncipes protestantes. La contienda parecía haber llegado a su fin, pero muy pronto la población de Alemania tuvo un amargo desengaño: alarmado ante la hegemonía de los Habsburgo, el cardenal Richelieu lanzó a Francia a la guerra en apoyo de la protestante Suecia. La matanza continuaría durante trece años más, con su secuela de desolación y sufrimiento, y recién la paz de Westfalia en 1648 pondría fin al conflicto.

Nördlingen es, pese a su importancia, una de las batallas más descuidadas por la historiografía militar. Mientras que Breitenfeld (1631) es permanentemente citada como ejemplo de la superioridad de la formación táctica “protestante” sobre la “católica”, los análisis de Nördlingen son escasísimos.
Irónicamente, quizás el motivo para tal actitud es que Nördlingen constituye una incómoda evidencia que socava el mito de la “invencibilidad sueca”. Sin ninguna duda, la creación por parte de Gustavo Adolfo de Suecia (inspirado por la reforma de Mauricio de Nassau) de unidades más reducidas y móviles que el tercio y la introducción de mejoras técnicas (básicamente eliminación de peso, como el nuevo mosquete prescindente del soporte de horquilla y cañones más ligeros, precursores de la artillería de campaña) significaron una verdadera revolución militar: pero una revolución no garantiza necesariamente el éxito. Nördlingen demostró que incluso las móviles formaciones suecas podían fracasar frente a un enemigo tenaz; por otra parte, si bien el tercio carecía de similar agilidad, su maciza estructura hacía su avance sencillamente arrollador.
Otro punto confiere interés a Nördlingen, y es que se trata de uno de los escasos ejemplos de cooperación militar eficaz entre las ramas española y austríaca de los Habsburgo tras la muerte de Carlos V. La victoria aseguró a ambos aliados la consecución de sus objetivos: para Austria, la reconquista del sur de Alemania; para España, la apertura de una ruta en dirección a los Países Bajos.
Finalmente, Nördlingen constituye la última gran victoria de los tercios españoles: apenas nueve años después el sol se pondría definitivamente para la otrora imbatible infantería española en Rocroi. Razón de más para valorar en su justa medida un hecho de armas que cierra un proceso de ciento treinta años que incluye páginas memorables como Garellano, Otumba, Pavía y Lepanto.



Mario Díaz Gavier

miércoles, 5 de junio de 2013

LAS LANZAS


En su carácter de hito político-militar, la toma de Breda tuvo una profunda influencia en la literatura y el arte contemporáneos. La crónica más completa del asedio fue escrita en latín por el jesuita brabanzón Herman Hugo, capellán de Spínola: su magistral Obsidio Bredana -cuya portada fue diseñada por el mismísimo Rubens y realizada por Cornellis Galle- sería poco después traducida en castellano, inglés y francés. Pedro Calderón de la Barca escribió pocos años después la comedia El sitio de Bredá que, si bien una obra juvenil, presagiaba ya el talento de uno de los principales dramaturgos del Siglo de Oro.
En cuanto a las artes plásticas, numerosas fueron las obras destinadas a conmemorar la victoria. El grabador lorenés Jacques Callot realizó por encargo de la infanta Isabel Clara Eugenia un imponente mapa del sitio de Breda: otro grabado en cobre fue obra del artista flamenco Jean Blaeu, mientras que su ilustre compatriota Pieter Snayers pintó por su parte tres grandes lienzos dedicados al tema. Sin embargo, el cuadro que estaba destinado a hacerse inmortal sería obra de un pintor español: Diego Rodríguez de Silva y Velázquez.
 

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660). Uno de los pintores más grandes de todos los tiempos, a partir de 1623 trabajaría principalmente para la corte madrileña gracias a la protección del conde-duque de Olivares (en testimonio de gratitud el artista bautizaría Gaspar a su primer hijo). Dos siglos después de su muerte Velázquez ejercería una poderosa influencia en los impresionistas franceses (en especial Èdouard Manet) y posteriormente sus obras servirían de inspiración a artistas tales como Gustav Klimt, Pablo Picasso, Salvador Dalí y Francis Bacon.


En 1630 el conde-duque de Olivares inició la construcción de un nuevo palacio real en las afueras de Madrid tomando como base el llamado “Cuarto Real” del monasterio de San Jerónimo. El ala norte del Palacio del Buen Retiro albergaría la parte más importante del complejo arquitectónico: el Salón de los Reinos, destinado a oficiar de sala del trono donde el rey presidiría ceremonias y diversiones. La principal decoración de dicho ámbito sería una serie de doce pinturas alusivas a sendas victorias de las armas españolas durante el reinado de Felipe IV, a saber:

1) Defensa de Cádiz contra los ingleses de Francisco Zurbarán
2) La rendición de Breda de Diego Velázquez
3) La rendición de Juliers de Jusepe Leonardo
4) La victoria de Fleurus de Vincenzo Carducci
5) El socorro de Génova por el segundo marqués de Santa Cruz de Antonio de Pereda
6) Recuperación de la Bahía del Brasil de Fray Juan Bautista Maino
7) Reconquista de la isla de San Cristóbal de Félix Castello
8) Recuperación de San Juan de Puerto Rico de Eugenio Cajés
9) Socorro de la plaza de Constanza de Vincenzo Carducci
10) Socorro de Brisach de Jusepe Leonardo
11) Expugnación de Rheinfelden de Vincenzo Carducci
12) Expulsión de los holandeses de la isla de San Martín de Eugenio Cajés (perdida)


El conjunto citado -complementado por cinco retratos ecuestres de Velázquez y diez cuadros de Zurbarán representando otros tantos trabajos de Hércules- constituyó un extraordinario programa pictórico sin precedentes. Empero, no todas las obras alcanzaron el mismo nivel artístico y la representación de la rendición de Breda (principal de los cinco triunfos obtenidos en 1625) superaría ampliamente en originalidad y fama a los restantes cuadros del Salón de los Reinos.
Se estima que la obra de Velázquez fue concluída en 1634: el autor pintó una pequeña hoja de papel en el borde inferior derecho, presumiblemente para estampar allí su nombre y año de finalización, pero dicho espacio quedó finalmente en blanco. Las figuras principales del cuadro son Justino de Nassau y Ambrosio Spínola: el primero hace entrega de la llave del castillo de Breda con ademán sumiso mientras el segundo lo acoge con gesto cordial. Los dos comandantes, que acaban de desmontar de sus caballos (la cabalgadura de Spínola confiere con sus ancas poderosas y el brillo sedoso de su pelaje una particular vivacidad a la escena), se hallan acompañados por sus respectivas escoltas: los holandeses se hallan situados a la izquierda y son reconocibles por los gallardetes naranjas de sus armas, mientras que del contingente español emerge, detrás de la bandera ajedrezada de la infanta, un verdadero bosque de enhiestas picas que le ha valido al cuadro el apodo de Las Lanzas. No es improbable que dicha imagen le fuera sugerida a Velázquez por uno de los pasajes más hermosos de la comedia de Calderón de la Barca:

No ansí los rayos corteses
del sol, con dulces fatigas,
mieses labraron de espigas
en los abrasados meses,
como de los fresnos mieses
la gallarda infantería;
y al mirarlos parecía
que espigas de acero daba,
y que al compás que marchaba,
el céfiro los movía.


De Las Lanzas declararía el estudioso Émile Michels que Velázquez había hecho “de un cuadro puramente histórico un modelo que posteriormente jamás ha sido igualado”. Si bien la obra fue realizada tras la muerte de Spínola, el conquistador de Breda fue retratado con notable fidelidad por Velázquez: el pintor había hecho en 1629 su primer viaje a Italia en el mismo barco en el que Spínola hacía el último…


La composición presenta dos diagonales imaginarias, una de las cuales une los dos caballos mientras que la otra va desde la comitiva holandesa -más cercana al espectador- hasta el grupo español, que se halla un poco más retirado. Uno podría aventurar que tal estructura en forma de aspa horizontal resulta particularmente adecuada al tema teniendo en cuenta su semejanza con la cruz de Borgoña, insignia tradicional de los tercios…
Parece evidente que Velázquez retrató en las primera filas hispanas a varios personajes principales, y de hecho renombrados estudiosos han creído identificar a figuras como el duque Wolfgang Wilhelm de Pfalz-Neuburg (quien, tras visitar España y Francia, había recalado en Breda de regreso a sus dominios), Gonzalo Fernández de Córdoba, el barón de Balançon, Carlos Coloma, el conde de Salazar, Johann von Nassau-Siegen (una de las hipótesis más sólidas debido a su similitud con otros retratos) y Ernst von Isenburg. Por desgracia no existe unanimidad al respecto, e igualmente controvertida es la tesis según la cual las figuras extremas de la derecha y la izquierda (las cuales miran al espectador y conforman así una simetría) son respectivamente el mismo Velázquez y su amigo y colega Alonso Cano. Una radiografía realizada en épocas recientes ha brindado interesantes detalles adicionales: entre los más notables se cuentan el hecho que las famosas lanzas fueran originariamente banderas y que el perfeccionismo de Velázquez lo llevara a pintar cuatro veces la cabeza de Spínola.
No ha faltado quien hiciera notar las divergencias existentes entre la pintura y la realidad. Por ejemplo, la anécdota de la entrega de la llave no está corroborada por la crónica de Hugo (parece haber sido tomada de la obra de Calderón de la Barca); asimismo, Velázquez situó dicha escena al noroeste de Breda (en realidad tuvo lugar al noreste) y a una distancia mucho mayor de la que existía entre la ciudad y el punto de reunión de los dos adversarios; por último, citemos la “licencia poética” de colocar a los protagonistas en una colina a fin de poder incluir como fondo una vista de la ciudad conquistada, recurso inevitablemente forzado en un país donde la máxima elevación apenas supera los trescientos metros de altura.
Obviamente ello no disminuye en un ápice el extraordinario valor de Las Lanzas: Velázquez no era cartógrafo sino pintor y como tal no se ciñó de forma excesivamente estrecha a lo acontecido sino que privilegió lo artístico sobre detalles imperceptibles para la gran mayoría del público. Infinitamente más importante que tales libertades es la avasallante originalidad de la obra si se la compara con otros cuadros contemporáneos. Tómese por ejemplo La rendición de Juliers de Jusepe Leonardo: en dicho lienzo Spínola recibe desde el lomo de su caballo la capitulación del comandante enemigo, quien acude en solitario y no sólo se arrodilla sino que deja a un lado su sombrero y su bastón, acentuando aún más el efecto de sumisión. El contraste con Las Lanzas -donde el vencido acude inusualmente acompañado por una escolta armada, lo cual realza la importancia de la ocasión y su carácter de ceremonia- no puede ser más patente. Aquí Spínola, en un gesto de caballerosidad, desmonta para recibir la rendición: y cuando Justino de Nassau hace ademán de arrodillarse, el general español se lo impide apoyándole fraternalmente la mano en el hombro. Así, un acto de sometimiento es magistralmente transformado en uno de magnanimidad, con lo cual se realza indirectamente la majestad de la corona hispana. Años más tarde Breda terminaría siendo recapturada por los holandeses, pero gracias a la genial concepción del cuadro de Velázquez, sería paradójicamente la efímera victoria de 1625 aquella destinada a perdurar hasta nuestros días sin perder nada de su fascinación.
 

Mario Díaz Gavier

(Reproducido de Breda 1625.  El duelo final entre Spínola y Nassau por gentileza de Almena Ediciones, Madrid).