jueves, 1 de noviembre de 2012

MARIANO MORENO O CÓMO INVENTAR UN PRÓCER

Fue el vulgarizador historiográfico Felipe Pigna quien calificó a Mariano Moreno como “el primer desaparecido de la historia argentina” y combinó así -en aras de una lucrativa versión amarillista de la Historia- su trasnochado setentismo con un mito casi tan antiguo como la Argentina independiente: la leyenda negra urdida contra Cornelio Saavedra, a quien se imputó la muerte del ex-secretario de la Primera Junta durante su viaje a Inglaterra presentando como un envenenamiento lo que probablemente fue una apendicitis y consecuente peritonitis. Extinguidos ya los estridentes fastos que rodearon el bicentenario de la Revolución de Mayo parece necesario analizar la nebulosa aura que rodea la figura de Moreno y desentrañar la realidad del mito. 
Tal como Hugo Wast lo señaló hace ya medio siglo en su notable Año X, la condición de “prócer” de Mariano Moreno es básicamente una hechura de su hermano Manuel, quien en 1812 publicó en Londres Vida y memorias del Dr. Dn. Mariano Moreno. Con los altamente improbables colores del impresionismo fraternal, Manuel Moreno se dedicó a presentar a su hermano como el único protagonista del movimiento independentista en el Río de la Plata en desmedro de Saavedra, arrojando incluso sobre éste la sospecha de homicidio. Tal intriga fue coronada por el éxito, logrando opacar exitosamente la figura del primer gobernante patrio, cuya condición de comandante del Regimiento de Patricios fue vital a la hora de deponer a la autoridad virreinal. Dado que la mayoría de los historiadores han abrevado incautamente en tal turbia fuente (origen de frases apócrifas tales como “viva mi patria aunque yo perezca” y “se necesitaba tanta agua para apagar tanto fuego”), parece más expeditivo aclarar qué es lo que Mariano Moreno no fue antes de pasar a detallar lo que efectivamente fue.  

-Mariano Moreno no integró el grupo de conspiradores independentistas: no sólo jamás asistió a las reuniones secretas organizadas por Saavedra y otros patriotas, sino que además fue uno de los dos criollos que integraron la conspiración de Martín de Álzaga del 1° de enero de 1809, cuyo objetivo era deponer al virrey Liniers para asegurar el poder a los españoles peninsulares. Tal intentona fue impedida por la decidida intervención de Saavedra y sus Patricios y daría origen al odio de Moreno -quien, dicho sea de paso, se convertiría en amigo y asesor del virrey Cisneros- hacia quien posteriormente encabezaría la Primera Junta.  

-Mariano Moreno no tuvo ningún protagonismo en el Cabildo Abierto de mayo de 1810: al rememorar la histórica votación del día 22 que culminó con la deposición de Cisneros, Vicente López y Planes declaró haber descubierto a Moreno acurrucado en uno de los escaños más alejados, lamentando haber votado en contra del virrey “por la insistencia y majadería de Martín Rodríguez” y afirmando con tono temeroso que “si no nos prevenimos, los godos nos han de ahorcar antes de poco; tenemos muchos enemigos y algunos andan entre nosotros y que quizá sean los primeros en echarnos el guante”. Una actitud no precisamente airosa que contrasta con la difundida imagen del fogoso orador de avasallante retórica (tal mito es producto de otro libro de Manuel Moreno: Colección de Arengas en el Foro y Escritos del Doctor Dn. Mariano Moreno, opúsculo publicado en 1836 y que curiosamente… ¡no incluye ninguna arenga!) 
No es casual que tras dicha votación Moreno desapareciera súbitamente de escena: si hemos de creerle a su hermano, éste recién pudo anunciarle su nombramiento como secretario de la Junta al anochecer del 25 de mayo, tras encontrarlo en casa de un amigo “entretenido en conversaciones indiferentes”. Ni siquiera entonces mostró Moreno mayor entusiasmo: según su devoto biógrafo, el presunto adalid de la independencia argentina se hallaba “envuelto en mil meditaciones, sobre si debía aceptar el nombramiento”, llegando incluso a poner en entredicho “la legitimidad de los procedimientos que acababan de suceder” (!)  

-Mariano Moreno no fundó la Biblioteca Nacional: la Primera Junta se limitó a nombrar a Moreno “Protector” (es decir, comisionado) de la futura Biblioteca Pública. El escaso interés que el secretario dedicó a la institución queda evidenciado en el hecho de que donara un único libro (contrastando por ejemplo con los generosos aportes de Belgrano) y que al embarcarse meses después hacia Inglaterra no considerara necesario legar a la biblioteca ni una ínfima parte de su exorbitante sueldo. 
En realidad, la primera idea de una biblioteca pública corresponde al obispo Manuel Azamor y Ramírez, quien al morir en 1796 legó con tal fin su extraordinaria biblioteca. Posteriormente el canónigo doctor Luis José Chorroarín, rector del Real Colegio de San Carlos, intentaría materializar el proyecto, siendo desgraciadamente impedido por las Invasiones Inglesas. Recién el 16 de marzo de 1812 (es decir, cuando hacía más de un año que Moreno era pasto de los peces) fue fundada oficialmente la Biblioteca Pública de Buenos Aires, siendo Chorroarín su primer director y bibliotecario, así como uno de sus principales donantes.  

-Mariano Moreno no fue el padre del periodismo argentino: en contra de una difundida superstición, la Gazeta de Buenos-Ayres (cuya fundación fue decretada el 2 de junio de 1810 por la Junta en pleno) no fue el primer periódico del actual territorio argentino. De hecho hubo nada menos que tres publicaciones precursoras: el Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata (fundado el 1° de abril de 1801 por Francisco Antonio Cabello y Mesa), el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio (dirigido por Juan Hipólito Vieytes y aparecido el 1° de septiembre de 1802) y el Correo de Comercio (surgido el 3 de marzo de 1810 a instancias del virrey Cisneros y dirigido por Manuel Belgrano). Por añadidura, debe señalarse que los artículos de la Gazeta no estaban firmados: la paternidad que se le atribuye a Moreno de buena parte de dichas contribuciones carece del menor asidero, y resulta sugerente que su fraternal panegirista sólo incluyera en su recopilación de escritos apenas dos artículos. 

-Mariano Moreno no fue el apóstol de la ética republicana: el tan cacareado Decreto de supresión de los honores al Presidente (que en realidad afectaba a todos los miembros de la Junta) tuvo origen en un ridículo episodio de ribetes sainetescos. El 5 de diciembre de 1810 se celebró en el cuartel del Regimiento de Patricios un baile con motivo de la reciente victoria de Suipacha. Moreno intentó asistir pero el centinela lo detuvo en la puerta ya que no lo conocía y el secretario de la Junta no quiso revelar su identidad. Poco después, el humillado Moreno fue informado por amigos de que durante el baile un oficial con algunas copas de más había tomado una corona de alfeñique de un postre y la había obsequiado a la mujer de Saavedra… 
Por increíble que parezca, tal nadería fue magnificada por Moreno como un intento de Saavedra de coronarse emperador, lo que llevó al secretario a redactar el citado decreto. Baste citar un párrafo para evidenciar la grotesca desproporción entre este edicto fulminante y el trivial incidente que lo motivó: “Habiendo echado un brindis D. Atanasio Duarte, con que ofendió la probidad del Presidente y atacó los derechos de la patria, debía perecer en un cadalso; por el estado de embriaguez en que se hallaba se le perdona la vida; pero se le destierra perpetuamente de esta ciudad; porque un habitante de Buenos Aires ni ebrio ni dormido debe tener impresiones contra la libertad de su país”. 
La anécdota ejemplifica la personalidad desequilibrada del secretario de la Primera Junta, que desperdiciaba tiempo y esfuerzo en semejantes nimiedades (lo que contrastaba con su increíble desidia en la redacción de las actas de la Junta) durante un período crucial en que el destino de la revolución se jugaba en el Alto Perú. Que semejante tontería haya pasado a la posteridad se debió a la blandura de Saavedra y los restantes miembros de la Junta, que accedieron a rubricar tal decreto como quien da condescendientemente la razón a un loco… 

Único retrato contemporáneo de Mariano Moreno, obra de Juan de Dios Rivera que contrasta vívidamente con la idealizada versión encargada un siglo más tarde a Pedro Subercaseaux Errázuriz.
"Como ocurre con todas las figuras de nuestra historia, los manuales de enseñanza primaria -que también sirven para 'estudiar' historia argentina en medios que debieran tener mejor visión- han edulcorado su carácter y su imagen para presentarlo como ejemplo prócer al culto de los niños. Así como nada tiene que ver el auténtico Moreno, enjuto, nervioso y picado de viruelas, con el joven regordete y apacible de las oleografías escolares; el dictador que se manejaba con el terrorismo y el engaño para hacer una revolución, está lejos del idílico demócrata, creador de bibliotecas y 'fundador de la libertad' de la imaginería corriente" (José María Rosa, "Historia Argentina")


Ahora parece necesario recordar lo que este personaje realmente fue: 

-Mariano Moreno fue uno de los principales defensores de los intereses británicos en el Río de la Plata: en su Plan de operaciones Moreno no dudaría en proponer la cesión de la isla Martín García a Inglaterra. Su anglofilia también queda manifiesta en la Representación de los Hacendados, frecuentemente presentada como hito del libre comercio. En realidad, en dicho texto -tan citado y tan poco leído- Moreno se limitaba a proponer al virrey franquicias exclusivamente para las mercaderías inglesas: tal idea no sólo no distaba de ser revolucionaria sino que ni siquiera era original, ya que el 20 de agosto de 1809 -es decir, cuarenta días antes de concluído el escrito de Moreno- Cisneros se había dirigido al Cabildo con una propuesta similar. En cuanto a la presunta influencia de la Representación de los Hacendados en el surgimiento del movimiento independentista, es insostenible si se recuerda que el citado escrito fue publicado recién a mediados de 1810. En realidad, lo que más llama la atención en este trabajo es su empalagosa obsecuencia hacia la monarquía española: “Vivimos por fortuna bajo un príncipe benigno, nacido en tiempos ilustrados y formado por leyes suaves”.  
Para quienes -como el Sr. Pigna- quieren ver en Moreno una suerte de Che Guevara decimonónico, su devoción hacia las coronas europeas resulta harto embarazosa: motivo por el que también se omite mencionar que la principal intervención del abogado Mariano Moreno fue representando al acaudalado propietario de un conventillo en el desalojo de un inquilino moroso…  

-Mariano Moreno encarnó un jacobinismo sanguinario: tal como lo señaló certeramente Wast, “habiendo sido tan avaro de su propia sangre en los campos de batalla, se mostraba tan generoso de la sangre ajena en el cadalso”. Efectivamente, al producirse las Invasiones Inglesas este abogado de 27 años de edad no se consideró obligado a participar de la lucha contra los intrusos (como contraste, recordemos que numerosos adolescentes se enrolaron en el cuerpo auxiliar “Jóvenes Decentes de la Artillería” y que incluso un niño de 11 años llamado Manuel Nogué se destacaría en la Defensa integrando el Tercio de Catalanes). Eso sí, parapetado tras un escritorio y blandiendo una pluma, el secretario de la Primera Junta se jactaría de su falta de misericordia (incluso su hermano escribiría con orgullo: “Enhorabuena que al Dr. Moreno no se le conceda el atributo de la clemencia”) y pretendería implantar en el Río de la Plata un régimen a imagen y semejanza del Gran Terror. 
Sus primeras víctimas fueron Liniers y sus compañeros, condenados a muerte por la Junta a instancias de Moreno. Al enterarse de que los caudillos realistas habían sido capturados y eran enviados a Buenos Aires, el secretario dio rienda suelta a su furia (“¿Con qué confianza encargaremos obras grandes a hombres que se asustan de su ejecución?”) y no tardó en despachar a Castelli a fin de hacer cumplir la sentencia, lo cual tuvo lugar el 26 de agosto de 1810 en las cercanía de la posta de Cabeza de Tigre: se escribía así la primera página negra de la Argentina independiente. 
Pocos documentos prueban mejor la siniestra personalidad de “este hombre de baja esfera, revolucionario por temperamento, soberbio y helado hasta el extremo” (así calificó Saavedra a Moreno con implacable concisión) que su infame Plan de las operaciones que el gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia, fechado el 30 de agosto de 1810. En este verdadero manual de terrorismo de Estado encontramos las siguientes frases: 
 -“No debe escandalizar el sentido de mis voces, de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa…” 
-“La menor semiprueba de hechos, palabras, etc., contra la causa, debe castigarse con pena capital” 
-“Los bandos y mandatos públicos deben ser muy sanguinarios…” 
A ello se suman las intrucciones enviadas por Moreno a Castelli en su rol de “comisario político” de la expedición al Alto Perú. Citemos solamente dos pasajes:  
-“En la primera victoria que logre dejará que los soldados hagan estragos en los vencidos para infundir el terror en los enemigos”
 -“El presidente Nieto, Córdoba, el gobernador Sanz, el Obispo de La Paz, Goyeneche, y todo hombre que haya sido principal director de la expedición, deben ser arcabuceados en cualquier lugar donde sean habidos” 
Poco puede sorprender que tal crueldad demencial, unida a la grosera irreligiosidad de Castelli y Monteagudo, lograran trocar el inicial entusiasmo de la población local por la causa independentista en indignada resistencia contra los atropellos de los “porteños”, provocando así la secesión de la actual Bolivia del resto del antiguo virreinato (en lo cual sería seguida poco después por Paraguay y posteriormente por Uruguay). 

-Mariano Moreno ejemplificó el centralismo porteño más intolerante: al producirse el arribo de los diputados del interior -encabezados por una figura de la talla del deán Gregorio Funes- en respuesta a la invitación cursada por el primer gobierno patrio, Moreno se opuso tercamente a su incorporación a la Junta por considerarla “contraria al bien de los Pueblos y a la dignidad del Gobierno”. Es decir que “el verdadero numen de la revolución democrática” (Mitre dixit) pretendía que nueve vecinos de Buenos Aires continuaran indefinidamente como autoproclamadas autoridades de un territorio que incluía los actuales países de Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia sin aceptar participación alguna de las provincias. Cuando en la sesión del 18 de diciembre de 1810 la incorporación de los diputados del interior fue aprobada por 14 votos contra 2 (sólo Juan José Paso apoyó la postura del secretario), Moreno presentó furioso su renuncia. Cedamos la palabra a Saavedra: “Yo fuí el primero en no admitirla y entonces me llamó aparte y me pidió por favor se le mandase de Diputado a Londres: se lo ofrecí bajo mi palabra; lo conseguí de todos: se le han asignado 8.000 pesos al año mientras esté allí, se le han dado 20.000 pesos para que lleve para gastos; se le ha concedido el llevar a su hermano y a Guido, tan buenos como él, con dos años adelantados de sueldo y 500 pesos de sobresueldo, en fin, cuanto me ha pedido tanto le he servido…” 

Tal es la verdadera faz del nefasto personaje que la historiografía porteñista se ha empeñado en presentar durante dos siglos como alma mater de la Revolución de Mayo a costa de Cornelio Saavedra, verdadero arquitecto del movimiento independentista. Es de desear que dicha realidad nos mueva a replantearnos con seriedad nuestra visión del pasado, permitiéndonos así revalorar a figuras injustamente relegadas y colocar en su merecido lugar a las numerosas imposturas de nuestra historia.  

Mario Díaz Gavier

lunes, 12 de mayo de 2008

MONTGISARD: LA BATALLA OLVIDADA

En noviembre de 1177 parecía haber sonado la hora del reino cristiano de Jerusalén. Tras cruzar la frontera egipcia, Saladino marchaba incontenible al frente de un numeroso ejército rumbo a la ciudad santa: en su camino sólo se interponía un puñado de caballeros conducidos por un adolescente estigmatizado por una enfermedad terrible…

El archidiácono Guillermo de Tyro contemplaba con aire condescendiente cómo sus alumnos, con la inconsciencia propia de la infancia, se dedicaban a probar su resistencia clavándose mutuamente las uñas en el brazo. Entre ellos se contaba un apuesto niño de nueve años: se trataba de Balduino, único hijo varón del rey Amalrico de Jerusalén.
Con extrañeza, Guillermo notó que el joven príncipe era el único que soportaba la prueba sin siquiera pestañar. Una terrible sospecha se apoderó del prelado, que procedió a examinar cuidadosamente al niño. Poco después, sus temores se convertían en trágica certeza: en Balduino comenzaban a manifestarse los primeros síntomas de la lepra.

OUTREMER
La conquista de Tierra Santa durante la Primera Cruzada tuvo por consecuencia la creación de cuatro Estados cristianos, conocidos genéricamente como Outremer (“ultramar”): el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía y los condados de Edesa y Trípolis. La autoridad de Jerusalén sobre los restantes Estados era más nominal que real, y de hecho se trataba de unidades políticas independientes.
El primer regente de Jerusalén fue Godofredo de Bouillon, quien adoptó el título de Defensor del Santo Sepulcro tras declinar el de rey, alegando que él no podía portar una corona de oro allí donde Nuestro Señor había llevado una de espinas. Godofredo murió al año siguiente y fue sucedido por su hermano Balduino, quien pronto demostró no compartir los escrúpulos del primero: en la Navidad de 1100 era solemnemente coronado como Balduino I, rey de Jerusalén. Político hábil y realista, Balduino era perfectamente consciente de las enormes dificultades que enfrentaban los Estados cristianos en Tierra Santa. Muchos de los cruzados habían regresado a Europa tras la conquista de Jerusalén y la escasez de guerreros sería el principal problema de Outremer: a ello se añadía la pobreza y el caracter insalubre de Palestina, azotada por enfermedades tales como la malaria, el cólera y la lepra. A pesar de ello, el rey de Jerusalén logró dominar la mayor parte de la región costera (asegurando así su línea de comunicación marítima con Europa) y rechazar varios ataques de los fatimitas egipcios.
A su fallecimiento en 1118 la corona fue heredada por su primo Balduino de Bourg, uno de los últimos veteranos de la Primera Cruzada. Balduino II sería tomado prisionero por los turcos selyúcidas y durante su cautiverio debió enfrentar intrigas tendientes a reemplazarlo: ello lo indujo a asegurar su sucesión desposando a su hija Melisenda con Fulque V de Anjou. Éste último se desempeñaría bien durante sus doce años de reinado (Balduino II murió en 1131), aunque algunos lo acusaron de favorecer a sus propios partidarios.
La inesperada muerte de Fulque a raíz de un accidente ecuestre tuvo funestas consecuencias para Outremer. Su primogénito, coronado como Balduino III, tenía apenas trece años de edad, por lo que su madre asumió la regencia. El hecho de que el reino de Jerusalén fuera gobernado por una mujer y un niño debilitó aún más su endeble autoridad sobre los restantes Estados: consecuencia de ello fue el estallido de una disputa entre el principado de Antioquía y el condado de Edesa. Zenki, el emir de Alepo, no tardó en sacar provecho de esta situación y en noviembre de 1144 se presentó ante las murallas de Edesa. Tras cuatro semanas de asedio, el 26 de diciembre tuvo lugar el asalto general: en cuestión de horas la ciudad cayó en manos de Zenki, que ordenó masacrar a todos los francos y vender como esclavas a sus mujeres. El condado de Edesa había dejado de existir.
La noticia despertó entusiasmo en el mundo musulmán y alarma en el cristiano: consecuencia de ello fue la organización de una nueva cruzada, siendo su principal impulsor San Bernardo de Clairvaux. Zenki sería asesinado dos años después por uno de sus eunucos, pero el alivio que la noticia provocó entre sus adversarios fue de corta duración: su sucesor sería su hijo menor Nur al Din, destinado a convertirse en uno de las figuras principales del Islam. Respetado por amigos y enemigos (Guillermo de Tyro se referiría a él como “princeps justus, vafer et providus, et secundum gentis suae traditiones religiosus”), durante las tres décadas siguientes Nur al Din sería el rival más importante de la Cristiandad.
A fines de 1147 la Segunda Cruzada, integrada principalmente por franceses y alemanes, arribó a Tierra Santa. En lugar de marchar contra Alepo, Luis VII y Conrado III decidieron insensatamente atacar Damasco, uno de los escasos aliados musulmanes de los Estados cristianos. El 24 de julio de 1148 los cruzados alcanzaron los muros de la ciudad, pero a pesar del éxito inicial su avance se estancó y la escasez de agua y la inminente llegada de refuerzos enemigos motivaron el levantamiento del sitio. La Segunda Cruzada concluyó así en un fiasco, teniendo como único efecto empujar a Damasco a los brazos de Nur al Din.
En 1152 Balduino III debió recurrir a la fuerza para acceder al trono, que su madre se negaba a abandonar. Si bien durante su reinado tuvo lugar la entrada triunfal de Nur al Din en Damasco (1154), también se produjeron hechos que revitalizaron al reino de Jerusalén: tal fue el caso el asedio y toma de Ascalón en 1153, la última conquista importante del reino, y el casamiento de Balduino III con Teodora de Bizancio (sobrina del emperador Manuel) en 1158.
Balduino III murió en febrero de 1162 a la edad de treinta y tres años (la sospecha de que había sido envenenado por un médico sirio nunca se disiparía del todo) y fue sucedido por su hermano Amalrico, conde de Jaffa y Ascalón. Éste se había casado cuatro años antes con su prima tercera Agnes de Courtenay: tal unión era considerada incestuosa por el patriarca de Jerusalén y rechazada por los barones, motivo por el cual Amalrico accedió a anular el matrimonio a condición de que sus hijos Balduino y Sibila conservaran sus derechos sucesorios. En 1167 el rey desposó a María Comnena, sobrina nieta del emperador de Bizancio, reforzando así sus vínculos con Constantinopla.
Durante su reinado Amalrico intervino repetidamente en Egipto, aunque con escaso éxito. En 1173 consumó una alianza con los asesinos, que peligró con el homicidio del emisario de esa secta por parte de un caballero templario: Amalrico no tardó en castigar este acto insensato arrojando al culpable a las mazmorras de Tyro.
El 11 de julio de 1174 Amalrico moría en Jerusalén. Cuatro días después su hijo Balduino era coronado rey, a pesar de su enfermedad y de sus trece años de edad: Raimundo de Tripolis fue nombrado regente hasta que el joven monarca cumpliera la mayoría de edad.
Según su tutor Guillermo de Tyro, Balduino era un joven de inteligencia despierta y en condiciones normales hubiera sido un monarca ideal: pero cuando en 1177 asumió finalmente el poder, la lepra había avanzado en forma tal que era evidente que le quedaban pocos años de vida, no existiendo sucesor alguno. Su hermana había contraído matrimonio en octubre de 1176 con Guillermo de Montferrat, pero cuando Sibila dio a luz a un hijo, su marido había muerto meses antes de malaria. Así, nuevamente el reino de Jerusalén carecía de un gobernante que pudiera dominar con mano férrea a los señores locales y a las órdenes militares, y ello en un momento en que de las filas del Islam surgía un enemigo temible.

SALADINO
En El Cairo era un secreto a voces que no era el califa sino su visir o primer ministro quien ostentaba el poder en el decadente califato fatimita: previsiblemente, dicha posición era enormemente codiciada y quien la desempeñaba estaba expuesto a todo tipo de intrigas.
En 1163 el depuesto visir Shavar se dirigió a Damasco a fin de solicitar la ayuda de Nur al Din para recuperar el poder. Éste no desperdició la oportunidad de ganar influencia en Egipto y envió al Nilo al comandante kurdo Shirku, con el resultado que en mayo de 1164 Shavar recuperaba su posición. Sin embargo, alarmado por la creciente influencia de Nur al Din, el visir forjó una alianza con el reino de Jerusalén: la intervención del ejército franco sería empero anulada por el ataque de Nur al Din a Antioquía. Cuando en 1166 un ejército turco bajo el mando de Shirku irrumpió en Egipto a fin de conquistar el país, Shavar llamó nuevamente en su auxilio al rey Amalrico. Tras varias alternativas el ejército turco fue sitiado en Alejandría por la flota y las tropas cristianas, concluyendo la contienda en tablas: ambos ejércitos se comprometieron a abandonar el país.
En 1168 el rey Amalrico decidió conquistar definitivamente Egipto, violando así el tratado firmado con Shavar. Tras tres días de lucha la ciudad de Bilbeis cayó en manos del ejército franco, cuya soldadesca perpetró una masacre (ciertamente no ordenada por Amalrico) que tuvo por consecuencia unificar a toda la población egipcia en contra de los invasores. Los desesperados pedidos de ayuda a Damasco motivaron la intervención de Shirku, quien tras apoderarse de El Cairo hizo decapitar a Shavar con la anuencia del califa y reclamó para sí el puesto de visir. Se consumaba así la unión entre Siria y Egipto, que se demostraría fatal para Outremer: sin embargo, el 23 marzo de 1169 Shirku sucumbía a consecuencia de su proverbial gula y fue sucedido por su joven sobrino Salah al Din Yusuf ibn Ayub, más conocido como Saladino.
Nacido en 1137, Saladino poseía un extraordinario talento político y militar y, según lo exigieran las circunstancias, era capaz de desplegar tanto la cortesía más cautivante como la crueldad más abominable. Desde el primer momento tuvo que luchar por mantener su poder en el hervidero de intrigas que era El Cairo: un levantamiento de la guardia nubia del palacio fue reprimido mediante el expeditivo recurso de incendiar las barracas donde vivían las familias de los amotinados. En diciembre de 1169 el joven visir forzó a los cruzados a levantar el sitio de Damieta y al año siguiente capturó fugazmente Gaza antes de retirarse rápidamente a Egipto, no sin antes pasar a cuchillo a toda la población.
Como regente sunita en un país chiíta, Saladino se encontraba en una difícil situación: su señor Nur al Din le instaba desde Damasco a imponer la verdadera fe en Egipto, pero el astuto visir era consciente de la impopularidad que tal medida le acarrearía y se esforzaba por mantener la tolerancia religiosa. La muerte del califa Al-Adid en 1171 representó una oportuna solución a este dilema, pero a pesar de que la creencia sunita asumió carácter oficial, ello no bastó para disminuir la desconfianza de Nur al Din hacia su antiguo protegido.
La buena suerte, que había jugado un papel primordial en el ascenso de Saladino, se mostró especialmente generosa en 1174: el 15 de mayo moría Nur al Din y menos de dos meses más tarde le seguía el rey Amalrico. Tras hacer crucificar a los responsables de una conspiración chiíta contra su persona y rechazar exitosamente el ataque de la flota siciliana contra Alejandría, Saladino marchó a Siria a fin de asegurarse la sucesión de Nur al Din. Damasco le abrió las puertas con entusiasmo, pero Alepo, regida por Gumushtekin, se negó a aceptar su autoridad y Saladino se vio obligado a emprender un asedio en toda regla. Gumushtekin no vaciló en acudir a la secta de los asesinos y a los francos: un grupo de los primeros fue eliminado a último momento, habiendo ya irrumpido en la tienda de Saladino, mientras que los cristianos atacaron Homs y forzaron así al ejército enemigo a levantar el sitio de Alepo. En gratitud, Gumushtekin liberó a varios prisioneros, entre ellos Joscelin de Courtenay y Reinaldo de Châtillon: el segundo había pasado dieciséis años en cautiverio.
A mediados de 1176 Saladino había logrado consolidar su poder en la mayor parte de Siria, con excepción de la irreductible Alepo y del territorio de los asesinos, con cuyo líder (el temido “Viejo de la Montaña”) firmó un tratado de paz después de despertar una noche durante el sitio de la fortaleza de Masyaf y encontrar junto a su lecho algunas tortas calientes, una daga envenenada y un trozo de pergamino conteniendo un amenazante verso.
El año 1177 contempló una alianza entre Bizancio y el reino de Jerusalén con el objetivo de atacar Egipto, después de que el emperador de Bizancio y su ejército fueran derrotados a manos de los turcos selyúcidas en Miriokephalon (17 de septiembre de 1176). Pero a pesar de que la flota bizantina tomó posiciones frente al delta del Nilo, el recién llegado conde Felipe de Flandes se negó a encabezar el planeado ataque terrestre, con lo cual la operación combinada nunca se llevó a cabo.
Informado por sus espías del fracaso de la alianza franco-bizantina y de que el conde de Flandes se hallaba al norte abocado al estéril asedio de Harenc, Saladino decidió que había llegado la ocasión de borrar del mapa de una vez por todas al reino cristiano de Jerusalén. El 18 de noviembre cruzó la frontera encabezando un ejército de 26.000 hombres y avanzó raudamente a lo largo de la costa: parecía que nada ni nadie podría impedir que el poderoso caudillo musulmán cumpliera con su propósito.

LOS CONTENDIENTES
Es probable que muchos actuales aficionados a la Edad Media se mostrarían ligeramente decepcionados ante la visión de la armadura de un cruzado de la segunda mitad del siglo XII. Dicha protección se limitaba básicamente a una amplia cota de malla que llegaba hasta abajo de las rodillas, abierta adelante y atrás para permitir montar a caballo: no se utilizaban aún placas metálicas para proteger partes tales como el pecho y los hombros. La cota incluía guanteletes y una cofia que, para alivio del usuario, podía abrirse descubriendo la cara. Dicha protección era completada por un yelmo metálico que cubría la parte superior de la cabeza (contando asimismo con un protector nasal) y por largas calzas de cuero o de malla metálica. Bajo la armadura se utilizaba usualmente un coleto acolchado a fin de amortiguar posibles golpes.
El armamento individual consistía en una espada, una lanza de unos cuatro metros de largo y una daga, utilizándose también mazas (algunas de ellas basadas en armas sarracenas): el conjunto era completado por un escudo de madera y cuero con refuerzos metálicos.
El equipamiento de los templarios no difería mayormente del de otros caballeros de Outremer exceptuando la ausencia de blasones individuales, reemplazados por el uniforme de la Orden: un hábito blanco adornado por una cruz roja cubría la armadura, aislándola asimismo del candente sol de Medio Oriente.
Un sello personal de los templarios era su temida carga de caballería, con los jinetes galopando en orden tan cerrado que “una manzana lanzada al aire no podía golpear el suelo sin tocar antes un caballero o un caballo”. Dicha carga era encabezada por el mariscal portando el beaucéant o estandarte de la Orden, con el color blanco simbolizando la pureza y el negro la fuerza: le seguía un grupo de cinco jinetes, mandado por el general de los caballeros con un segundo estandarte desplegado en su lanza como punto de reorganización en caso de perderse el primer beaucéant.
Tal utilización de la caballería como arma de choque era igualmente norma entre los caballeros y hombres de armas no encuadrados en las órdenes militares. Se decía que una carga de los jinetes francos era “capaz de abrir una brecha en los muros de Babilonia”, y más allá de lo jactancioso de la afirmación, lo cierto es que para los soldados musulmanes era sencillamente imposible detener tal ataque: la armadura de los caballeros ofrecía buena protección contra las ligeras flechas sarracenas, mientras que sus corpulentos destriers o corceles de batalla conferían a sus cargas un empuje irresistible.
La infantería de los cruzados, mucho más numerosa que la caballería, estaba integrada por mercenarios procedentes de todos los rincones de Europa, cristianos armenios y musulmanes convertidos (llamados turcoples). A excepción de unidades de élite tales como los ballesteros, su armamento e instrucción distaban de ser ideales, por lo que su principal función era la defensa o asedio de fortificaciones.
Al tratarse de contingentes reducidos y prácticamente irreemplazables, los comandantes cristianos se veían obligados a proteger a sus ejércitos con un sistema de fortalezas que servía de base para esporádicas ofensivas que tenían lugar sólo en la ocasión adecuada: al reclutarse mayormente entre las guarniciones de los castillos, la destrucción de dichas tropas conllevaba automáticamente la pérdida de esas fortificaciones.
La enorme diversidad de pueblos musulmanes denominados genéricamente “sarracenos” imposibilita una descripción minuciosa de cada uno de sus ejércitos. Sin embargo, una característica común era el énfasis puesto en la caballería ligera como elemento de fuego y no de choque. Esta última estaba armada con un arco compuesto y su función era hostigar a las formaciones enemigas: se solía dividir a los arqueros en dos grupos que alternaban el tiro y la recarga, con lo cual se obtenía una caudal casi ininterrumpido de flechas.
Era usual la existencia de unidades regulares de caballería integradas por ghulams o esclavos manumitidos: éste era el caso de los mamelucos turcos al servicio de los fatimitas en Egipto. El Islam contaba también con jinetes pesados, protegidos por una cota de malla o una armadura laminar de cuero o metal y cuyo armamento incluía lanza, espada y maza o martillo de batalla.
El rol jugado por la infantería era dispar: mientras que entre los selyúcidas representaba el grueso de las tropas, en el ejército fatimita su importancia era menor y la integraban mayormente milicianos armados con jabalinas, carentes de protección corporal e incluso de espada.
La táctica sarracena consistía en forzar a los cruzados, mediante el saqueo de los campos de cultivo o el asedio de fortificaciones, a una batalla campal donde la aplastante superioridad numérica de los musulmanes infligiera un golpe mortal a la menguada casta militar cristiana. Incapaces de resistir la carga de la caballería pesada enemiga, los sarracenos evitaban en lo posible ofrecer un punto favorable para tal tipo de ataque a la vez que intentaban aislar a los jinetes enemigos y abatir sus cabalgaduras con una lluvia de flechas: los caballeros así desmontados eran fácil presa de la infantería propia.

MONTGISARD
Al enterarse de la invasión de Saladino, la Orden Templaria reunió a sus caballeros en Gaza, ignorando que el objetivo principal de Saladino era el puerto de Ascalón, más al norte. Balduino IV, que se hallaba convaleciente, abandonó entonces el lecho de enfermo y convocó a todas sus tropas en defensa del reino. El resultado no pudo ser más desalentador: sólo se logró reunir a quinientos caballeros, a los que se añadían algunos miles de infantes. Sin amilanarse, el rey abandonó Jerusalén a la cabeza de su pequeño ejército: lo acompañaban Reinaldo de Châtillon, ahora señor de Ultrajordania, y el obispo de Belén, que portaba consigo la Cruz Verdadera.
Avanzando a marchas forzadas, Balduino IV logró a último momento alcanzar Ascalón antes que el enemigo. Pero tal triunfo parcial no podía ocultar el hecho que el destino del reino de Jerusalén parecía ahora sellado: el rey y sus tropas eran sitiados por el ejército egipcio en pleno, los refuerzos que intentaban unírseles eran derrotados y capturados y entre Ascalón y Jerusalén no había un solo soldado cristiano.
Fue en ese momento que Saladino cometió un error que a lo largo de la Historia ha resultado fatídico para innumerables conductores militares: subestimar al enemigo. Dando la victoria por segura, el caudillo musulmán se limitó a dejar una pequeña guarnición frente a Ascalón y prosiguió su marcha rumbo a Jerusalén, capturando en el camino Ramala y asediando Arsuf. Más grave aún, autorizó a sus tropas a dispersarse para saquear la comarca a discreción, con la consecuente merma de la disciplina: jamás se cruzó por la mente de Saladino la posibilidad de que el rey leproso arriesgara una salida desde Ascalón.
Sin embargo, éso era justamente lo que Balduino IV, con el coraje de la desesperación, había decidido. Un espíritu indomable anidaba en aquel cuerpo lastimoso, y al constatar la dispersión del ejército enemigo el rey envió un mensajero a los templarios en Gaza, urgiéndolos a unírsele. Ochenta caballeros respondieron al llamado, y al aproximarse a las murallas de Ascalón grande fue su sorpresa (por no hablar de la de los sarracenos) al presenciar la irrupción de Balduino IV al frente de su ejército. Las fuerzas cristianas marcharon a toda velocidad rumbo al norte, siguiendo la costa hasta llegar a Ibelin y girando allí a la derecha, en el desesperado afán de interceptar el avance enemigo rumbo a Jerusalén.
Era el 25 de noviembre de 1177. El grueso del ejército de Saladino atravesaba un barranco en las cercanías del castillo de Montgisard, al sudeste de Ramleh, cuando un retumbar de cascos procedente del norte llamó la atención de algunos soldados. Sin embargo, ya era demasiado tarde: poco después el ejército cristiano irrumpía de la nada para abalanzarse con furia sobre las desprevenidas tropas enemigas.
La sorpresa fue total. La visión de seiscientos caballeros lanzados al ataque fue demasiado para los soldados musulmanes, muchos de los cuales pusieron pies en polvorosa sin intentar resistencia alguna. El ímpetu de la caballería cristiana fue tal que al primer choque aquellos enemigos que no cayeron víctimas de sus macizas lanzas fueron dispersados como paja a los cuatro vientos. Las pocas unidades que cumplieron dignamente con su deber y soportaron a pie firme el embate de la caballería fueron prácticamente aniquiladas.
Balduino IV combatió en primera línea, acompañado por Hugo y Guillermo de Galilea y los hermanos Balduino y Balián de Ibelin. El coraje de sus líderes insufló nuevas fuerzas al ejército, y la tradición cuenta que pudo verse a San Jorge luchando hombro con hombro con los caballeros cristianos.
Las tropas sarracenas que habían sido despachadas para forrajear no pudieron concurrir oportunamente a la batalla, a pesar de las desesperadas llamadas de Saladino. En pocas horas el combate se había decidido y los destrozados restos del ejército egipcio se hallaban en plena desbandada rumbo a El Cairo, abandonando botín y prisioneros y arrojando incluso sus armas para aligerar la marcha. La fiel guardia mameluca, que se sacrificó por su líder, posibilitó a Saladino huir tan rápido como lo permitían las patas de su dromedario.
Las desventuras del ejército sarraceno no terminaron allí. Durante su retirada a través del desierto del Sinaí, con el enemigo pisándoles los talones, los sobrevivientes debieron soportar el permanente hostigamiento de los beduinos: muchos pagaron con su vida el error de haberse librado de sus armas. Saladino debió enviar urgentemente mensajeros a El Cairo para aventar los rumores que lo daban por muerto y evitar el estallido de una rebelión: cuando finalmente alcanzó dicha ciudad lo acompañaba apenas una décima parte de su ejército original, dejando tras de sí un sangriento reguero de más de 20.000 muertos. Así concluyó la batalla de Montgisard.

EPÍLOGO
Algunos autores han subestimado la importancia de Montgisard (justificando indirectamente el manto de olvido que cubre dicha batalla) alegando que, al no ser seguido de una invasión de Egipto, dicho triunfo fue estéril y sólo consiguió salvar transitoriamente a Outremer. Cabe acotar que la existencia del reino de Jerusalén jamás dejó de pender de un hilo: aquejado por la crónica escasez de caballeros y enfrentando el inagotable potencial de Egipto, lo verdaderamente asombroso es que el frágil Estado lograra sobrevivir durante casi noventa años rodeado de vecinos hostiles y unido a Europa principalmente por una tenue línea marítima. En ese sentido, la decisión de Balduino IV de no marchar contra El Cairo o Damasco resulta comprensible: sencillamente, el joven rey no podía darse el lujo arriesgar su ejército emprendiendo la ofensiva contra un enemigo que lo superaba ampliamente.
La olvidada batalla de Montgisard prolongó la existencia del reino de Jerusalén por diez años más y subestimar dicho logro en base a lo adverso del resultado final (como si éste fuera la única legitimación de la trascendencia) sería algo tan absurdo como remitir al olvido las victorias de Napoleón por “improductivas”. Superando los parámetros meramente utilitarios, un hecho persiste más de ocho siglos después sin haber perdido nada de su fascinación: el heroísmo desplegado por aquel rey leproso y su diminuto ejército en el otoño de 1177 y su espléndida victoria sobre tan poderoso enemigo, lo que innegablemente convierte a Montgisard en una de las gestas militares más entrañables de la Historia.

Mario Díaz Gavier

miércoles, 2 de abril de 2008

LA BATALLA DE LAS ESPUELAS DE ORO


Generalmente se considera a los piqueros suizos y a los arqueros ingleses como los primeros exponentes de la infantería moderna. Sin embargo, tal honor corresponde a las milicias comunales flamencas, que en 1302 derrotaron a la caballería real francesa en las afueras de Kortrijk en lo que se llamó “la batalla de las espuelas de oro”.




El 15 de junio de 1297 las tropas del rey de Francia iniciaron la invasión del condado de Flandes. Su avance resultó incontenible, y el 20 de agosto un ejército flamenco apresuradamente organizado por el conde Guy de Dampierre era batido en Bulskamp. En septiembre las fuerzas francesas se habían apoderado de Brujas, Lille y Kortrijk (o Courtrai), y el 9 de octubre se firmaba en Sint-Baafs-Vijve un armisticio válido hasta el 6 de enero de 1300.
Tal había sido la violenta reacción de Felipe IV (apodado “el Hermoso” por su cabellera rubia y sus ojos claros) ante la alianza forjada por el conde Guy con el rey Eduardo I de Inglaterra con el objetivo de sustraer a Flandes de la influencia de Francia. Las esperanzas del conde resultaron frustradas: si bien un reducido contingente expedicionario británico desembarcaría en Sluis a fines de agosto, no influiría mayormente en el curso del conflicto y en marzo de 1298 sería reembarcado rumbo a Escocia a fin de combatir a las fuerzas de William Wallace, después de que el monarca británico hubiera concertado un acuerdo con su par francés. Por otra parte, la invasión se había visto favorecida por la división de la población flamenca, agrupada en dos partidos: el leliaart (palabra que alude a la flor de lis, insignia del rey de Francia), que preconizaba la lealtad hacia Felipe el Hermoso, y el liebaart (referencia al león negro del escudo de armas de los condes flamencos), que apoyaba a Guy de Dampierre en su aspiración de obtener la independencia de Flandes. Asimismo, el enfrentamiento del conde con los principales gremios de Flandes había tenido por consecuencia que dichas instituciones apoyaran en forma encubierta la intervención extranjera.
Ni bien expiró el armisticio de Sint-Baafs-Vijve las fuerzas francesas comandadas por Carlos de Valois ocuparon rápidamente Flandes, capitulando por último Ypres en mayo de 1300. Guy de Dampierre, su hijo Roberto de Béthune y una comitiva se dirigieron a París a fin de firmar un tratado de paz, sólo para ser encarcelados a su llegada por el implacable Felipe IV, que nombró gobernador del condado a Jacques de Châtillon de Saint Pol.
Creado en 864 a raíz de la disgregación del imperio carolingio, el condado de Flandes era a fines del siglo XIII un estado vasallo del reino de Francia. Gracias a su estratégica posición entre Inglaterra, Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico y a su prestigiosa industria textil, Flandes era una de las regiones más prósperas de Europa: sus principales ciudades eran comparables a París en lo que población se refiere, siendo la metrópolis portuaria de Brujas el principal centro comercial al norte de los Alpes.
Las corporaciones poseían una gran importancia en la vida cotidiana de las ciudades flamencas. Se calcula que alrededor de la mitad de los artesanos pertenecía al gremio de los tejedores: otras corporaciones importantes eran la de los tundidores (cortadores de paño) y la de los carniceros. Además de asegurar un monopolio reglando los horarios de trabajo, los precios y la admisión de nuevos miembros, las corporaciones mantenían instituciones caritativas tales como hospitales y orfanatos, donaban fondos para la construcción de iglesias (lo cual era usualmente testimoniado en un respectivo vitral) y, en caso de guerra, organizaban milicias en defensa de la ciudad.
No pasó mucho tiempo antes de que surgiera en Flandes un creciente descontento. Las corporaciones se dieron cuenta en forma tardía de que la caída de Guy de Dampierre no había culminado con su reemplazo por otro gobernante local sino que había tenido como consecuencia la anexión del condado por parte del monarca francés. Los leliaarts comenzaron a perder popularidad, y a principios de 1302 la hambruna que siguió a un terrible invierno aumentó aún más el malestar de la población.
Pronto comenzó a formarse un movimiento de oposición. Por un lado incluía a nobles como el preboste Guillaume de Juliers y el margrave Guy de Namur, uno de los hijos de Guy de Dampierre que aún permanecían en libertad; simultáneamente se contaban líderes populares como el carnicero Jan Breidel y el tejedor Pieter de Coninck, miembros de las corporaciones de Brujas. Tal resistencia al poder francés no pasó desapercibida para Jacques de Châtillon, que el 17 de mayo de 1302 hizo su entrada en Brujas al frente de 800 hombres, incluyendo 120 caballeros.
Al amanecer del día siguiente se desencadenó lo que sería conocido como “la mañana de Brujas”: los artesanos de la ciudad echaron mano a sus herramientas y procedieron a masacrar despiadadamente a cuanto francés o leliaart se cruzara en su camino. Jacques de Châtillon logró escapar haciéndose pasar por un comunero, pero muchos de sus compatriotas no fueron tan afortunados: todo sospechoso era obligado a pronunciar la frase Schild en vriendt (“escudo y amigo”), y aquellos incapaces de hacerlo con pronunciación impecable eran inmediatamente pasados a cuchillo.
La reacción de Felipe el Hermoso ante la matanza de Brujas no se hizo esperar. Fuera de sí, el rey francés ordenó de inmediato el envío de una expedición punitiva bajo el mando del conde Roberto II de Artois. A fines de junio dicho ejército había concluído su concentración en los alrededores de Arras y se ponía en marcha rumbo a una ciudad situada unos cuarenta kilómetros al sur de Brujas, destinada a hacerse célebre: Kortrijk.
Una pequeña guarnición francesa se había hecho fuerte en el castillo de Kortrijk y era sitiada por el ejército flamenco en pleno, formado mayormente en base a las milicias corporativas y que sumaba unos 8.000 efectivos: 3.000 provenían de Brujas y eran comandados por Guillaume de Juliers, 2.500 eran oriundos de Flandes occidental (su jefe era Guy de Namur) y 2.500 de Flandes oriental. De estos últimos, 700 correspondían a Gante, siendo liderados por Jan Borluut; 500 provenían de Ypres, y un número similar era mandado por Jan van Renesse, un noble de Zelanda. Si bien la abrumadora mayoría de los soldados eran artesanos, algunos miembros de la nobleza y del patriciado urbano combatirían por la causa de Flandes.
El 9 de julio las fuerzas francesas acamparon en Pottelberg, unos diez kilómetros al sur de Kortrijk, donde permanecieron inactivas durante dos días: finalmente, el amanecer del 11 de julio de 1302 presenció a los dos ejércitos enfrentados en los campos al este de Kortrijk. Las tropas francesas totalizaban unos 6.500 hombres, de los cuales sólo unos 2.500 eran jinetes: los acompañaban 1.000 ballesteros (muchos de ellos españoles y genoveses), otro millar de piqueros y unos dos mil peones armados ligeramente, incluyendo lanzadores de jabalina gascones. A despecho de hallarse en inferioridad numérica, los caballeros franceses constituían la élite militar de la época: la mayoría de ellos tenía varias batallas en su haber, contándose incluso no pocos veteranos de las Cruzadas. Si bien las milicias comunales flamencas distaban de ser una desorganizada horda de campesinos, sus posibilidades de triunfo frente a tal temible enemigo parecían mínimas.

En el año 378 D.C. un ejército romano comandado por el emperador Valente sufrió en Adrianópolis una aplastante derrota a manos de los visigodos: el emperador y dos tercios de sus tropas perdieron la vida. La batalla, si bien marcó un hito más en el declive del imperio romano, no representó su fin: cuatro años después tuvo lugar un tratado de paz entre los beligerantes, y en 451 un ejército aliado comandado por el general romano Aecio y el rey visigodo Teoderico logró en Châlons-sur-Marne una postrer y estupenda victoria, frenando en seco el avance de las hordas de Atila.
Mucho más duraderas fueron las consecuencias tácticas de Adrianópolis. Esta batalla ha sido descrita frecuentemente como el triunfo de la caballería sobre la infantería y el consecuente reemplazo del arte de la guerra romano por el medieval, pasando por alto el hecho de que ambos ejércitos eran formaciones mixtas y que la lucha se decidió al ser batida la caballería del ala izquierda romana, quedando así la infantería desguarnecida. Con todo, no parece erróneo considerar a Adrianópolis, si no un tajante punto de inflexión entre la Edad Antigua y el Medioevo, al menos el origen de un patrón que se mantendría durante los nueve siglos siguientes. Desaparecido el poder central, las disciplinadas legiones romanas dejaron de existir y con ellas una infantería digna de ese nombre: el arma suprema pasaría a ser el jinete acorazado. Obviamente, durante el período posterior hubo tropas de a pie, pero su importancia se limitaba a la defensa o asedio de fortificaciones: en campaña dichas tropas, díscolas y mal armadas, acompañaban a la caballería como meros auxiliares y no representaban un serio rival para los jinetes enemigos.
En el siglo VII hizo su aparición en Europa una revolucionaria innovación procedente del Lejano Oriente: el estribo. Por increíble que parezca, ni la caballería de Alejandro Magno ni la de Julio César llegaron a conocer tal sencillo accesorio, que permitía a un jinete pesadamente armado montar en su cabalgadura y contar con un punto de apoyo que potenciaba la eficacia de la lanza.
Generalmente se asocia al caballero medieval con la bruñida armadura completa (harnois blanc en francés) que, perfectamente articulada y semejando una verdadera estatua hueca, puede encontrarse en numerosos museos. Sin embargo, tal modelo recién alcanzó su forma definitiva alrededor de 1450, cuando irónicamente la difusión de armas de fuego y nuevas tácticas desplazaba ya del campo de batalla, lenta pero inexorablemente, a la caballería como arma decisiva.
En los albores del siglo XIV la armadura estaba mayormente representada por la cota de malla, formada por innumerables anillos unidos entre sí: el incipiente uso de placas metálicas se limitaba al pecho, hombros, rodillas, codos y canillas. La cabeza era cubierta por un yelmo de forma usualmente cilíndrica, siendo proporcionada la visión por estrechas mirillas (algunos ejemplares cónicos poseían ya rudimentarias viseras móviles). La protección se completaba con un escudo de madera, el lado interno forrado de cuero.
El arma principal del caballero era la lanza, cuya longitud variaba entre los tres y cuatro metros: la punta estaba recubierta de hierro a fin de conferirle mayor poder de penetración. Cuando el caballero había perdido su lanza o las circunstancias del combate hacían imposible su uso salía a relucir la espada, cuyo valor ceremonial superaba ampliamente al de su hermana mayor. Esta arma era notablemente ligera, con un peso promedio que no superaba 1,3 kg: los más prestigiosos fabricantes de hojas de espada se hallaban en Toledo, Milán y Solingen.
Asimismo, los jinetes medievales no desdeñaban el uso de hachas de batalla y mazas. Con respecto a estas últimas, en aquellas munidas de una cadena la longitud de ésta no superaba las tres cuartas partes del mango, a fin de no herir accidentalmente la mano del usuario: las impresionantes mazas de estrella provistas de larguísimas cadenas aparecieron muy posteriormente, específicamente…¡en las películas de Hollywood!
Esta breve semblanza del caballero medieval quedaría incompleta sin mencionar a su cabalgadura: el destrier o gran corcel de batalla. Si bien actualmente se cuestionan las proporciones gigantescas atribuídas anteriormente a este animal, ciertamente se trataba de ejemplares con una alzada superior a la promedio, corpulentos y de carácter fogoso. El uso del destrier se reservaba al combate: durante las marchas el caballero montaba un palafrén o caballo de andar.
La unidad táctica básica de la caballería medieval era la lanza, que a principios del siglo XIV sumaba generalmente un caballero, su escudero, un hombre de armas (jinete no perteneciente a la nobleza cuyo armamento era similar al de su señor), media docena de arqueros o ballesteros montados y un número indeterminado de sirvientes y soldados de a pie. Entre cuatro y seis lanzas constituían una bandera; la batalla, por su parte, reunía entre cinco y diez banderas.
Una carga de caballería se comenzaba al tranco, a fin de no fatigar prematuramente al corcel; tras una transición al trote, breve por tratarse del andar más incómodo para el jinete (¡no en vano una de las sanciones previstas por los Caballeros Teutónicos era someter al infractor a una hora de trote en armadura completa!), se pasaba al galope corto: la carrera se reservaba para los últimos metros antes del choque. No resulta difícil imaginar el devastador efecto de esa masa de media tonelada lanzada a toda velocidad sobre indisciplinadas tropas de a pie; asimismo, su eficacia sobre jinetes ligeramente armados no era menor. Si bien la caballería feudal europea carecía de la agilidad de su contraparte musulmana, que montada en caballos ligeros y armada de arco era ideal para el hostigamiento, superaba en cambio ampliamente a ésta en lo que a poder de choque se refiere. Así, la mayoría de los enfrentamientos frontales en Tierra Santa concluyeron con el triunfo de los caballeros cristianos, aún combatiendo en inferioridad de condiciones: ése fue el caso de Dorilea (1097), Antioquía (1098), Ascalón (1099) y Arsuf (1191).
El armamento de las milicias flamencas no se diferenciaba mayormente del de otros ejércitos de la época, se tratara asimismo de milicianos o de mercenarios. El arco poseía una gran importancia, pero fuera de Inglaterra era frecuentemente relegado en favor de un arma más elaborada y costosa: la ballesta, surgida en el siglo X. En la época que nos atañe ésta conservaba aún su forma inicial, tensándose la cuerda con ayuda de un estribo situado en el extremo anterior y un gancho adosado al cinturón del usuario: el proyectil disparado era la saeta, considerablemente más corta y maciza que la flecha empleada por los arqueros. A diferencia del arco, la ballesta no exigía un prolongado entrenamiento ni gran fuerza muscular, lo cual le confería gran precisión y la convertía en un arma temible: a consecuencia de ello fue anatematizada en 1139 por el segundo sínodo de Letrán como artem mortiferam -“arte mortífera”- y Deo odibilem -“odiada por Dios”. Dicho sínodo prohibió su utilización contra cristianos -en lo que constituye el primer “desarme” conocido-, no así contra los paganos; demás está decir que tal prohibición cayó en oídos sordos, ya que ningún ejército estaba dispuesto a renunciar a tal eficaz elemento de su arsenal. La desventaja de la ballesta era su reducida cadencia de tiro, limitada a dos proyectiles por minuto, y su considerable peso, que la hacía inadecuada para combatir en campo abierto; la aparición de las primeras armas de fuego portátiles marcaría su declive, aunque la ballesta seguiría jugando un rol importante, incluso durante la conquista de México.
Otra arma importante era la pica: se trataba de una lanza cuya longitud variaba entre dos y cuatro metros, lejos aún del monstruoso ejemplar de 18 pies (5,83 m) adoptado tras la derrota de Arbedo (1422) por los soldados suizos, quienes llevarían el uso de la pica a su máxima expresión.
Pero sin ninguna duda, el arma que se halla indisolublemente ligada a la batalla de Kortrijk es el goedendag. Este sarcástico nombre (“buenos días” en neerlandés) constituiría un acertijo para los historiadores del siglo XIX: ¿se trataba de una alabarda corta, tal como lo sugiriera el eminente Viollet-le-Duc? ¿O quizás de una maza de estrella? Nada de eso: el goedendag era un arma considerablemente más burda pero no por ello menos temible. Consistía en una gruesa asta de aproximadamente un metro y medio de largo en cuyo extremo se hallaba fijada, mediante un regatón, una maciza punta de hierro; sencillo y barato de producir, el goedendag podía ser utilizado en forma punzante o contundente. Asimismo, existía una abigarrada colección de armas blancas de clasificación poco menos que imposible que combinaban filo y punta, predecesoras de la alabarda.

La disposición de las fuerzas enfrentadas puede apreciarse en el croquis adjunto. El ejército flamenco había tomado posiciones en el cuadrilátero formado por los muros de Kortrijk al este, el río Leie al norte, el Groeninge Beek (arroyo Groeninge) al oeste y el Grote Beek (literalmente, “Arroyo Grande”) al sur. Su frente estaba orientado hacia los dos arroyos citados: el ala derecha la conformaba el contingente de Brujas, el centro estaba integrado por las milicias de Flandes occidental y el flanco izquierdo (apoyado en la abadía Groeninge) estaba a cargo de los soldados de Flandes oriental. La reserva consistía en el contingente zelandés de Jan van Renesse, mientras que las tropas de Ypres vigilaban el castillo para impedir una salida de los defensores.
Enfrentando este dispositivo defensivo se hallaban diez batallas francesas: cuatro desplegadas al sur del Grote Beek, otras tantas al este del Groeninge Beek y dos como reserva. La primera formación estaba integrada por Jean de Burlats, Godfried van Brabant, Raoul de Nesle y el dúo Guy de Nesle-Renaud de Trie, contando respectivamente con 400, 300, 600 y 500 jinetes; la segunda incluía a los condes de Artois, Eu (Normandía), Saint-Pol y a Matthieu, hermano de Renaud de Trie (Lorena), totalizando 900 caballeros y hombres de armas. La reserva estaba a cargo de Louis de Clermont y el conde de Boulogne.
Poco después del amanecer ambos bandos procedieron a confesarse antes de asistir a misa: al tomar posiciones los milicianos flamencos se arrodillaron para recoger un puñado de tierra y llevárselo a los labios, testimoniando su voluntad de luchar hasta la muerte en defensa de su suelo natal.
La totalidad del ejército flamenco, incluso los caballeros, combatiría a pie en un terreno que había sido sabiamente elegido: el suelo cenagoso y los dos arroyos dificultaban el ataque de la caballería, impidiéndole maniobrar. Consciente de ello, Jean de Burlats destacó una compañía de ballesteros genoveses a fin de hostigar al enemigo: sin embargo, tras sufrir algunas pérdidas los ballesteros flamencos se refugiaron tras sus amplios escudos rectangulares de madera, siguiendo entonces un prolongado y estéril intercambio de saetas. Viendo que algunos peones propios comenzaban a vadear los arroyos, los impacientes comandantes franceses se decidieron a atacar. Se ordenó a los infantes hacerse a un lado a fin de no obstruir la carga de caballería, que sería encabezada por la insignia de batalla de Francia: la oriflamme, el sesgado estandarte de seda escarlata de los monjes de Saint-Denis.
Al cruzar el Grote Beek la caballería francesa debió reorganizarse antes de proseguir con su ataque: sin embargo, la distancia entre el arroyo y las líneas enemigas era insuficiente para una carga a fondo. Poco después de producía el choque de las formaciones rivales, con los flamencos gritando a voz en cuello ¡Vlaendren die Leeu!
(“¡Flandes el león!) y sus enemigos invocando al patrón de Francia: ¡Montjoie Saint-Denis!
El espectáculo que siguió fue terrible.
Si bien los milicianos sufrieron varias bajas, su línea resistió el embate de la caballería enemiga. Tras ser atravesadas sus cabalgaduras por las picas, numerosos jinetes cayeron desmontados al suelo, siendo ultimados en forma inmisericorde por los goedendag de los infantes flamencos, que tenían órdenes expresas de no hacer prisioneros.
A pesar del revés sufrido, el conde de Artois insistió en lanzar una segunda carga, esta vez cruzando el Groeninge. El ataque se desarrolló en forma más ordenada que el anterior, pero el resultado no fue muy distinto: los flamencos rechazaron el asalto y emprendieron un vigoroso contraataque que empujó a los caballeros contra el arroyo, donde la mayoría de ellos perdió la vida. Roberto de Artois quedó aislado en medio de un grupo de enemigos, siendo desmontado y muerto.
Sin embargo, la caballería enemiga logró irrumpir en el centro de las líneas flamencas, provocando la huída despavorida de muchos milicianos. Tal peligrosa crisis fue conjurada por la oportuna intervención de Jan van Renesse, que lanzó sus fuerzas en apoyo del contingente de Flandes occidental. Así se desvaneció el único atisbo de triunfo para la caballería francesa, cuyos sobrevivientes comenzaron a retroceder. Hubo sin embargo excepciones: Raoul de Nesle declaró que prefería no seguir viviendo tras ver muerta la flor y nata de la Cristiandad, y picando espuelas se lanzó a lo más intenso del combate. Su cuerpo sería hallado más tarde no muy lejos del de Jacques de Châtillon: la lista de caídos ilustres se completaría con Guy de Nesle, Godfried van Brabant, Jean de Burlats, Renaud de Trie, los condes de Aumale y Eu, el señor de Tancarville, alrededor de sesenta barones y unos setecientos caballeros.
Para entonces el ejército flamenco había pasado decididamente a la ofensiva, después de tres horas de feroz lucha. El campamento enemigo de Pottelberg fue saqueado, continuando la persecución hasta Tournai. Muchos caballeros de Flandes y Brabante que habían combatido del lado francés intentaban ahora salvar sus vidas al grito de ¡Vlaendren die Leeu!, confiados en que su indumentaria no se diferenciaba de la de sus contendientes. Sin embargo, un detalle menor selló su destino: mientras que éstos portaban espuelas, los caballeros leales a Flandes se las habían quitado para poder luchar a pie. Guy de Namur ordenó que todos aquellos que calzaran tal accesorio fueran ejecutados, y una vez cumplida la terrible orden, alrededor de setecientas espuelas (doradas en el caso de pertenecer a caballeros) serían clavadas a los muros de la vecina Onze-Lieve-Vrouwkerk (Iglesia de Nuestra Señora): así, la batalla de Kortrijk pasaría a la Historia como “la batalla de las espuelas de oro”.

En un hecho inédito, las milicias de Flandes habían infligido una sangrienta derrota a la élite militar de la época: tal como declararía un testigo, “la gloria de Francia había sido convertida en estiércol y gusanos”. Si bien no existe una estadística confiable de las pérdidas sufridas, resulta evidente que Kortrijk fue una batalla de aniquilamiento: más de un millar de jinetes franceses perdieron la vida y las bajas de su infantería parecen haber sido igualmente graves, mientras que los flamencos habían sufrido sólo algunos centenares de muertos.
La victoria aseguró la independencia de Flandes, cuyas milicias adquirieron de la noche a la mañana un aura de invencibilidad. Sin embargo, en tal creencia hubo no poca sobreestimación: el triunfo se había debido en gran parte al desfavorable terreno y la decisión de la caballería de atacar sin apoyo de infantería, mientras que la disciplina e instrucción de los milicianos flamencos, si bien superiores a las de sus contemporáneos, resultaban insatisfactorias. En las décadas siguientes, tal intrínseca debilidad fue testimoniada por una serie de derrotas: Cassel (1328), Tournai (1340), Oudenaarde (1379), Nevele (1381) y finalmente Westrozebeke (o Roosebeke) en 1382, cuando la caballería francesa, combatiendo desmontada, se cobró una sangrienta revancha por la humillación sufrida ochenta años atrás.
A pesar de ello, sería un error creer que la victoria de Kortrijk fue un incidente aislado: muy por el contrario, se trató del primero de una serie de triunfos de la infantería sobre la caballería. Tras la derrota de los ingleses a manos de los escoceses en Bannockburn (1314), los suizos iniciarían una impresionante serie de victorias cuyos principales hitos serían Morgarten (1315), Sempach (1386), Grandson y Murten (1476) y Nancy (1477), que marcaría el ocaso del poderoso ducado de Borgoña. Por su parte, durante la Guerra de los Cien Años los arqueros ingleses infligirían a la caballería francesa las terribles derrotas de Crécy (1346), Poitiers (1356) y Azincourt (1415), donde los caballeros franceses harían ondear por última vez la oriflamme: su portador, Guillaume Martel, señor de Baqueville, la defendería heroicamente hasta la muerte.
Resulta innecesario aclarar que, a su vez, las nuevas formaciones no serían inmunes al paso del tiempo. A pesar de sus éxitos, piqueros y arqueros representaban una táctica básicamente defensiva, y pronto comenzaron a sufrir pesadas pérdidas a manos de un arma novedosa: la artillería. Ya en 1450 los temidos arqueros británicos serían aniquilados en Formigny por la caballería francesa, tras ser dislocadas sus formaciones por dos culebrinas, y sesenta y cinco años después le llegaría en Marignano el turno a los presuntamente invencibles piqueros suizos. Así, irónicamente, la caballería sobreviviría a sus otrora victoriosos rivales, mientras que para ese entonces el peso de la batalla había recaído sobre una formación mixta de piqueros y mosqueteros destinada a convertirse en sinónimo de una hegemonía militar española que se prolongaría durante siglo y medio: el tercio.

Mario Díaz Gavier